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OPINIóN / Internacional
martes 3 diciembre, 2019

Chile: crecimiento con desigualdad de ingresos y accesos

La desigualdad social es una problemática que excede la diferencia de ingresos entre las personas que componen una sociedad.

por Iván Ambroggio

Las protestas estallaron el 18 de octubre por el aumento del precio del metro, pero fueron en aumento para denunciar la desigualdad social. Desataron la violencia en Santiago, Valparaíso, Viña del Mar y otras ciudades: 30 días de protestas que se saldan con 22 muertos, 79 estaciones del metro de Santiago atacadas o incendiadas, y casi 15.000 detenidos en todo el país. Foto: AFP/BLOOMBERG

La desigualdad social es una problemática que excede la diferencia de ingresos entre las personas que componen una sociedad. Abarca todo tipo de acceso desigual a los recursos. Cuando se produce la ruptura de lazos entre una persona y la sociedad en la que vive, estamos ante una situación de exclusión social. Pero lo que parece lo mismo no siempre es igual. Asemejar la inequidad únicamente con desigualdad económica es un error, porque existen desigualdades jurídicas, de género, de oportunidades, de acceso a servicios (salud, educación, información, internet). La brecha digital, por ejemplo, también es un espejo de la desigualdad.

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En octubre, la inequidad generó un estallido social en Chile, que ni los anuncios de modificación de la Constitución logran frenar. En las calles del país que ocupó durante varios años el primer lugar del podio latinoamericano en lo que atañe a PBI per cápita, la violencia y el olor a pólvora trotan por las calles. Se destinó mucha tinta, en los últimos días, a relacionar crecimiento económico, inequidad y violencia, en Chile. Lo cierto es que en el país cuyo modelo económico, se mostraba como ejemplo a imitar –y que exportaba profetas de su dogma– el 1% de la población concentra, en base a información tributaria, el 22,6% del total de ingresos del país, y el 1% más rico de la población concentra el 26,5% del total de activos productivos y financieros, según un estudio presentado recientemente por CEPAL, titulado "Panorama Social para América Latina 2019". Chile quedó inmerso en una crisis distributiva, porque tuvo un notorio crecimiento, pero careció de desarrollo inclusivo. La desigualdad social que posee es aún peor que la que pone a la vista la brecha de ingresos entre los que más y menos ganan, porque la vida de las personas incluye variables que exceden los ingresos económicos, que algunos utilizan para analizar livianamente un flagelo que es más largo, más pesado y más doloroso. Profundicemos. El Coeficiente de Gini es, tal vez, el instrumento más empleado en la actualidad para medir la inequidad. Tiene una metodología que incluye valores que van del 0 al 1. Cuanto más cerca del cero se encuentre un país, significa que es más igualitario. Y cuando el indicador se acerca a 1, es sinónimo de mayor inequidad. Pero hay que tener mucho cuidado con el análisis de la información que arroja esta herramienta, para no arribar a conclusiones rápidas peroinexactas. El Coeficiente de Gini, sólo se basa en la desigualdad de ingresos, esto es, deja sin consideración aspectos sumamente relevantes como el acceso ala salud, la educación, el problema de las pensiones y el transporte. Chile, es un caso en el que se observan carencias colectivas de beneficios sociales. Y esta situación reviste varios años. El país gobernado por Sebastián Piñera, exhibe hoy un indicador de 0,49 en el Coeficiente de Gini (dato similar al de la Argentina del año 2003). Sólo por trazar un paralelismo, la desigualdad en la República Argentina, según el mismo coeficiente, tuvo la siguiente evolución histórica: 0,49 en el año 2003; 0,385 en 2015 y 0,434 en 2019 (estos datos se desprenden de informes del INDEC). Los números revelan que la inequidad también se ha incrementado últimamente. En el caso de Chile, el 0,49 actual, se potencia con la falta de acceso a servicios como la educación, la salud y el transporte. Estas privaciones repercuten en la cotidianidad de las personas y son inequidades importantes que el coeficiente de Gini no capta (porque tiene otro fin: analizar la desigualdad enfatizando en los ingresos).

La buena política

Otro hecho que potencia la sensación de inequidad en el país que mira la cordillera de Los Andres desde el oeste, tiene que ver con la singularidad de que sus líderes políticos, en gran medida, pertenecen a familias tradicionales y/o de vastos recursos. Por las razones expuestas, contemplar la contención social que brinda un Estado es clave para dimensionar la problemática y comprender –un poco mejor–, a qué obedecen las protestas que inundan las calles y las causas de la violencia que no cesa.

Es necesario considerar, también, que un país que se vea más equitativo según el Coeficiente de Gini, no necesariamente es sinónimo de igualdad y mejor calidad de vida. Puede acaecer que un país logre reducir su desigualdad, no por progresos que tengan que ver con bienestar colectivo o movilidad social ascendente, sino porque la mayoría de la población ha sido desplazada hacia a la pobreza. En este caso, si solo miramos los ingresos, estamos frente a una sociedad más igualitaria, pero claramente más injusta y con más necesidades. En materia social, es preciso partir de la premisa que las sociedades no se componen de colecciones de números. Se trata de personas con complejidades más profundas. Así como el ingreso per cápita no permite saber cómo se distribuye realmente la riqueza en una sociedad (la realidad exhibe con crudeza, postales que ilustran que los ingresos no se dividen en partes iguales), el Coeficiente de Gini, puede esconder información que distorsiona el análisis.

Incendios, contradicciones e incertidumbre

Pese a las explicaciones que suelen ensayar quienes tienen recetas para todo –pero ninguna solución– para justificar los retrocesos sociales, el dolor, la desesperación y la impotencia se transforman en hartazgo en el cuerpo de muchos condenados al tren del olvido, por un sistema que expulsa con ferocidad y sin titubear. Cuando el Estado, que es el gran articulador, falla en su deber de distribución, la desigualdad triunfa, con el correr del tiempo se hace obscena y la cuenta la terminan pagando siempre los que menos tienen.

Duele decir que América Latina sigue siendo la región más inequitativa del mundo. La reducción de la desigualdad que explicita el ODS 10 de Naciones Unidas deberá transformarse en políticas de Estado que no descuiden los servicios sociales, si lo que se busca realmente es forjar sociedades más justas, inclusivas y menos violentas, que excedan los números fríos que poco ilustran la impotencia y desahucia que ocasionan la falta de acceso y oportunidades.

 

*Analista internacional, Director de Gestión de Gobierno de la Universidad de Belgrano; consultor político.


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