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OPINIóN / Internacional
viernes 29 noviembre, 2019

La buena política

A 35 años de la firma del Acuerdo de Paz y Amistad entre Argentina y Chile. Un conflicto casi centenario, una pelea territorial que trascendió gobiernos, partidos políticos y funcionarios.

El vínculo entre el entrevistado y el empleador nace antes de la entrevista. Foto: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.
viernes 29 noviembre, 2019

Fue un conflicto casi centenario, una pelea territorial que trascendió gobiernos, partidos políticos y funcionarios. También una cuestión que alimentó la desconfianza entre países vecinos. De hecho, antes de su resolución, el diferendo entre Argentina y Chile en torno al canal de Beagle y sus espacios adyacentes representó un peligro cierto para la paz en Sudamérica.

En 1977, la dictadura argentina no aceptó el fallo de la Corona Británica sobre el tema. Lo mismo sucedió en 1980 con la mediación papal. En ambas instancias, designadas por acuerdo entre las partes, se afirmó la soberanía chilena sobre las islas Picton, Lennox  y Nueva. Con el militarismo en acenso, el 22 de diciembre de 1978 ambas naciones estuvieron al borde de la guerra. La mediación del cardenal Antonio Samoré evitó que la acción bélica se concretara.

En este marco, y teniendo en cuenta el saldo de la Guerra de Malvinas, en enero de 1984 comenzaron las negociaciones. Argentina estuvo representada por el canciller Dante Caputo y los diplomáticos Marcelo Delpech y Susana Ruiz Cerutti, entre otros expertos. Por su parte, el gobierno de facto encabezado por Augusto Pinochet designó al General Ernesto Videla Cifuentes, quien era subsecretario de relaciones exteriores.

En Chile, Amarillos. En Venezuela Nini. En Argentina Corea del Centro.

No sin tensiones, el 18 de octubre de aquel año se llegó a un acuerdo. El texto final tuvo en cuenta los fallos de años anteriores. Además, se limitó la proyección atlántica chilena y se resolvió la cuestión del límite oriental del estrecho de Magallanes. Así se estableció que no habría una zona económica exclusiva de Chile en el Atlántico Sur.

La historia no terminó ahí. El 25 de noviembre de 1984 se realizó el plebiscito no vinculante convocado por el gobierno de Raúl Alfonsín. Buscando conjugar iniciativa política y legitimidad colectiva, se sometió a votación el entendimiento firmado al amparo de la mediación del papa Juan Pablo II. Aquel domingo votaron 12.861.355 personas, el 70% de los ciudadanos habilitados. El "SÍ", impulsado por el oficialismo, obtuvo el 82.60%. En tanto, el "NO" llegó al 17.40%.

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Pero días antes, el 14 de noviembre, tuvo lugar un hecho político fundamental: el debate que protagonizaron Dante Caputo y el presidente del bloque de senadores nacionales del PJ, el catamarqueño Vicente Saadi. Ese fue el primer debate televisado desde el retorno de la democracia. La transmisión correspondió a los canales 7 y 13 (ambos estatales), y la moderación estuvo a cargo de Bernardo Neustadt.

Luego de las urnas, el 29 de noviembre, los cancilleres Dante Caputo y Jaime del Valle rubricaron en el Vaticano el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile. El mismo fijó el límite entre los dos países desde el canal de Beagle hasta el pasaje de Drake al sur del cabo de Hornos. El documento fue aprobado por la Cámara de Diputados el 30 de diciembre. La cámara alta, en tanto, hizo lo propio en marzo de 1985. Años más tarde, en su libro Un péndulo austral, el entonces canciller argentino reflexionará sobre la actitud de la oposición parlamentaria ante el acuerdo, diciendo: “Curiosamente, la ratificación del Congreso fue aprobada solo por un voto en el Senado. Un voto. Casi el 50 por ciento del Senado, con mayoría justicialista, votó en contra. Obviamente era un voto en contra del gobierno”.

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A la distancia, el final de la controversia limítrofe puede pensarse desde varias aristas. En primer lugar, para el Estado argentino significó el hito geopolítico fundacional de la democracia recuperada en 1983. En segunda instancia, reflejó de modo palmario el triunfo del conocimiento y el profesionalismo diplomático. Y en tercer lugar, patentizó la voluntad de un gobierno constitucional por garantizar paz y soberanía en un continente con varias dictaduras en pie.

Hace 35 años, la buena política hizo su trabajo: produjo un debate público, una consulta popular y selló un pacto diplomático. El resultado de aquello trascendió a los protagonistas. De ahí la importancia y el valor histórico de lo sucedido. 


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