viernes 17 de septiembre de 2021
OPINIóN Hechos que marcan una cultura
07-09-2021 09:44

El tiempo, esencia de la unión social

El poder de la historia en la sociedad y en la actualidad, la utilización de esta disciplina como herramienta política, transformó su enseñanza en una simple efemérides.

07-09-2021 09:44

La manifestación de los cambios en las cosas, las personas y pueblos fue denominada desde antaño como “El Tiempo”. Este, ha sido elegido como patrón de medida para acercarnos a su naturaleza, que fascina a la humanidad desde hace milenios y que, para las ciencias, sigue siendo una obsesión entenderlo, detenerlo, adelantarlo.

El pueblo judío mantuvo su conciencia de pertenencia al compartir el tiempo, el que se manifiesta en un calendario festivo común. Es evidente que, luego de la expulsión de Judea en el año 70 d.C. hasta la creación del estado de Israel en 1948, sin un espacio, lengua ni costumbres comunes, las fiestas como Purim, Janucá, Rosh Hashaná, Sucot, Pesaj, Yom Kipur, y el Shabat, catalizaron la relación del pueblo judío en un espacio que ya no tenían, festejando un pasado en común. Sin la memoria histórica, es evidente que el pueblo judío no se hubiera mantenido como una nación.

Sin la memoria histórica, es evidente que el pueblo judío no se hubiera mantenido como una nación

Tradicionalmente, la enseñanza de la Historia había tenido ese rol de mantener vivo el sentido del patriotismo. Aun sin el conocimiento agregado que tenemos hoy por las neurociencias, que fijan como imperativo para la educación de los jóvenes el estímulo del lóbulo temporal a través de esta disciplina.

En la Antigüedad, dominaba la idea del tiempo cíclico, se enseñaba Historia con la finalidad de comprender el presente y evitar los errores del pasado. Con el cristianismo dominante en Occidente, el tiempo pasó a ser considerado progresivo, hasta la llegada del apocalipsis cristiano. No obstante, con el Iluminismo avanzando desde el siglo XVIII, se comenzó hablar de “El Progreso”, “La Razón” o “La Libertad”, que no son más que teologías de la historia encubiertas. Paralelamente, la aparición y desarrollo de la ciencia como único discurso pretendidamente objetivo, le abrió el camino a la Sociología y a la Antropología. Ambas ciencias, buscando leyes atemporales para predecir el comportamiento social humano en todo tiempo y lugar.

En ese contexto, la Historia comenzó a tratar de ubicarse como una disciplina científica, labor que nunca pudo cumplir acabadamente, aunque realizó ingentes esfuerzos en ello. El tiempo y su espesor en las cosas y en las personas, pasaron a ser considerados sospechosos de llevar subjetividad a los documentos que el historiador debía manejar. De este modo, la disciplina que debe intentar explicar el comportamiento social desde los procesos, o sea, desde la incorporación de la variable tiempo en cada una de sus explicaciones, comenzó a fagocitarse desde su médula constitutiva.

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Por todo ello, no resulta llamativo que desde los planes de estudio escolares se convocara a la Historia para que cubra otras expectativas que están lejos de ser las de la apropiación de la especificidad de la disciplina. Así, se le ha pedido que genere el espíritu patriótico en los alumnos, pero también que les inculque la relatividad cultural. La utilización de la disciplina Historia como herramienta política, transformó su enseñanza en una simple efemérides. A esto contribuyó, sin dudas, la propia crisis interna de la disciplina en cuanto a su objeto y episteme.

Estas reflexiones tienen lugar en un momento en el que se está dando la llamada “crisis de Occidente”, es decir, de los valores griegos y cristianos, por lo que la urgencia sobre su propio destino parece mayor que en otras etapas de su desarrollo. En este contexto, se impone la reflexión acerca de cómo podemos fortalecernos y sanarnos como sociedad alrededor de la Historia, que ha revelado la capacidad de unificar a los hombres y a las naciones.

 

*Especialista en Educación Superior y profesora de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.

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