domingo 01 de agosto de 2021
PERIODISMO PURO Entrevista
02-07-2021 23:55

Hernán Lacunza: "Toda la política económica del Gobierno es para tener un veranito en el tercer trimestre"

Referente económico del ala de Juntos por el Cambio más cercana a Horacio Rodríguez Larreta, señala diferencias con el gobierno actual y matices respecto a decisiones tomadas los primeros años de Mauricio Macri. Ve que las divergencias internas en la gestión del Frente de Todos son más que un obstáculo: constituyen un problema que podría definirse como estructural. Sostiene que se necesitan consensos para evitar una nueva crisis en 2023. Y que es un error estratégico grave anclar las tarifas y el dólar para poner por poco tiempo plata en el bolsillo de la gente.

02-07-2021 23:55

—¿Cómo se podría explicar didácticamente la diferencia de matices entre la visión económica de María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta con la que tenía Mauricio Macri?

 —No hay grandes diferencias dentro de Juntos por el Cambio respecto al modelo de país que queremos construir hacia adelante. El país aspiracional es una economía abierta, estable, relacionada con el mundo en el canal financiero, en el canal comercial. De baja inflación y sin incertidumbre cambiaria. Para eso hace falta una convergencia hacia un equilibrio fiscal. Cualquiera de los líderes de Juntos por el Cambio, tanto de la Unión Cívica Radical, de la Coalición Cívica, del PRO, no tendrá disonancias grandes respecto a esas líneas directrices. Hay diferencias más tácticas que estratégicas, de horizonte, respecto a la velocidad, a la consistencia y a la sincronía, y hasta la secuencia de las reformas que haya que implementar para arribar a ese puerto de llegada. En el fin último no hay diferencias. El fin último es el bienestar de la población. Su bienestar depende críticamente de dos variables: el empleo y la inflación, el costo del changuito del supermercado. Ni entre María Eugenia, Horacio, Mauricio, Patricia, por el lado del PRO, y me animo a decir también de los radicales, hay diferencias críticas en cuanto al horizonte económico. Sí puede haber algún matiz respecto a la táctica.

—Secuencia es si uno sale del cepo el primer día o sale del cepo cuatro meses después. Modifica todo. El cómo es muy importante.

—Por supuesto. Una mala táctica, fines mal elegidos o asincrónicos o no ordenados secuencialmente te pueden hacer naufragar en el camino. Parte del aprendizaje de la experiencia anterior es lo que decía en materia de empleo generado, por más que se generó empleo, pero sobre todo de estabilidad nominal, de inflación y de tipo de cambio, no dio los resultados esperados en materia de bienestar, a pesar de que se hizo una mejora sustancial en materia de las raíces de la economía. Se dejó un tipo de cambio competitivo, tarifas más acordes a los costos. Hubo errores tácticos, como una apertura irrestricta o demasiado rápido de la cuenta de capital. Uno no hace política económica en abstracto. Debe tener en cuenta la naturaleza de su mercado, de sus consumidores, de sus ahorristas. Los argentinos sufrimos la volatilidad cambiaria, no porque tengamos una genética distinta de los brasileños, sino porque tenemos cinco décadas de inestabilidad en las espaldas. Nos formamos con esa volatilidad. Nos trajo mucho sufrimiento. Entonces, si la política monetaria y financiera de una apertura irrestricta va demasiado rápido y la política y el remo fiscal van demasiado lentos, como ocurrió sobre todo entre 2016 y 2017, probablemente rememos girando en redondo con un remo más rápido que el otro. Y cuando viene una tormenta, te agarra en el medio del río. Eso pasó en abril de 2018. Es lo que no tenemos que repetir.

—¿Tu formación, como la de Vidal, es más nacional, más sensible a las particularidades de la sociedad argentina, mientras que la formación de otros economistas, del PRO y probablemente del propio Macri y la del FMI, es más científicamente pura?

—Entiendo la necesidad de catalogar en una serie de conceptos las distintas miradas que existen. Hay matices, por supuesto. Homogeneidad no quiere decir unanimidad. El consenso no es unanimidad. Existen esos matices. Más allá de la sensibilidad de cada uno de los actores, debemos tener en claro que la macro manda. Podemos hacer las reformas más ambiciosas, exitosas, exigentes, puras, sanas en un montón de organismos del Estado. Pero teniendo en cuenta la austeridad con la cual hay que manejar los fondos públicos, porque son fondos de la gente. Si el dólar es un barrilete, lo que hagamos en el Senasa o en el Instituto de Previsión Social de la Provincia, o en la Anses, o en el Ministerio de Agroindustria, no se sentirá y el bienestar del público va a caer. Por supuesto que toda reforma micro de cada uno de los estamentos del Estado es muy importante para consolidar esa trayectoria macroeconómica porque los recursos son un barril sin fondo, se pierden en la ineficiencia. Pensando en 2023, el objetivo de primer orden es evitar la próxima crisis. Si los empresarios y los ahorristas argentinos y del exterior percibimos que el esquema no es sostenible, que habrá una crisis dentro de tres o cuatro años, o dentro de seis, nadie hunde capital de largo plazo, sino más bien entran y salen rápido. Son comportamientos adaptativos a esa economía demasiado volátil. Es la respuesta racional del sector privado desde el punto de vista económico y político. Si cada gobierno viene cada cuatro años y reinicia todas las reglas del juego y hace todo lo contrario del anterior, no habrá reforma que genere expectativas. Todo será transitorio. Si pasamos del Polo Norte al Polo Sur cada cuatro años, es muy difícil salir del pantano en el que estamos desde hace cuarenta.

—Con la calificación de standalone. ¿Los bonos argentinos estarán aún más regalados, y es una oportunidad? 

—Para comprar activos argentinos en este momento, hay que tener una audacia muy importante. La incertidumbre es muy alta. No es para pequeños inversores o minoristas, porque pueden tener mucha volatilidad. Respecto a la trayectoria, te diría que no estamos ni condenados al éxito duhaldista ni tampoco al ocaso. Depende de lo que hagamos. Los bonos argentinos hoy tienen precio de default, un precio que descuenta una reestructuración de deuda en 2024, aun cuando hicimos una reestructuración muy importante el año pasado que no generó la credibilidad esperada. Está reflejando ahí el humor de los inversores, la expectativa de los ahorristas, extranjeros y locales. Todos intervienen en ese mercado, no es tanto el riesgo del nivel de deuda. La Argentina no tiene un nivel de deuda exorbitante, depende de cómo se mida el tipo de cambio, pero entre 70% y 80% del producto es un nivel de deuda razonable para un país del tamaño de la competitividad de Argentina. Incluso inferior a muchos de sus pares latinoamericanos, muy inferior a los de los países desarrollados. Y cuando se quita la deuda en el sector público, es inferior al 50% del producto. Así que no es desmesurado, y el perfil de vencimiento de contenedores privados después de la reestructuración es desahogado por dos años y medio más. No hay un problema ni de nivel ni de perfil. El problema son las dudas sobre la capacidad de generar recursos de ese deudor. Es como la deuda de una familia o de una empresa con un banco. No es tan alta. El problema es que este cliente no muestra cómo va a hacer para aumentar sus ventas o sus ingresos familiares, cómo va a crecer. Siempre se habla de capacidad de pago de deuda sobre PBI o deuda sobre los recursos que generamos. Hace diez años que estamos estancados. El problema no es el numerador, la deuda, sino el denominador, el PBI. No tenemos un plan de crecimiento. Lejos de eso, el año pasado caímos 10% y este año vamos a rebotar 6%. O sea, caímos desde un décimo piso a planta baja. Es el rebote de una pelota pinchada. Llegamos al sexto piso. Ni siquiera recuperamos lo caído del año pasado. No se ve que haya motores de crecimiento en 2022 y 2023 porque no se entiende bien cuál es el plan. En tanto y en cuanto la única reacción del Gobierno para hacerse de más caja sea aumentar impuestos a un sector privado, no crecerá la economía.

—Una de las particularidades que tiene la Argentina es que los argentinos tienen una enorme cantidad de dinero disponible en el extranjero para invertir. Si hay inflación, por más que la tasa suba un poco, si la tasa sube a 225 y la inflación es del 4%, pierden plata. Entonces, eso podría incentivar inversiones. Lo que plantea la palabra standalone es una situación en que hay incertidumbre. Si Argentina va a ser Venezuela hay que vender, y si no va a ser Venezuela, hay que comprar. ¿Vamos hacia allí?

—Argentina no va a ser Venezuela. No estamos cerca de ser Venezuela por varias razones. Idiosincráticas, algunas de estructura económica. La sociedad civil y hasta la política tiene anticuerpos cuando hay avasallamiento de libertades no solo económicas sino también civiles. Hay anticuerpos para eso. Confío en que se preserven las instituciones de la República. El Estado venezolano tiene una fuente de recursos propia, que es Pdvsa, una empresa pública. La generación de divisas automáticamente llega al Estado. En el caso de la Argentina, la generación de divisas genuinas es a través de las exportaciones. Los exportadores son privados. El complejo sojero aportará más de 30 mil millones de dólares. Para que el Estado se apropie de eso, tiene el problema de la transferencia. Poner impuestos, y no es tan fácil. Si se ponen impuestos muy grandes, se perderá la generación. El problema de la transferencia es del sector privado al público, una diferencia estructural muy importante con Venezuela. Pero para estar peor no hace falta ser Venezuela. La autoherencia de este programa de 2021 será peor que la presunta herencia de 2019. Tendremos menos bienestar, menos PBI per cápita, menos consumo per cápita, una inflación semejante a la de 2019, después de haber bajado el año pasado. Más pobreza, rondando el 45%, que estaba en 35% hace dos años, con un desempleo arriba del 11%. Eso en materia de bienestar, de capacidad de reacción de las herramientas disponibles de política pública, más déficit fiscal, más emisión, atraso cambiario y tarifario. Si seguimos haciendo más de lo mismo, sin capacidad de reacción, y le echamos toda la culpa al resto, decimos que la inflación es importada, si pensamos que podemos vivir sin crédito y financiando el agujero fiscal con emisión, vamos por mal camino.

—Es claro que en los últimos dos años de la presidencia de Cristina Kirchner, de 2013 a 2015, las expectativas sobre el futuro económico de Argentina mejoraron y ayudaron a tener un mejor trayecto. Había perdido las elecciones de 2013 y eso generaba la expectativa de un cambio. Ese cambio podía ser Mauricio Macri, Daniel Scioli o Sergio Massa. ¿La hipótesis de que pueda perder las elecciones el oficialismo del Frente de Todos en noviembre podría generar un cambio de humor en la economía argentina y una mejora en 2021-2023 porque se espera un cambio de gobierno?

—Sí. Ocurrió en 2013. Podría ocurrir de nuevo en 2021. Al revés de lo que nos pasaba a nosotros. El triunfo del oficialismo en nuestro caso, como en 2017, mejoraba las expectativas y las perspectivas. Con este gobierno sucede lo contrario. Como su programa económico no tiene horizonte, no genera credibilidad. Eso puede deparar más contratiempos. Si gana la oposición, le puede dar un bálsamo y ayudarlo en la transición de los dos últimos años. Sería una suerte de estabilizador automático de los mercados respecto a la tendencia política. Hay una diferencia respecto de 2013. En 2013, el gobierno tenía 25 mil millones de dólares de reservas netas, o sea: tenía los tanques de oxígeno por la mitad. Habían estado en 50 mil en 2010, cuando me fui al Banco Central. Habían bajado 25 mil ya con dos años, aun con cepo. Pero 25 mil es cinco veces más que los 5 mil de ahora.

—¿Dejó de funcionar lo que podríamos llamar el teorema de Guillermo Calvo, que afirmaba que el peronismo estaba en condiciones de hacer las reformas estructurales que la economía necesitaba y Juntos por el Cambio no?

—El teorema del profesor Calvo de mediados de 2019 no funcionó. Podía ser potencialmente cierto, siempre y cuando el Gobierno tuviera el diagnóstico y la vocación de hacer reformas. Está visto que no los tiene. Se habla mucho sobre si el Gobierno tiene un plan. No es que no tiene uno, el problema es que tiene más de uno. Los días pares dice una cosa y los impares dice otra. Más bien usa eslóganes que no conforman un plan, sino que son títulos mediáticos. A la mañana dice: “Necesitamos exportar más, generar divisas para la estabilidad”, perfecto. Al mediodía congela el tipo de cambio. A la tarde dice que quiere cerrar el Mercosur y a la noche les pone un cepo a las exportaciones de carne. Así es difícil. Dice a la mañana: “Queremos atraer inversión” y al mediodía pone un cepo a las exportaciones, a la tarde prohíbe la importación de insumos y a la noche se mete con precios máximos. El Gobierno mostró sus cartas antes de la pandemia. Antes de la pandemia tomó medidas, el gasto empezó a crecer más que la recaudación. Hubo divergencia fiscal, no convergencia. A pesar de que aplicó un impuestazo a fin de 2019, en el primer trimestre de 2020, antes de la pandemia, subió el gasto más que los recursos. No tiene un plan de estabilización. Le dice al mundo a la mañana: “No puedo pagar la deuda al Fondo Monetario”, al mediodía le dice: “Y aparte, quiero que me den más derechos especiales de giro de lo que me corresponden, porque los países desarrollados no los necesitan” y a la tarde el Senado oficialista, que representa además el poder político más importante de la coalición gobernante, dice: “Y los derechos especiales de giro los usaré para gasto corriente”. Son mensajes contradictorios y ocurren simultáneamente. El mismo día se dicen todas estas cosas.

—Dijiste: “Hay una inflación reprimida. Una cosa es atrasar el tipo de cambio 5%; otra es atrasarlo 20%. Otra es atrasarlo 30%. Mes a mes esto se va sumando. ¿Puede haber algo parecido a lo que fue después de las elecciones de 2013 o lo de Juan Carlos Fábrega, una devaluación de alrededor del 20% después de las elecciones o que el riesgo devaluatorio sea anterior incluso? 

—Es parte del problema de diagnóstico del Gobierno respecto a la inflación. La inflación es un embarazo: lo que vos emitís hoy es reflejado por los precios a los nueve meses. La inflación del otoño de 2021 fue la emisión del invierno de 2020 bajo la pandemia. Justificado o no, es inexorable que tenga efecto sobre precios. Cuando uno va al médico y dice: “Tengo alta presión”, y el médico le responde: “Es porque toma mucho sol”, como dicen muchos diagnósticadores oficialistas, uno sale de ahí con más incertidumbre. Eso sucede cuando escucha que la inflación es importada, la falta de competencia, los monopolios. Pueden existir otros problemas pero la inflación no depende de eso. Una buena práctica del Gobierno era no dejar atrasar el tipo cambio real. Que el dólar acompañe a la inflación. La abandonó en febrero de este año. Es una estrategia muy peligrosa. Un profesor en la facultad decía que lo que uno elige anclar es un elástico que se va estirando, se tensa y un día se trasforma en un bumerán. Acá se eligieron dos anclas. La otra son las tarifas: se generan problemas a mediano plazo. Sobreconsumimos y subproducimos energía. Eso genera déficit fiscal y externo de divisas y el dólar. El dólar se atrasa un 2% o 3% por mes. A este ritmo, al cabo de diez meses es un 20%. Es una herramienta muy peligrosa. Si hacemos más de lo mismo, terminaremos igual que en 2014. Ningún país del mundo sabe cuál es el tipo de cambio de equilibro, ni Suecia, ni Vietnam, ni Argentina. Pero sí que uno lo va atrasando; lo que no haga la política económica por las buenas lo hará el dólar por las malas. Lo que no se corrija del costo argentino lo hará el dólar licuando salarios e ingresos y encareciendo la mesa de los argentinos.

—Marina Dal Poggetto dijo en esta serie de reportajes que pronostica que para el segundo semestre bajará la compra de dólares del Banco Central y en algún momento se empezará a vender. ¿Alcanzará ante la incertidumbre electoral, que siempre se genera una demanda de mayor cantidad de dólares? 

—Coincido con Marina. El primer semestre fue de relativa holgura cambiaria. El segundo semestre será de relativa escasez. La soja se sobreliquidó en el primer semestre y ya en junio presentó una alerta temprana. Las liquidaciones fueron muy inferiores y la acumulación de reservas del Banco Central fue la quinta parte de lo que venía siendo en abril y mayo, y ahora entramos en una época de escasez relativa. Todo eso es coincidente con la incertidumbre electoral que empezará por agosto o septiembre. Será un semestre más tenso, que no va a afectar el tipo de cambio oficial. Está todo reprimido por cepo, no se puede ahorrar, ahora no se puede viajar por la pandemia. Hay múltiples factores artificiales y transitorios que reprimen la demanda. No creo que haya una devaluación del oficial previa a las elecciones. Ese mismo diagnóstico no tiene la misma precisión y contundencia para la brecha. Se vio algo en junio, coincidente con esta menor liquidación o acumulación de reservas. El Banco Central acumuló algo de municiones y está interviniendo a través del mercado de bonos. Usa el mercado de bonos, pero al final termina cambiando, tomando pesos y dando dólares. No creo que sea un tránsito lineal, ni mucho menos en materia de brecha, de acá a las elecciones.

—Otro tema que tiene que ver con la inflación. Originalmente el presupuesto del ministro Guzmán tenía una expectativa de 29%-30%, era alrededor de las primeras paritarias que se cerraron. A partir de la paritaria de más de 40%, primero del Congreso y después de camioneros, todas las nuevas están por arriba del 40%, alrededor del 45% y reabriendo la paritaria que habían cerrado, por él, por el 30%. ¿Este objetivo de que en una situación de crisis los salarios le ganen a la inflación no genera al mismo tiempo que luego la inflación vuelva a crecer? 

—Lo que puede ser eficaz de corto plazo es un bumerán de mediano plazo. Seguramente la inflación de los próximos meses será un poquito inferior. Invento: un 3% frente al 4%. Sigue cerca del 40%, del segundo semestre respecto al primero. Mientras el tipo de cambio, el dólar y las tarifas son anclas, el Gobierno usa el salario como un barrilete o como una vela. Lo deja suelto al ritmo inflacionario, y eso entonces hace que sea una fuente adicional de incertidumbre nominal o de presión inflacionaria. Más estructuralmente también hay un enfoque un poco peregrino en pensar que los precios relativos, en este caso el salario, se definen por decisiones administrativas o incluso políticas, como puede ser una paritaria. Los salarios reales dependen de la productividad del trabajo. Que produzcamos más bienes con el mismo esfuerzo o más cantidad de trabajadores. Eso mejorará el poder adquisitivo del salario. Todo otro atajo será pan para hoy y hambre para mañana, creo. Tendremos una suba fugaz del salario real. El Gobierno está encarando toda la política económica para tener un veranito en el tercer trimestre. Quieren que maduren rápido los frutos del árbol, por ejemplo el salario real, pero a costa de ir secando las raíces. Así estamos, con esa incapacidad de tener un crecimiento sostenido. Es lo que hace que tengamos un riego país de 1.600 puntos.

—Hablábamos del debate de Larry Summers y Paul Krugman. Se mencionaba allí la curva de Phillips, aquella que plantea que hay relación entre la tasa de desempleo y la inflación. Que cierto grado de inflación reducía la tasa de desempleo y viceversa. Y cuando uno recuerda cómo se salió de una crisis tremenda, como fue la de 2002, el primer año, el año 2002, lo que hubo fue un rebote de la economía porque el salario real había perdido enormemente pero teníamos veintipico por ciento de desempleo, que bajó, digamos, al 12%-13% rápidamente en un año, un año y medio. Cuando se analiza el desempleo actual, podría ser del 30%, si uno calcula la cantidad de personas que dejaron de buscar empleo a partir de la pandemia ¿La salida de la Argentina de esta situación se parecerá a la de 2002?

—Me parece que no, porque la naturaleza de la crisis se extiende. En 2002 hubo una explosión que acá no ocurrió: default, devaluación, corralito. La ruptura de todos los contratos y una implosión interna. Y acá fue, acá es más bien, un estancamiento previo más un factor externo que fue la pandemia, que destruyó 4 millones de puestos de trabajo el año pasado, que ya se recuperaron bastante. Lo que ha hecho es precarizarlo. Se recuperó el trabajador informal y no el formal. Me refiero a la situación previa a la segunda ola. Los salarios se deterioraron. Ahora tendrán un impulso por tres o cuatro meses. Si no aumentamos la productividad, no será sostenible. Para mejorar la calidad de vida tenemos que crecer todo el tiempo entre tres y cuatro por ciento. Mientras no logremos eso, toda la pirotecnia tendrá efecto efímero.

—¿Esa cantidad de personas sin trabajo o con reinserción en la informalidad no implica una posibilidad de producir con más productividad y tener una capacidad de crecimiento posterior a una crisis como fue la de 2002? Los salarios hoy están tan golpeados como, podríamos decir, en 2002.

—Si la pregunta es si tenemos fuerza de trabajo ociosa y que puede ser una fuente de crecimiento, sí. Pero para eso tendríamos que estar haciendo otras cosas. Hoy nadie contrata trabajadores, por lo menos no al nivel superior al que había prepandemia. Eso es porque la pizzería de la esquina no sabe si el año que viene va a vender. Si antes vendía cien pizzas, en la pandemia vendió setenta y ahora vende 88. No tiene la menor idea si el año que viene venderá 94, 108 o de nuevo ochenta, porque no tiene plan, no sabe cuántos son sus costos y el costo de la mozzarella, si le van a dejar contratar trabajadores, despedir y suspender...

—¿Qué se hizo bien en 2002? 

—En 2002 se hizo por las malas todo el ajuste que no se hacía por las buenas. Dejó el salario real deprimido.

—Como hoy.

—El gasto público se redujo al 20% del producto. Hoy es el 40%.

—También lo redujo la inflación del año pasado a este y por eso termina teniendo un déficit fiscal menor. 

—Sí, pero el tamaño del Estado en el producto no se redujo. Por el contrario, aumentó. Se dieron más subsidios, se congelaron las tarifas. No bajó el peso del Estado, sino que más bien el Gobierno de hoy responde que quiere más Estado. Así, en abstracto. No es que hay un nivel óptimo de Estado, depende del contrato social. En los escandinavos es un 48% y viven felices con esos bienes públicos, en Estados Unidos es del 25% y también viven felices. No hay un nivel óptimo. Lo que no se puede es gastar por el 40% y recaudar por el 30%, como nosotros. Decimos más Estado: genial. Pero, ¿cómo lo vamos a financiar?, ¿con más impuestos?, ¿con el sector privado agobiado?, ¿con más emisión, o sea con inflación?, ¿o con más deuda y con problemas más adelante? Esos eslóganes en el aire no van a ningún lado. No hubo tal cosa como nos dejó en 2002 con un tipo de cambio hipercompetitivo, ridículamente alto. Y ahora no está. El superávit externo de aquel momento era de algo así como seis, siete puntos del producto. Hoy tenemos un 1% de superávit externo agarrado con alfileres. Jugamos al fútbol con un solo arco. No dejamos importar, no dejamos girar utilidades al exterior. Y con cepo. Tenemos la soja en 550 y nadie habla de suavizarlo. La tasa de intercambio es de las mejores de nuestra historia, y naturalizamos el cepo. No lo podemos naturalizar. La Argentina necesita acumular reservas. No vamos a acumular nunca reservas de manera consistente si tenemos el cepo y nadie habla de levantarlo. Lo tenemos como fenómeno dado permanente. No tiene nada que ver la poscrisis de 2021 con la poscrisis de 2002. Estaba Alfonso Prat-Gay en el Banco Central. Se podía emitir sin inflación porque había una demanda de dinero que lo validaba; ahora, no. Nadie quiere tener pesos porque toda la oferta de pesos no inflacionaria ya se la comió este gobierno. Las condiciones iniciales poscrisis de 2002 son distintas a las actuales.

—No te puedo sacar del pesimismo. Intenté todo lo que pude; te propongo volver a conversar personalmente después de las elecciones, a ver cómo sigue la Argentina del futuro.

 —No quiero una conclusión pesimista. Yo creo que la Argentina puede salir de este estancamiento, pero no haciendo más de lo mismo. Debemos ponernos de acuerdo con algunas cosas básicas. Partimos como de dos extremos polares. Si partimos de una economía abierta en la que tenemos que ir convergiendo en equilibrio fiscal y no financiado, sabiendo que la maquinita de la felicidad de emitir no existe, podemos tener un punto de partida. La macro manda y la estabilidad es para empezar, es una condición como para empezar a hablar. Con otro programa, con otras políticas de acá a 2023, podemos tener, no digo la Argentina no condenada al éxito ni al fracaso, sino que esta va a ser lo que nosotros decidamos que queramos ser.

 

“Hay diferencias evidentes en el gobierno nacional”

 

—¿El problema que tiene la coalición gobernante es que por un lado hay una mirada económica de lo que podríamos llamar el Instituto Patria y por otro lado una mirada económica del ministro de Economía y el Presidente? ¿Hay diferencias o Martín Guzmán, Alberto Fernández, el Instituto Patria y Axel Kicillof tienen más similitudes que diferencias?

—Me parece que hay diferencias evidentes. Se hacen cosas contradictoras y solo se tiende a procrastinar. ¿Por qué no se hizo el acuerdo con el Fondo Monetario en octubre pasado, después la reestructuración? Es inexplicable. Si no se hizo en ese momento, se puede pensar por qué tampoco se hará el año que viene. El Fondo le está pidiendo a la Argentina que le traiga un programa. Hicimos una estrategia de negociación heterodoxa o poco convencional. Para realmente reinsertarme en el mundo, debo tener una negociación amigable. El acreedor tiene que comprender que si no me da más plazo, puede tener un problema. Si me da más plazo, la chance de cobrar más adelante es mayor, no peor. Mientras no tengamos ese programa arriba de la mesa y con esas diferencias evidentes, no está claro para dónde quiere ir este gobierno, el mundo nos ve con mucho desencanto. Al día siguiente que volví de los Estados Unidos, se estatizaron los trenes de carga. No vi ningún argumento categórico que dijera por qué es mejor que sean públicos. Ese tipo de incertidumbres no le hacen bien a la credibilidad de Argentina.

—También en esta serie de reportajes, Daniel Artana, de Fiel, dijo que suele reunirse periódicamente con otros colegas, que en el pasado siempre había una diferencia entre ortodoxos y heterodoxos, pero que ahora todos están de acuerdo en contra del Instituto Patria. Y paralelamente, Gustavo González, en su última columna publicada en el diario PERFIL, conjeturaba que probablemente había más similitudes entre Guzmán y vos que entre Guzmán y el Instituto Patria. ¿Estás de acuerdo?

—Cuando el Instituto Patria dice que la Argentina es la muerte de todas las teorías económicas, yo diría todo lo contrario. La Argentina es la vigencia de todas las teorías económicas. No hacemos lo que dicen los libros. Hay una lectura equivocada sobre la inconsistencia entre la realidad de Argentina y la teoría económica. Los economistas profesionales tienden a limar sus diferencias frente a una mirada menos científica. 

 

“En Washington hay mucho escepticismo con la Argentina”
 

—¿Cómo fue la experiencia del viaje con María Eugenia Vidal a los Estados Unidos?

—Hace veinte años que tengo la oportunidad profesional de ir a Estados Unidos, sobre todo a Nueva York, a hablar con inversores, fondos de inversión, bancos, organismos públicos, organismos multilaterales de crédito. Es el peor momento de los últimos veinte años para Argentina. No tanto en lo referido al gobierno de turno, sino con un desencanto con el país. Hace cuarenta años que venimos haciendo lo mismo, o parecido. Aun cuando hubo intentos y distintos nombres, desde el Plan Austral al programa nuestro de Mauricio Macri, pasando por la convertibilidad y por la economía kirchnerista de los 2000. Pusimos sobre la mesa estrategias de variado tipo, pero siempre con resultados insuficientes. No tomamos nota de nuestros errores básicos. Hay mucho escepticismo. No hay expectativas de que se pueda revertir esa situación en 2022 y 2023. No se ve en el Gobierno una capacidad de reacción a la agonía que tiene la economía argentina desde hace dos años por lo menos, aun con el atenuante de la pandemia. El diagnóstico bastante precario es que ni siquiera es consciente de los problemas. No se ve una voluntad de corregir desequilibrios. Respecto a Juntos por el Cambio, no hay tantas preguntas sobre cuál sería un programa implementado por un gobierno de la oposición en caso de triunfar en 2023, sino el desafío de la economía política de cómo llevar adelante reformas que todos consideramos necesarias, pero para las que hay que conseguir el consenso político suficiente.

—Hubo un contrapunto entre Larry Summers y Paul Krugman en enero. Summers fue muy duro respecto a Biden y la posibilidad de inflación en los Estados Unidos. ¿Encontraste ese temor en tu viaje?

—La inflación anualizada del último mes dio la más alta en varias décadas. Pero menos del 4%, lo que nosotros tenemos por mes. Es otra categoría de problema en un país que puede darse el lujo de emitir su moneda, que es la reserva de valor para el resto del mundo. Cuando veo que se trazan paralelos entre el Banco Central argentino y lo que hace la Reserva Federal en materia de emisión, es como trazar paralelos entre Racing, el equipo de mis amores, y el Barcelona. Son dimensiones distintas. El debate no sucede en algún tipo de grieta más angosta. En Estados Unidos hay cosas que no se discuten. El paquete de Biden es tan ambicioso como peligroso. La economía crece a muy buen ritmo. Si se pasa de rosca, puede generar riesgos de alguna inestabilidad nominal en otra dimensión que en la Argentina. La Reserva Federal ya tomó nota de esos riesgos. Está reaccionando parsimoniosamente, no a los volantazos, con mucha prudencia. Tienen capacidad de reacción y la conciencia de esos riesgos. Lo que viene es un mundo no hostil, pero sí menos favorable. Una eventual suba de tasas y la expectativa en una suba de tasas ya es suficiente para que eso pase, puede afectar negativamente los valores altísimos de las commodities, sobre todo alimentarias. Puede poner algún freno, y eventualmente alguna caída, en esos precios. Repito que desde niveles altísimos. Puede que el viento de cola sople menos fuerte para la Argentina.

—¿La ventaja que puede producir una suba de tasas termina siendo mayor o menor que la que produce un dólar que se vaya debilitando, un proceso inflacionario mayor que haga que los activos terminen revalorizándose?

—Una suba de tasas probablemente provoque un fortalecimiento del dólar. La Argentina está aislada financieramente del mundo, por eso la suba de tasas no es que le afecte tan directamente. Lamentablemente, no pudimos aprovechar las tasas bajas, a diferencia de los vecinos. Durante la pandemia pudieron colocar bonos al 3% anual, por decir un promedio, en Perú, Brasil, Paraguay, Uruguay, Chile, Colombia y México. Nosotros no. No es tanto el canal financiero directo, sino el indirecto vía precios de commodities. Pero no es un viento de frente.

—Todos los países emitieron. Y así como en la Argentina la reserva de valor es comprar dólares, en los países desarrollados es comprar acciones. El dólar podrá fortalecerse respecto de otra moneda, pero siempre se debilita frente a los activos. ¿Puede haber una oportunidad para Argentina en eso?

—Tanto para el sector público como para el privado, Argentina está aislada del mundo financiero. Hace una semana, nos catalogaron como standalone. Estamos solos en el mundo, incluso más bajos que los mercados de frontera. Mientras no tengamos esa capacidad de poner hitos por delante, no tengo ninguna expectativa favorable sobre los activos argentinos, ni públicos y privados.

 

Producción: Pablo Helman y Debora Waizbrot.