sábado 28 de mayo de 2022
OPINIóN
23-01-2022 07:00

El testamento del General San Martín

Un día como hoy de 1844 en París escribía de puño y letra las disposiciones para después de su muerte, entre ellas, legaba su emblemático sable a Juan Manuel de Rosas.

El 23 de enero de 1844 acompañado por Mariano Balcarce su fiel hijo político, San Martín se presentó en la escribanía de Francois Huillier y redactó su testamento, coherente con su forma de ser, sencilla y austera.

En apenas dos carillas de letra clara y prolija y en sólo ocho cláusulas decía que: “En el nombre de Dios Todo Poderoso a quien reconozco como hacedor del Universo. Digo yo José de San Martín, Generalísimo de la República del Perú y Fundador de su Libertad, Capitán General de la de Chile y Brigadier General de la Confederación Argentina, que visto el mal estado de mi salud, declaro por el presente Testamento lo siguiente:”

“Primero, dejo por mi absoluta heredera de mis bienes, habidos y por haber a mi única hija Mercedes de San Martín actualmente casada con Mariano Balcarce”.

 

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El testamento del General San Martín.

 

Se refiere a Mercedes Tomasa nacida en Mendoza el 24 de agosto de 1816, hija de su matrimonio con Remedios de Escalada y que había casado en París en 1832.

“Segundo. Es mi expresa voluntad que mi hija suministre a mi hermana María Elena, una pensión de mil francos anuales, y a su fallecimiento, se continúe pagando a su hija Petronila, una de 250 hasta su muerte, sin que para asegurar este don que hago a mi hermana y sobrina, sea necesaria otra hipoteca que la confianza que me asiste de que mi hija y sus herederos cumplirán religiosamente ésta mi voluntad”.

María Elena de San Martín y Matorras, única hija mujer del matrimonio de Juan y Gregoria, nació en Calera de las Vacas en 1771 y casó en 1802 en Madrid con Rafael González y Álvarez de Menchaca, padres de una única hija - Petronila - que falleció soltera en 1880 en San Sebastián, donde también había muerto María Elena en 1853.

Como bien expresa el historiador Martín Blanco “es destacable como San Martín manifiesta claramente la confianza que tenía para con su hija y su yerno, para no constituir hipoteca para el cumplimiento de esta cláusula, confianza que ambos honraron hasta el fin de sus días”.

“Tercero: el sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la Independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción, que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”.

San Martín íntimo

Indudablemente esta disposición fue la más controvertida de las escritas por el Libertador y fue motivo de infinidad de comentarios y especulaciones posteriores una vez conocido el testamento luego de su muerte y llegada la noticia a Buenos Aires. Tal fue la polémica que levantó entre los opositores a Rosas críticas muy duras poniendo en duda la autenticidad del documento y la capacidad mental de San Martín al escribirlo.

Si bien San Martín y Rosas intercambiaron correspondencia, nada hay en ella que infiera una aprobación o apoyo a la política interna del Restaurador por parte del Gran Capitán. San Martín priorizaba en su ánimo la lucha contra la agresión extranjera y no el espíritu de partido o personalismos. Entendía que ante el bloqueo realizado desde 1838 por la escuadra francesa, la actitud de Rosas había sido firme para sostener el honor nacional.

Se dice que legó su sable por la batalla de Vuelta de Obligado (20.Nov.1845); basta con ver la fecha del testamento para darse cuenta que no fue así.

Este mandato fue cumplido - se supone-  durante el exilio de Rosas en Inglaterra, con el correr de los años fue donado en 1897 “a la Nación Argentina”  por la familia Terrero Rosas y hoy se exhibe en el Museo Histórico Nacional.

“Cuarto. Prohíbo el que se me haga ningún género de Funeral, y desde el lugar en que falleciere, se me conducirá directamente al cementerio sin ningún acompañamiento, pero sí desearía, el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”.

Fiel a su estilo el General, que despreciaba el lujo y la pompa, prohibía su funeral, cosa que fue cumplida tal como la narró Félix Frías allí presente: “El carro fúnebre recibió el féretro y fue acompañado en su tránsito silencioso por un modesto cortejo, humilde y propio de la alta modestia tan digna compañera de las cualidades morales de aquel hombre eminente”.

 

San Martín en su lecho de muerte.
El General San Martín en su lecho de muerte.

 

A su vez, Balcarce informaba a Buenos Aires que “sus restos mortales fueron conducidos sin pompa alguna a la bóveda de la catedral de Boulogne-sur-Mer, donde permanecerán provisoriamente, pues ha dispuesto que sean trasladados a Buenos Aires, para que reposen en el seno de su Patria querida a cuyo servicio consagró su vida entera.”

Este deseo tardó 30 años en cumplirse en un largo viaje de marchas y contramarchas que demoraron su cumplimiento.

“Quinto. Declaro no deber ni haber jamás debido nada a nadie.”

Declaración gráfica de la honradez y conducta a toda prueba del general San Martín en temas de dinero, comprobada tanto en su vida pública como privada, a todas luces austeras.

“Sexto. Aunque es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de ésta, y el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz. Yo le ruego continúe con el mismo cuidado y contracción la educación de sus hijas (a las que abrazo con todo mi corazón) si es que a su vez quiere tener la misma feliz suerte que yo he tenido; igual encargo hago a su esposo, cuya honradez y hombría de bien no ha desmentido la opinión que había formado de él, lo que me garantiza continuará haciendo la felicidad de mi hija y nietas”.

Emoción y orgullo en esta declaración de amor a su familia agradeciéndoles por una vejez feliz, abriendo su corazón. Amor que fue correspondido y honrado por ellos, quienes se referían al General como “Tatita” y “Abuelito” como cariñosamente lo llamaban aún décadas después.

Hace 200 años, el General San Martín llegaba a Lima, la Ciudad de los Reyes

“Séptimo. Todo otro Testamento o Disposición anterior al presente queda nulo y sin ningún valor”.

Se conocen dos anteriores: el realizado en Mendoza el 23 de octubre de 1818  ante el escribano Cristóbal Barcala dejando como herederas universales a su esposa Remedios, como administradora de sus bienes sin necesidad de albaceas ni tutores, y a su hija.

Una segunda disposición en Pisco (Perú) el 29 de septiembre de 1820 a bordo de la goleta Moctezuma con órdenes sobre el destino de su equipaje y pertenencias a bordo.

“Artículo adicional. Es mi voluntad que el Estandarte que el bravo Español Don Francisco Pizarro tremoló en la Conquista del Perú sea devuelto a esta República (a pesar de ser una propiedad mía) siempre que sus Gobiernos hayan realizado las recompensas y honores con que me honró su primer Congreso”.

Aquí San Martín se refiere al obsequio que le realizó el Gobierno peruano y a las deudas que él mismo tenía en el pago de la pensión vitalicia de 9000 pesos anuales, que no era cumplida en tiempo y forma por el Estado. Deuda saldada en 1861 con los $ 164.000 que percibió Mercedes y con la entrega del estandarte que regresó a Lima hasta que desapareció en 1865 durante las revueltas de la guerra civil conocida como Revolución Restauradora.

Este documento original se encuentra hoy al resguardo del Instituto Nacional Sanmartiniano cuyas gestiones de repatriación inició su fundador José Pacífico Otero y concluyeron en 1960 durante el gobierno de Arturo Frondizi.

El increíble relato del robo del sable de San Martín

Así, el Libertador disponía su última voluntad, pero más allá de estas cláusulas legales, nos dejó algo mucho más valioso: un legado transgeneracional a través de su vida, escritos, testimonios y correspondencia que constituyen un decálogo de honor y virtudes, formando un invalorable testamento cívico y político de uno de nuestros padres fundadores y líder americano, como lo define el ensayista mendocino Juan Marcelo Calabria.

 

*  Roberto Colimodio. Académico sanmartiniano.