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OPINIóN / Historia política
viernes 14 junio, 2019

Malvinas: el final anunciado

A 37 años de la rendición en Puerto Argentino ante las tropas británicas, tras 74 días de combate.

por Ángel Cabaña

Islas Malvinas Foto: cedoc
viernes 14 junio, 2019

Un día como hoy, 14 de junio, del año 1982, finalizaba la guerra de Malvinas, cuando el General de Brigada Mario Benjamín Menéndez y 9800 soldados, en su mayoría conscriptos, se rinden en Puerto Argentino ante las tropas británicas encabezadas por el general británico Jeremy Moore.

El presidente de Argentina, Teniente General Leopoldo Fortunato Galtieri, reconoce la derrota, firma la rendición, renuncia a su cargo y es reemplazado por el General de División Benito Antonio Bignone.

La guerra había durado 74 días en los que se habían enfrentado 12.397 argentinos y 10.376 ingleses. El costo en vidas humanas fue de 635 argentinos y 255 ingleses. Todas bajas militares. Los prisioneros de ambos bandos fueron bien tratados, no se cometieron abusos con la población civil, respetando las disposiciones emanadas de las Convenciones de Ginebra.

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Esta aventura militar argentina había comenzado el 2 de abril de 1982, en el momento en que el general Galtieri, desde el balcón de la Casa Rosada, anunciaba la decisión del gobierno de recuperar las islas Malvinas (Falklands para los ingleses) ante diez mil personas que lo ovacionaban en la histórica Plaza de Mayo:

"Estoy seguro de que cada uno de ustedes, hombres, mujeres, la gran juventud argentina y la niñez, están sintiendo, como yo siento, alegría y una tremenda emoción por este acto."

Salvo el “Operativo Cóndor” de 1966 en el que 18 jóvenes peronistas desplegaron banderas argentinas en Malvinas, las islas sólo habían sido sujeto de reclamo diplomático una vez al año; nadie se acordaba de ellas, salvo a través de un monumento, feriado, manifestación, calle o avenida importante. Sin embargo, el 7 de abril, dirigentes políticos, gremiales y empresariales se suman a la aventura militar y viajan a las islas para la asunción del gobernador, el general Mario Benjamín Menéndez. El único que se niega viajar es Juan José Taccone, dirigente del sindicato de Luz y Fuerza: “Mi memoria se trasladaba estos seis largos años que hemos vivido, de represión política y gremial, a mi amigo y compañero Oscar Smith, secuestrado igual que ocho compañeros más, delegados de mi gremio, mi sindicato intervenido, sus derechos destrozados…”.

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El 10 de abril, Galtieri llena nuevamente la Plaza de Mayo con cien mil personas que respaldan su decisión y la noticia es tapa en todos los diarios.

“Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla…”.

A pesar de las palabras de Galtieri, no había intenciones de combatir. Lo que el desembarco se propone es llevar a Gran Bretaña a la mesa de negociaciones. Pero al Gobierno argentino le sale el tiro por la culata: los británicos entienden que la acción argentina es un acto de guerra. A todo esto, los argentinos quieren dar la vida por la Patria. Entre el 80 y 90% de los consultados por Gallup está a favor de la guerra y sólo un 8% se manifiesta en contra. Esto es atribuido a un sentimiento nacionalista. Ningún argentino había vivido jamás en aquellas islas y era difícil encontrar algún beneficio material para quienes la apoyaban.

“Argentinazo: ¡Las Malvinas recuperadas!”; “Alborozo ciudadano por la reconquista de Las Malvinas”; “Euforia popular por la ocupación de las Malvinas”; “Se recupera una zona de gran riqueza”; “Todo el país, sin distinción de tendencia, grita más que nunca: ¡Argentina! ¡Argentina! “;" Estamos destruyendo la flota británica” “Las Malvinas están incorporadas, definitivamente, a nuestro territorio”.

Los titulares de los principales diarios nacionales son reforzados con fotos de gran tamaño de jóvenes “dando la vida por la Patria”. El domingo 17 de mayo en Obras Sanitarias se reúnen 80.000 jóvenes cuya entrada se paga con una donación para las tropas argentina en Malvinas. Participan Charly García, Litto Nebbia, León Greco, Piero, y Antonio Tarragó Ros, entre otros. Encumbrados miembros de la dirigencia política, empresarial, obrera y religiosa se “congratulan por este feliz evento que rescata un pedazo del suelo nacional y que involucra a la nación entera y no sólo a las Fuerzas Armadas.”

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En ese tramo de la guerra sólo una minoría repara en que los verdaderos opresores son los militares argentinos y no los ingleses, ocupantes de las islas desde el 3 de enero de 1833, en el que ningún argentino pensaba ir a vivir. Si las cosas le salían bien a la dictadura militar en Malvinas, lo más probable es que hubieran seguido haciendo usufructo del poder y de la represión ilegal, vaya uno a saber por cuánto tiempo.

“No estás solo…Tu pueblo te respalda. Tu guerra es limpia. Porque no traicionaste. Porque no juraste en vano. Ni pensaste en huir. Porque empuñas la verdad con tu mano, no estás solo, soldadito argentino.”

Así se ve a ancianas donando sus joyas; a mujeres tejiendo ropa; a figuras de la política, la ciencia, el espectáculo y el deporte –la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), los clubes y Futbolistas Argentinos Agremiados, etc.–, aportar dinero destinado a los “bravos muchachos” a través del Fondo Patriótico Nacional.

“¡Estamos ganando!” “¡Seguimos ganando!” Mucha gente sale a la calle a festejar como si se hubiera ganado un partido de fútbol –“el que no salta es un inglés”– y festeja como un gol cada avión derribado. Esta pasión nacional le complica el campo de maniobras al gobierno militar, que no puede aceptar las propuestas de Alexander Haig, secretario de Estado de los Estados Unidos o la del presidente peruano Fernando Belaúnde Ferry. Cualquier negociación que planteara el retiro temporal de las islas hubiera parecido una actitud derrotista. Por lo que no queda más alternativa que la guerra: “Que venga el principito” (por el príncipe Andrés), desafía en tono bravucón el general Menéndez, aunque desea que no venga. ¡¡¡Y el principito vino!!!.

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Quedan para el recuerdo la crueldad de la guerra, las emotivas cartas de los soldados a los familiares, actitudes individuales sorprendentes como la siguiente: en plena guerra, se enfrentan dos paracaidistas británicos con un comando argentino. Un soldado argentino mata a un paracaidista británico; el sobreviviente británico hiere al argentino. El británico se acerca al argentino, que acaba de matar a su compañero y le dice: “The war is over for you” (“Para ti se ha terminado la guerra”). Y con sus propios medicamentos le hace las primeras curaciones.

Salvo una minoría informada que entendía que Estados Unidos jamás permitiría que un país de los confines derrotara a su aliado histórico y segunda potencia de la OTAN ¿qué hizo la gente cuando se dio cuenta de que la guerra se estaba perdiendo después de haber compartido la “victoria” a través de los comunicados oficiales y de algunos medios periodísticos? Hizo una cosa muy previsible: luego de reunirse en la Plaza de Mayo, patalear un rato en repudio a la capitulación y recibir unos palos y unas bombas de gases lacrimógenos, le echó el fardo de la derrota al frío, a la inexperiencia de los soldados conscriptos de 18 años –más allá del valor y la destreza de muchos y el sufrimiento de otros–, a las tácticas obsoletas, al deficiente mantenimiento de los armamentos, a los aires triunfalistas de algunos medios de comunicación, al poderío militar británico y a la ayuda prestada por los Estados Unidos; convirtió al general Galtieri en el chivo expiatorio de la catástrofe política y militar, al mismo tiempo que exaltaba su propia lucha contra la dictadura y se asumía como figura protagónica del retorno a la democracia silbando “Sólo le pido a Dios”, la canción de León Greco.

“Cuando pierdes, no pierdas la lección”.

Tiempo después de la derrota, los argentinos reconocerían que habían sido engañados y manipulados, que gracias a Margaret Thatcher y a la sangre derramada, había colapsado la dictadura militar. Esto abría las puertas a nuevos cuestionamientos y compromisos como sociedad. Entre esos argentinos, probablemente, se encontrarían  muchos soldados conscriptos de los inicios de la década del 60 de la Inspección de Ingenieros para quienes la imagen del Mayor Galtieri se fue cayendo a pedacitos. No le perdonaban que, encaramado en un balcón de la Casa Rosada, se haya dejado embriagar por los vítores de la gente reunida en la Plaza de Mayo, mediante el uso perverso de una reivindicación territorial que ellos, al igual que muchos de los muertos en combate, alentaban desde la infancia en lo más íntimo de sus corazones.


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