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OPINIóN / Análisis
lunes 1 junio, 2020

¿Existen "la sociedad" y "el pueblo"? La trampa de las totalidades individuales

Se trata de una forma de expresión equívoca, una verdadera jerga que afecta a veces a trabajos de ciencias sociales. Una jerga que permite convalidar opiniones sin sustento.

José Carlos Chiaramonte*

Manifestación Foto: Amine M'Siouri / Pexels
lunes 1 junio, 2020

Frecuentemente, leemos o escuchamos referencias a “la sociedad” o al “pueblo” considerados como sujetos que actuarían de cierta forma o que mostrarían ciertos sentimientos, e incluso como autoridades utilizadas para legitimar opiniones particulares y hasta para justificar crímenes políticos.

No son éstos los únicos casos de invención de sujetos colectivos que serían portadores de una misma opinión, pese a la diversidad de tendencias que, por ejemplo, existen en cualquier pueblo o en cualquier sociedad. Es una modalidad de lenguaje, como he explicado en mi libro Usos políticos de la Historia, que un sociólogo alemán caracterizó como el uso de “totalidades individuales”: “totalidades”, porque engloban a un conjunto de seres humanos, e “individuales”, porque se las usa como si fuesen una sola persona.

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Se trata de una forma de expresión equívoca, una verdadera jerga que afecta a veces a trabajos de ciencias sociales pero que también suele encontrarse en declaraciones y publicaciones políticas, y en expresiones periodísticas, una jerga que permite convalidar opiniones sin sustento. Así, cuando se invocan las decisiones que habría adoptado el “pueblo”, con expresiones tales como “el pueblo ha decidido” o “el pueblo nunca se equivoca”, se comete el error de nombrar a un sujeto inexistente. Porque la expresión el “pueblo” sólo tiene sentido como mención de los integrantes de un conjunto humano pero no como designación de un actor político. Este absurdo se percibe fácilmente si se observa la diversidad de creencias políticas, religiosas y de otra índole, que existen, por ejemplo, en el pueblo argentino. Recuerdo que hace años, asombrado por la frecuencia con que en los medios se invocaba a “los argentinos” en forma global como un sujeto indiferenciado, en un artículo que intencionadamente titulé “Elogio de la diversidad”, a la pregunta sobre cómo somos “los argentinos”, contestaba que, afortunadamente, muy diversos. Agregaría que, si no fuera así, seríamos muy aburridos.

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En otras palabras, las totalidades individuales son producto de personalizar a grupos humanos, es decir, de tratarlos como si fuesen individuos, de manera que se convierten en falsos actores sociales, no sólo como “la sociedad” o “el pueblo”, sino también como “la burguesía o el proletariado”, entre otros casos. Pero también el uso de totalidades individuales se aplica a instituciones, corrientes artísticas o intelectuales, y hasta a épocas históricas, entre otras ocurrencias de este vicio de lenguaje cuyo origen se remonta a filósofos románticos que, al decir de un especialista en la historiografía del siglo XIX, personificaban a conceptos como la nacionalidad, el derecho nacional, el arte nacional y la fe religiosa y les hacían producir la historia. Tal ocurre al decir, por ejemplo, que“el siglo XIX reaccionó contra el racionalismo del Siglo XVIII”, utilizando a esos dos siglos como conjuntos uniformes cuando, en realidad, en esos lapsos temporales existieron diversas tendencias filosóficas o políticas.

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De este extravío del lenguaje participan también expresiones como “el capitalismo”, “el imperialismo” o “la burguesía”. Cuando escuchaba a alumnos decir “el imperialismo decidió…”, “el capitalismo decidió” o “la burguesía decidió…”, trataba de explicarles que esos sujetos no existen. Existen, sí, países capitalistas, gobiernos burgueses o gobiernos con políticas imperialistas, pero ningún personaje tomador de decisiones llamado “el capitalismo”, “la burguesía” o “el imperialismo”, muletillas que permiten atribuirle a esas ficciones políticas las conductas que se quiere suponer. Nuevamente, por ejemplo, basta observar la diversidad de comportamientos políticos de distintos partidos o gobiernos considerados burgueses dentro de un país como la Argentina, para percibir el absurdo de concebir un actor político denominado “la burguesía argentina”.

Es cierto que a veces la personalización de grupos humanos no va más allá de una intención metafórica, sin consecuencias ulteriores para el conocimiento de la realidad. Pero también, frecuentemente, este inconsciente recurso lingüístico es un verdadero obstáculo para la generación de conocimiento y, lamentablemente, como ya dijimos, sirve también para justificar cualquier conducta política, por más arbitraria que fuese, atribuyéndola a un mandato del “pueblo”.

 

* Instituto Ravignani UBA/CONICET; Investigador Emérito del CONICET.


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