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OPINIóN / Opinión
jueves 20 diciembre, 2018

In dubio pro femina

Instar a que se crea de forma automática a todas las mujeres por el hecho de ser denunciantes puede devenir en un gran error.

por Mariano Marquevich

La noticia de la denuncia por violación contra el actor Juan Darthés llegó hasta El País de España. Foto: Télam
jueves 20 diciembre, 2018

Necesitamos una purga. Pero incluso las purgas tienen un lugar en dónde hacerse. Vomitar en el inodoro es mejor que hacerlo en la alfombra del living. Pero a veces es incontenible. No llegas. Y eso creo que es lo que nos pasó.

"La violó" "ya está probado" "¿no te das cuenta?" “La esta volviendo a violar” “es un hijo de puta” “Lo cagaría a fierrazos” esos dichos que parecen salidos de la más informal charla de café se dió ante micrófonos de radio y cámaras de television.

- La sociedad está hecha conch... Dijo un espectador al lado mío mirando la tele. Cuando terminó de decirlo, reparé en que su expresión terminológicamente era machista. Despectiva hacia la genitalidad de la mujer. Aunque por el tono y el contexto, estaba claro que no lo quiso decir en esos términos. Pero en su misma frase hay pruebas de que falta mucho por deconstruir. Por repensar y explorar en los cimientos desde dónde construimos nuestra "realidad".

El televidente sí quiso expresar con vehemencia lo imprudente de ciertas reacciones de referentes mediáticos, que, por intempestivos y ampulosos, no respondían a un tratamiento profesional de la noticia.

Actrices Argentinas denunciaron públicamente a Juan Darthés

- ¡¿Te das cuenta?! ese tipo se recibió de abogado y viola la regla básica "in dubio pro reo”.
(Locución latina que expresa el principio jurídico de que en caso de duda, se favorecerá al imputado o acusado).
A veces, yo también miro ese programa. Recuerdo haber oído al mismo conductor hablar con mucha cautela ante otros casos, subrayando el carácter condicional de los verbos. La razón era clara. Ya sea por fuerzas externas o internas, o ambas... Estaba purgando.

El poder calienta. Calienta a los hombres, calienta a las mujeres. Ser sometido, someter. Hegel, Marx, Focault y Lacan. El poder en sí no es machista. El poder es un fenómeno de interacción social. No es algo perteneciente con exclusividad al sexo masculino. En psicoanalisis lacaniano se habla del falo, el falo no es el pene. Falo es la representación del poder. Sería hipócrita creer que en el sexo la mayoría goza con la misma simpleza con la que se bebe un té a las cinco de la tarde. Que esto sea una realidad para muchos no presupone que por eso deba ser naturalizado, y, el hecho que el poder lo tenga casi por regla el hombre en una sociedad patriarcal abre un campo de atendibles cuestionamientos y movimientos sociales en tiempos de igualdad de derechos.

 

No obstante, cabe señalar aquí algo importante: una cosa es el poder -y su dinámica de atracción de polos opuestos que pueda predisponer el condimento justo de tensión sexual para precipitar la unión sexual- y otra el abuso de poder. Entre una cosa y la otra, existen una amplísima gama de matices que van del consentimiento a la extorsión. Por ello, cada caso debe procesarse en su singularidad. Hoy, ese crisol de matices es difuso, difuso hasta casi borrarse, al menos, según surge del indiscriminado tratamiento mediático.

Celebremos la causa común que une a las mujeres y el replanteo de paradigmas. Pero, en ese valiente colectivo, resulta preocupante que también viaje la premisa de obligar a la sociedad a creer siempre, cuando no es la sociedad la que tiene que creer sino la Justicia, la cual sabemos, sólo debería hacerlo mediante de una correcta investigación basada en pruebas. (Qué hacer cuando la Justicia no procede de forma correcta es un debate profuso en el que no ahondaré a efectos de no dispersar el eje de la nota.)

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Para evitar la desestimación sistemática no hay necesidad de irse al otro opuesto. Imponer una “ratificación compulsiva” implicaría retroceder en el proceso de cognición hasta la oscura etapa del dogmatismo. Aquel vicioso germen que creíamos superado, aguarda como los hongos. Se produce y reproduce en ciertas sociedades y se mantiene latentes en otras; esperando las condiciones necesarias para volver a aflorar.

Que un gobierno, religión o masa de personas promulgue la obligación de creer sin pruebas -sea cual fuera la premisa: creer en dios, creer en una presunta víctima o lo que fuera- predispone a un grave problema social por el avasallamiento a la libertad de pensamiento.
Por supuesto que hay que acompañar a las mujeres que dicen haber sufrido estos gravámenes y no rechazarlas de entrada. Claro que la vulnerabilidad de los abusos requieren de la mayor atención social, gubernamental y afectiva (del entorno). Pero instar a la sociedad a que se crea de forma automática a todas las mujeres, por el hecho de ser mujeres denunciantes puede devenir en un gran error, que incluso podría recaer sobre las mujeres mismas. Supongamos dos mujeres se acusaran la una a la otra de un mismo hecho. ¿Habría que creerles a las dos? Y si una mujer cuenta algo y luego se retracta o arrepiente modificando su propia declaración. ¿Cuál de las versiones habría que creer? ¿Todas?
Venimos de una época en que se desoía a la mujer. Cursar con exabruptos este nuevo paradigma parece ser inevitable. Tomarse un tiempo para reflexionar, no. En eso sí, creer o reventar.

(*) Twitter: @llavemaestraok


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