21 oct 2020
OPINIóN |aniversario de una obra clave
sábado 26 septiembre, 2020

Freud produjo un malestar en la cultura que hoy sigue vigente

Se cumplen noventa años de una de las obras claves del pensador vienés. Un filósofo español realizó un texto en el que explica cómo el psicoanálisis sigue interpelándonos.

Aniversario. Se cumplen noventa años de una de las obras claves del pensador. Foto: cedoc

Marc Pepiol Martí es doctor en filosofía y premio Extraordinario de Doctorado por la Universidad Ramón Llul. Recientemente publicó Sigmund Freud, “Un viaje a las profundidades del yo”. El texto reflexiona sobre el Freud que no solo está en los consultorios: el que habla en un tiempo y en un espacio y cuya voz se proyecta más allá.

Freud, para los argentinos, es un nombre vinculado directamente a la política, al arte y a la filosofía. En Buenos Aires, esencialmente, hay aún una cultura psi fuerte, que apenas fue dañada por la irrupción de otras miradas sobre la mente humana. PERFIL entrevistó al autor del texto para preguntarle precisamente por ese Freud que también sigue estimulando al mundo de las ideas. Y también a la relación entre deseo y acto.

—¿Qué le sigue diciendo Freud a nuestra cultura?

—La conclusión a la que llega Freud sobre la cultura es, por su dureza, francamente difícil de digerir. Freud nos enseña que nacemos programados para la felicidad –sin duda, es nuestra aspiración constante en todos los ámbitos de la vida–, pero múltiples circunstancias nos lo impiden. De hecho, la cultura misma florece y fructifica sobre el sacrificio de este impulso hacía la felicidad, ya que nos exige la constante represión de las pulsiones que nos vertebran. Pienso que la situación de nuestra cultura es, si cabe, mucho más crítica, puesto que hemos perdido toda medida sobre lo que realmente significa la felicidad. Impera, en la actualidad, la idea de la felicidad como un derecho, como una aspiración potencialmente realizable hasta su culminación; basta desearla con intensidad para conseguirla. I esta esperanza ingenua condena a muchas personas a una profunda infelicidad. Es cierto que culturas de otros tiempos estaban más preparadas para resistir la dureza inherente al existir. No se trata de predicar la dureza por la dureza, pero sin duda la lectura de Freud nos permite desembarazarnos de ingenuas ilusiones infantiles, y nos invita a adoptar una posición en el mundo más consciente y realista.

—¿Y a nosotros, como individuos, con tanto auge de otro tipo de terapias?

—Sócrates, gran maestro de la filosofía, hizo suyo el lema délfico del conócete a ti mismo. I fiel a esta herencia, la filosofía occidental se ha desarrollado, en buena parte, sobre la confianza en la razón, considerada una facultad que puede iluminar por completo nuestra mente, y descubrir los resortes íntimos que nos llevan a actuar. Freud nos pone sobre la mesa la dificultad de esta conquista de nosotros mismos. En nuestra mente se libra un combate y, por si fuera poco, desconocemos completamente la naturaleza del contrincante o, mejor dicho, de los contrincantes. Es por eso que el psicoanálisis no promete soluciones rápidas a nuestros íntimos conflictos personales, muy al contrario, y eso la hace jugar con una cierta desventaja en este mundo de la hipervelocidad y de las soluciones fáciles.

Ya no hay pacientes como los del doctor Freud

—¿Y a los filósofos? En Buenos Aires, durante mucho tiempo se discutió mucho sobre el límite del mensaje de Freud estaba en lo psicoterapéutico.

—Pienso que Freud –muy a su pesar, ya que no se reconocía a sí mismo en este papel–, debería de entrar definitivamente en el panteón de los filósofos. Que quede claro que no excluyo de ningún modo la importancia de su propuesta terapéutica, sino que quiero insistir también en su genuina dimensión como filósofo. Cierto es que yo vengo del mundo de la filosofía y no del ámbito terapéutico, y mi afirmación puede pecar de un cierto sesgo profesional. En clase, por ejemplo, enseño a los alumnos que la mirada filosófica se caracteriza por ser crítica, radical (va a las raíces de las cuestiones) e inconformista; que el filósofo aspira a la verdad y no a la mera apariencia de las cosas; que su interés versa sobre todo lo humano, y que aquí no pretende dar solo mera cuenta de los hechos sino comprender, es decir, captar la relación de la parte con el todo y del todo con la parte. Creo que Freud cumple sobradamente con todas estas exigencias. Los textos de Freud proyectan una imagen muy completa y precisa sobre la naturaleza humana, sobre la cultura y la vida en sociedad.

 —¿Cuál es el vínculo entre el pensamiento de Freud y el de Karl Marx y el de Friedrich Nietzsche

— Fue precisamente en un libro sobre Freud que Paul Ricouer propuso la célebre expresión maître du soupçon para definir el carácter del pensamiento de Freud, de Marx y de Nietzsche. Los tres maestros de la sospecha, reunidos, nos advierten de los engaños sobre los cuales se ha construido nuestra civilización occidental. Es bien sabido que Occidente se ha edificado sobre el legado de Jerusalén y el de Atenas. Pues bien, el judeocristianismo y la filosofía socrática y platónica nos han emborrachado de espíritu, y los vapores de este caldo todavía nos confunden: nos dificultan la relación con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y sus deseos más íntimos; la relación con los otros, a los que tratamos en base a una moral completamente ficticia; y también la relación con el mundo, que condenamos como imperfecto e incorregible en función de una ilusión, la del más allá. Se impone de una vez por todas corregir estos excesos: denunciar el papel alienador de la religión y la hipocresía de su sucedáneo, la moral burguesa. 

—¿Y con Charles Darwin?

—Freud vio en Charles Darwin un igual: un científico modesto y laborioso que hace saltar por los aires los estrechos parámetros de la ciencia “normal”, y que contribuye a resituar al hombre en el mundo natural. En un escrito del año 1917 titulado Una dificultad del psicoanálisis, Freud hablaba de los tres golpes que la ciencia había asestado al narcisismo humano: en primer lugar, Copérnico, que con su propuesta heliocéntrica se atrevió a discutir el dogma de la centralidad del hombre en la creación; en segundo lugar, Darwin, que osó reivindicar el estrecho lazo que une al hombre con el resto de los animales de la creación; y, finalmente, él mismo, que se aventura a despojar a la razón de su ilegítimo trono. Fiel a la herencia darwiniana, Freud se esforzó por pensar al hombre como a un ser natural, gobernado por las mismas fuerzas que imperan en la naturaleza. Pese a todo, tampoco no quiso desdibujar los elementos propios o característicos de la naturaleza humana. En el caso del hombre, por ejemplo, no habló de instintos sino de pulsiones.

Sigmund Freud y por qué el infierno son los otros

—¿En qué sentido las teorías de Freud son teorías sexuales? ¿Cuánto de la genitalidad hay en esa sexualidad freudiana?

— La energía básica que recorre la naturaleza humana, la libido, es una fuerza de naturaleza genuinamente sexual y, ciertamente, en manos de Freud adquiere una enorme potencia explicativa, capaz de dar cuentas de buena parte de los comportamientos humanos, a nivel individual y colectivo. Sin embargo, no siempre es fácil identificarla como tal, ya que a veces aparece sublimada, bajo otros ropajes más sutiles. La habitual apelación de Freud a esta energía sexual le ha valido la acusación de pansexualismo. Me resulta francamente difícil determinar si Freud se excedió en su empeño de determinar la libido sexual como base de nuestro ser y de nuestra conducta. Bien podría ser que el recelo a aceptar este principio proviniera en último término de secretos prejuicios morales. En cuanto a la genitalidad, Freud deja muy claro que su concepto de sexualidad abasta un espectro de deseos y comportamientos mucho más amplio del que estamos acostumbrados a pensar. Reducirlo a lo estrictamente genital es, a todas luces, una simplificación.

—¿Hay algún mensaje de Freud que se pueda leer a la luz de la pandemia?

 —Creo que la pandemia ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad como especie. Nuestra flamante ciencia y tecnología nos hace parecer dioses, pero solo en tiempos de bonanza. De vez en cuanto, la naturaleza nos enseña los dientes, su auténtico rostro, y entonces todos nuestros artilugios de cuento de hadas parecen simples trozos de metal. No dejamos de ser, como decía Freud, “dioses con prótesis”. 

—Buenos Aires parece ser en algún sentido una ciudad lacaneana. O lo fue durante mucho tiempo. ¿Cómo describiría el vínculo entre el pensamiento de Lacan con el de Freud? ¿Cuál es el rol de la palabra en la razón y la locura humanas?

— El papel de Lacan es clave en la evolución contemporánea del psicoanálisis. El rigor con el que asumió y abordó la herencia freudiana revitalizó el psicoanálisis en tiempos muy difíciles para la disciplina. Lacan volvió a colocar el psicoanálisis en la palestra, como a interlocutor válido con otras corrientes filosóficas contemporáneas. Pero como sucede con todo autor inteligente, su asunción significó legítimamente una reinterpretación. Cierto es que la palabra ya juega un rol clave en el psicoanálisis freudiano; la palabra, considera Freud en algunos textos, ejerce en nosotros un poder en absoluto desdeñable. Pero no cabe duda que Lacan intensificó el papel del lenguaje.


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