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OPINIóN / Historia política
viernes 13 diciembre, 2019

El bastardo que pudo ser Rey: Juan de Austria

Esta es la historia de un bastardo que sin ser rey salvó a Europa del desastre.

por Omar López Mato

Juan de Austria Foto: CEDOC
viernes 13 diciembre, 2019

Las monarquías se han basado en el erróneo concepto biológico que los hijos de padres notables deberían ser tanto o mejor que ellos. Para fortalecer esta idea, las familias reales se casaban entre ellas con tanta asiduidad que después de un tiempo todos eran parientes, creando entrecruzamientos endogámicos, donde salían a relucir genes recesivos que estigmatizaban a la descendencia. La infidelidad era una forma de compensar el error de concepto. Esta es la historia de un bastardo que sin ser rey salvó a Europa del desastre.

Carlos V se había salvado de caer víctima de tal endogamia, aunque su madre padecía de un desorden psiquiátrico que le ganó el apodo de La loca. Juana, probablemente, padecía una esquizofrenia. Al momento de dar a luz decidió parir en un retrete a su primogénito. De allí que decían que Carlos había nacido y vivido entre mierda.

Hacia 1546 se había muerto su esposa, Isabel, y el monarca para sobreponerse a los sinsabores del duelo abrazó los placeres de Venus. La elegida era una jovencita llamada Bárbara Blomberg, oriunda de Ratisbona.

El emperador, enterado del fruto de ese vínculo, hizo que la joven fuese entregada en matrimonio con un tal Kegel y bautizaron al bastardo con el nombre de Jerónimo. El niño fue conducido a España donde el Real, Luís Méndez de Quijada, leal colaborador de Carlos, lo entregó a Francisco Massy, el violinista del emperador, casado con Ana de Media, quien aceptó el encargo a cambio de una generosa compensación. Para que no se suscitaran peligrosos reclamos, a Massy se le comunicó que el niño era de Adrián de Bois. La transacción se llevó a cabo en junio de 1550 en Bruselas, y la cifra estipulada era de cien escudos, más cincuenta al año.

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Massy y su esposa se instalaron en tierras de Leganés, y el joven fue educado por el cura del pueblo, Bautista Vela.

Jerónimo iba camino a convertirse en un labriego cuando Carlos decidió que se mudara al castillo de Villagarcía de Campos, donde habría de tener la educación de un noble. Aunque fue versado en los clásicos y el latín, prefería las clases de equitación y esgrima.

Carlos V tuvo oportunidad de conocer a Jerónimo y apreciar sus dotes y gentileza.

A la muerte del Emperador, Quijada optó por confesarle a Felipe II el verdadero origen de su medio hermano. La historia de Quijada fue confirmada por el testamento del Carlos V, a quien además le concedía una renta anual y un ducado.

Felipe convirtió a Jerónimo en don Juan de Austria (aunque nadie tiene bien claro por qué el cambio de nombre). Con 12 años, el ahora Juan, se integró a la Corte. Un gran cambio para el niño cuyo recuerdo más lejano era la cabaña de un labriego.

En la Corte conoció a su sobrino y heredero de la corona, el díscolo don Carlos (de triste fama por la obra de Schiller y la ópera de Verdi), quien intentó asesinarlo durante una de sus enajenaciones, llamándolo bastardo.

El príncipe Carlos fue víctima de su propia insania y se dejó morir después de ser descubierta la trama para asesinar a su padre, Felipe II.

Vuelto a España después de ser Almirante de la flota, se le encomendó a Juan la represión de la rebelión morisca en Granada, quienes habían asesinado, mientras dormían, a un destacamento de soldados españoles. La situación en los países bajo era tan compleja que la comitiva española se paralizó al mundo español. Felipe tomó una decisión que disgustó a Juan: expulsar a todos los moriscos de Granada. Esto solo empeoró la situación, y Juan le propuso a su hermano tomar la ofensiva. Felipe II no solo aprobó la idea, sino que él mismo acudió a imponerse de la situación, mientras Juan, al frente de 12.000 hombres puso sitio a Galera, que juró destrozar “en venganza de la sangre derramada”.

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Juan cumplió la terrible promesa y entró a sangre y fuego, asesinando a los rebeldes. Dos mil quinientos moros murieron ese día. Envalentonado por la victoria, marchó hacía la fortaleza Serón. En vez de encerrarse a resistir, los moros salieron al campo, poniendo en fuga a los españoles… pero allí estaba Juan, quien se plantó frente a los soldados que huían, los apostrofó y dirigió el ataque revirtiendo el desastre.

La determinación de Juan, convenció a los moros que no había otro camino más que pactar con los españoles. De tal forma, llegaba a su fin la llamada Rebelión de Alpujarras.

No había acabado la campaña contra los moros, cuando las naves turcas atacaron la isla de Chipre, un bastión veneciano. Desde allí podrían saltar al continente y desatar una nueva Guerra Santa… pero en Europa.

Los venecianos, el Papa Pio V y los españoles, dejaron de lado los enfrentamientos y rencillas, para unirse ante el enemigo que amenazaba al cristianismo.

Juan de Austria y su amigo, el italiano Andrea Doria, se pusieron al mando de 205 naves con 80.000 soldados a bordo (entre los que se encontraba un soldado que no solo esgrimía la espada, sino las palabras, un tal Miguel de Cervantes Saavedra).

Juan decidió atacar inmediatamente, y la flota navegó directamente a Lepanto, donde encontró a la armada de Alí Bajá.

El 7 de octubre de 1571 chocaron la flota de la cruz con la que enarbolaba la media luna como estandarte. Sorprendidos estos últimos por la espalda, la flota turca comenzó a desmembrarse y fue en ese instante que Juan de Austria, luciendo una magnífica armadura, se puso al frente de sus tropas y asaltó la nave sultana. 400 jenízaros intentaron abordar la nave de Juan, quien al frente de sus hombres contuvo el ataque. Por un momento vibró la indecisión sobre la cubierta repleta de cadáveres, mientras Juan avanzaba a mandobles en busca de un duelo con Alí Bajá. El enfrentamiento no pudo concretarse porque una bala perdida puso fin al caudillo turco.

Finalmente los musulmanes se dispersaron y Juan de Austria se había convertido en el salvador de la cristiandad. Como dijo Cervantes, habían vencido en “la más alta ocasión que verán los siglos”.

Para tener una idea de la magnitud de la victoria, en Lepanto murieron 7.800 cristianos y 30.000 musulmanes, 15 galeras fueron hundidas, pero 190 quedaron en manos de Juan de Austria y sus aliados. Lepanto fijó los límites de la expansión mediterránea de los otomanos.

Don Juan con 24 años fue recibido como un héroe en Nápoles, donde la ciudad celebró con entusiasmo la victoria, y el príncipe bastardo fue homenajeado por las damas más hermosas de la ciudad, “dispuesto a amar cuanta ella le fue dado conocer.

Su nueva condición de héroe sembró recelos en su hermanastro quién, sin embargo, necesitaba de Juan, y lo envió a Flandes, donde las revueltas contra los españoles se sucedían. En el camino, Juan decidió conocer a su madre, a quien llevó a España donde vivió en un palacio hasta su muerte.

Al frente de las tropas hispanas que hacía meses que no cobraban, a Juan le resultó imposible el saqueo de Amberes. Forzado por las circunstancias, prefirió pactar con los flamencos y firmar el Edicto Perpetuo. Los tercios españoles se retiraron, y Juan quedó como gobernador de los Países Bajos.

Mientras se hablaba de casar a Juan con María Estuardo para llegar a un pacto con Inglaterra, los flamencos volvieron a rebelarse.

A pesar de ser superados en número, las tropas españolas logran una extraordinaria victoria en Namur. Sin embargo, el abierto apoyo inglés a la causa de los protestantes holandeses puso a Juan en apuros.

En agosto de 1578 cayó enfermo, y debió alternar el lecho con la lucha. Apremiado por la falta de medios, su dolencia se agravó. El tifus lo estaba destruyendo. Impedido de moverse, Juan se acomodó en un antiguo palomar, pero el 1ero. de octubre, después de confesarse, murió.

Carlos V, el hombre más poderoso del planeta, había llegado al mundo en un retrete. Su hijo bastardo, que nunca fue Rey aunque había salvado a occidente, murió entre detritus de paloma. Un curioso paralelismo y una infeliz paradoja.


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