jueves 19 de mayo de 2022
OPINIóN
25-03-2022 09:28

Tribus identitarias y la manipulación tecnológica de las emociones

Es un error adoptar las políticas de la identidad pensadas para la publicidad y el marketing. Las libertades anuladas entre la reacción, dispersión y distracción.

25-03-2022 09:28

 “Aquí hay una quimera, una nueva y extraña especie, una mezcla de 

emociones de la edad de piedra, una autopercepción medieval y tecnologías propias de los dioses. 

La combinación hace que la especie no responda a las fuerzas a las que deberá 

su supervivencia a largo plazo”

E.O. Wilson en “La creación” (2006)                                                                                  

 

1- Lo tribal es un destino, lo racional una laboriosa elección. La negación de la condición tribal es imposible. Ser parte de una tribu es un destino inevitable para los seres humanos. Lo social es tribal y el ser humano, un animal a veces racional. Siempre más animal que perfectamente racional. Salir de la influencia de la tribu es una elección costosa. Contradecir el credo suele generar desconfianza, persecución y finalmente ostracismo. La vida tribal es tan natural y necesaria como respirar. 

Muchas personas se olvidan que sus emociones y pensamientos fueron gestados e influenciados en sus tribus de pertenencia por nacimiento y, con el tiempo, por las diferentes tribus a las que fueron entrando por razones políticas, laborales y de preferencia. Es un set de reglas invisibilizadas. Sus tótems y tabúes, sus premios y castigos, sus ritos sociales y habitus moldean desde la superestructura de lo colectivo aquello que un enfoque individualista piensa como propio de seres libres puramente racionales decidiendo, incondicionalmente, desde una falsa autonomía impermeable.

Una red de tribus sin indios

La publicidad como ciencia comercial de la manipulación de las emociones y con su cruda perspectiva sobre la naturaleza humana, ha entendido la condición tribal como ninguna disciplina. La negación de la condición tribal suele dificultar -cuando no impedir- ver sesgos y las prácticas religiosas invisibles propias de la pertenencia comunitaria, únicamente observadas por un observador extraño y ajeno. La carga emotiva de la palabra tribu, la herencia de la antropología decimonónica quizás, puede estar generando distorsiones cognitivas. Negar lo tribal es afirmarnos como personas pretendidamente libres y autónomas. Sin embargo, ocultar lo tribal es renunciar a la condición humana, disimular que necesitamos respirar, y así perpetuar la incomprensión de lo tribal en su negación obstinada.

Lo distintivo de los tiempos que vivimos es la exponencial capacidad y potencia acelerada de las herramientas tecnológicas para construir tribus identitarias como espacios de publicidad y consumo. Con una velocidad inaudita vemos cómo las pasiones tribales incendian lo que algunos llaman esfera pública y cómo esas mismas intensas identidades son usadas por los mercados digitales como campos de cultivo y extracción. La identidad política, sexual, ideológica, etcétera, es cooptada -y usualmente neutralizada- por señores feudales que controlan las economías de la atención.

Las guerras, reales o ficticias, culturales o psicológicas, digitales o analógicas, refuerzan los estímulos narcisistas y dopamínicos que las tribus nutren pero que las tecnologías convierten en éxtasis y adicción. 

Nuevas segregaciones y cámara de ecos: la sociedad cerrada y sus amigos

2- La manipulación algorítmica de las emociones y autonomía de la voluntad. Es un error estratégico adoptar las políticas de la identidad generadas por la publicidad, el comercio y el relacionismo público empresarial. En esa arena, el algoritmo segmenta y segrega la ya tribal sociedad para después poder intervenir con su efectividad comercial. Las guerras culturales son también fuente de extracción de recursos inmensos para generaciones que, entre la confusión y el ruido, se saben con un futuro tan incierto como complejo. 

Recordemos los experimentos sobre contagio masivo de emociones y Cambridge Analytica. En Enero del 2012, Facebook -junto a investigadores de la Universidad de Cornell- realizó durante una semana un experimento con 700.000 usuarios para construir y analizar datos de contagio masivo de las emociones. El experimento fue macabramente legal. Su falta de ética está más allá de toda duda razonable. Finalmente, en 2014 se publicó en la revista de la Academia Nacional de Ciencias de EEUU. A través de una modificación secreta e inconsulta -algo estándar en la plataforma- del algoritmo de noticias, se comprobó el hackeo emocional y su impacto en posteos de los usuarios. Más noticias negativas producían posteos negativos y de indignación reactiva a las noticias que el algoritmo filtraba en el feed principal. Los resultados de la investigación no eran alarmantes pero sí produjo un debate público e institucional que precedió en relevancia a la entrada de Cambridge Analytica en las votaciones del Reino Unido para el Brexit y la elección de Trump en EEUU en 2016. En estas últimas, se comprobó que Facebook en la elección de Trump “socavó las opciones de” 87.000.000 (ochenta y siete millones) de usuarios y recibió una multa de 5.000.000.000 (cinco mil millones) de dólares por el gobierno de los EEUU.

Hay causas y consecuencias, acciones y reacciones. La manipulación tecnológica de las emociones siempre existió. Desde la creación del fuego, la pólvora, la masificación de la imprenta en el siglo XV, hasta la bomba atómica. Lo distintivo de hoy es el efecto acelerador. La velocidad es la causa. La consecuencia es su impacto letal en los derechos y libertades, la restricción de la autonomía de la voluntad, una clara amenaza contra la ya reducida autonomía personal en contextos de la banal fiebre libertaria-liberal. Desde Adorno y Horkheimer, pasando por Huxley u Orwell, hasta aquellos que pensaban el futuro de la sociedad post-industrial, se ha denunciado lo que en la actualidad es una práctica social masiva. El ecosistema de dispositivos y plataformas consiguió derogar la libertad con formas que Estados autoritarios solo pudieron soñar y algunos escritores narrar como ciencia ficción distópica. La existencia misma de libre albedrío ya fue discutida por filósofos y negada por los neurobiólogos (Robert Sapolsky por ejemplo). En este escenario la autonomía de la voluntad está más que viciada y termina limitada a un ente reactivo, hipersensible a estímulos sin posibilidad de silencio ni capacidad de evitar la distracción. La transferencia memética de las intervenciones sociales invitan a reacciones pavlovianas y hackean el autogobierno individual.

Tribus urbanas expuestas

Vivimos tiempos de oscuridad entre la banalidad y la complejidad. Por milenios Europa fue un campo de batalla de guerras imperiales, continentales y mundiales. Hasta hace unos días, llevaba 77 años (1945-2022) de paz continental -cierto es que hubo enfrentamientos civiles, fratricidas, étnicos, raciales y más, pero no conflictos a gran escala-. Todo eso está cambiando drásticamente. Menos mal que estamos distraídos haciendo memes ante una posible tercera guerra mundial y una reconfiguración global. 

Tiempos oscuros en los que la manipulación emocional se hace en escala industrial, comercial y corporativa, la aparición azarosa de una pandemia global y un ciclo recesivo que lleva casi cinco décadas hacen pensar que nuestras debilitadas democracias seguirán con ciudadanos operativizados como consumidores tribales de identidades comerciales. La aparición de la guerra potenciará esa instrumental manipulación. Para salir de los ciclos de indignación y pánico moral como modelo de negocios, se requiere pensar seriamente sobre los límites que las tecnologías impregnan en las libertades democráticas y los severos efectos que tiene y tendrá en la salud mental de sus usuarios.


* Lucas Arrimada. Profesor de Derecho Constitucional y Estudios Críticos del Derecho (UBA).