Era septiembre de 1976 y Jean-Jacques Muyembe-Tamfum era apenas un joven profesor de microbiología cuando el Ministerio de Salud del entonces Zaire lo envió de urgencia a Yambuku, una aldea remota del norte del país donde una enfermedad desconocida había segado decenas de vidas. Fiebre alta, hemorragias internas, colapso en menos de una semana.
El médico llegó sin equipo de protección porque nadie sabía con qué se iba a encontrar. Tomó muestras de hígado con una aguja larga, casi a ciegas. Las metió en un termo y las mandó a Bélgica. No sabía que acababa de tocar, por primera vez en la historia, el ébola.
Ese hombre tiene hoy 83 años, es director general del Instituto Nacional de Investigación Biomédica (INRB) de la República Democrática del Congo y, según The Lancet, el mayor cazador del virus más letal del mundo. La semana pasada, volvió a estar en el centro de la tormenta después de que su país declarara la emergencia epidemiológica con 91 muertes y 350 casos sospechosos.

Hijo de agricultores, Muyembe estudió medicina en la Universidad Lovanium de Kinshasa, donde descubrió su vocación por la microbiología, y se doctoró en virología en la Universidad de Lovaina, en Bélgica.
Pudo haberse quedado en Europa, pero eligió volver: "Si me quedaba en Bélgica, habría hecho trabajo de laboratorio de rutina. Pero en el Congo, sería responsable de la salud de mi pueblo", explicó años después a NPR.
Cuando Muyembe regresó, en 1973, no había laboratorio ni animales para experimentar. Tuvo que reinventarse como epidemiólogo de campo. Primero investigó un brote de cólera en Matadi, en 1974. Dos años después, lo enviaron a Yambuku.
Jean-Jacques Muyembe-Tamfum, el descubridor sin crédito

Sus muestras viajaron a Bélgica, los investigadores europeos que las analizaron identificaron un filovirus desconocido, lo nombraron en honor al río Ébola y publicaron el descubrimiento. El crédito fue para ellos y el nombre de Muyembe quedó durante décadas relegado a un segundo plano, opacado por el de sus colegas belgas. Fue recién en 2019 cuando la comunidad científica comenzó a restituirle el lugar que le correspondía como codescubridor del virus.
Pero Muyembe no esperó el reconocimiento para seguir trabajando. En 1995, durante el brote de Kikwit, propuso transfundir sangre de sobrevivientes para transferir anticuerpos a los enfermos. De ocho pacientes tratados de esa manera, siete sobrevivieron. La ciencia rechazó el método como no concluyente.
Dos décadas más tarde, ese mismo principio se convirtió en la base del mAb114, el primer anticuerpo monoclonal aprobado por la FDA como tratamiento específico contra el ébola. Muyembe figura hoy como coinventor de esa patente. La historia le dio la razón tarde, pero se la dio.
A lo largo de cincuenta años, Muyembe estuvo presente en casi todos los brotes que sacudieron al Congo. Formó equipos, construyó el INRB como referencia continental y colaboró con la OMS, el CDC de Atlanta y el Instituto Pasteur de Dakar. "La salud es un asunto de soberanía", declaró a Xinhua este fin de semana. "Los socios pueden dar apoyo, pero en última instancia le corresponde al gobierno tomar el control."

Epidemia de ébola, la amenaza que ya conoce de memoria
El viernes pasado, el INRB bajo su dirección confirmó un nuevo brote en la provincia de Ituri, en el este del Congo. Es el decimoséptimo en la historia del país. Pero tiene una diferencia que lo vuelve especialmente peligroso: la cepa identificada es la de Bundibugyo, una variante rara del ébola para la cual no existe ninguna vacuna ni tratamiento aprobado.
Los fármacos y la vacuna rVSV-ZEBOV, desarrollados contra la cepa Zaire, la más frecuente en brotes anteriores, ofrecen poca o ninguna protección frente a esta variante. "Todos los brotes anteriores en el Congo, menos uno, fueron causados por la cepa Zaire", precisó Muyembe a Reuters. La identificación del Bundibugyo lo cambia todo.

Las palabras del virólogo no dejan espacio para el optimismo. "El riesgo de que el virus escape de estas zonas sanitarias y se extienda a otras provincias es muy grande", advirtió a la agencia Xinhua.
Y fue aún más explícito con Al Jazeera: "Este brote ocurre en una de las regiones más densamente pobladas del Congo, donde la gente se desplaza mucho. Mongwalu es una región minera que atrae a gran cantidad de personas. Los grupos armados también controlan parte de la zona. El riesgo de propagación será mayor que lo que presencié en 1976."
La OMS declaró el domingo una emergencia de salud pública de importancia internacional, con más de 300 casos sospechosos y al menos 88 muertos.
Un caso confirmado llegó a Goma, ciudad fronteriza bajo control del grupo rebelde M23, después de que la esposa de un hombre muerto en Bunia viajara a esa ciudad ya infectada. Otro cruzó a Uganda: un hombre de 59 años viajó desde el Congo a Kampala en transporte público mientras ya presentaba síntomas, murió en la capital ugandesa y su cuerpo fue trasladado de regreso al Congo. Rwanda cerró sus pasos fronterizos de forma preventiva.
El hombre que encontró el ébola antes de que el mundo supiera que existía lleva medio siglo combatiéndolo. Sobrevivió a sus propios riesgos, vio morir a colegas y a la ciencia ignorarlo para luego reivindicarlo. Y ahora, a los 83 años, vuelve a lanzar la misma advertencia de siempre: el virus no perdona la demora.
(ds)