16 ene 2021
PERIODISMO PURO |Entrevista
viernes 27 noviembre, 2020

Jorge Medina: "Por ahora es inviable que nuestra mente sea transportada a una computadora"

Comprender el recuerdo es uno de los principales objetivos de la ciencia. Pero también pensar la memoria implica entender por qué olvidamos: algo psicológico, ético y filosófico. Nos interpela como individuos y como sociedad. El mayor experto argentino en la materia explica por qué lo emocional juega un rol clave en todo el proceso y cómo inciden la alimentación y el estrés en nuestra capacidad de aprender.

Traumas. “Los hechos traumáticos o aversivos y las memorias que se guardan por circunstancias fuertemente aversivas cumplen una función”. Foto: Néstor Grassi
viernes 27 noviembre, 2020

—¿Afectan el coronavirus y la situación sanitaria la memoria y la mente?

—No hay un estudio concreto aún sobre cómo es que afectan la pandemia y el aislamiento sobre las funciones cognitivas y en particular sobre la memoria. Uno sospecha que afectan, pero todavía no hay un análisis pormenorizado sobre qué tipo de memoria se afecta, si se afectan las emociones que rodean la memoria. Uno puede pensar que la ciencia formula hipótesis, tiene que haber una afectación. Pero hay que hacer pruebas y experimentos para demostrarlo. En eso están varios grupos, algunos de afuera y otros en la Argentina. Formo parte de un grupo que está comenzando este análisis. No solo pensando en qué es lo que pasó en el primer pico. A pesar de existir la vacuna y que tengamos una cierta cantidad de personas vacunadas para la próxima etapa invernal, los epidemiólogos y los infectólogos reconocidos creen que puede haber una segunda ola cuyas características no conocemos. Por eso es bueno tener información sobre qué pasó con la memoria y los aspectos cognitivos. Estuvimos en mayor o menor medida aislados y en alguna época con cuarentena. Por tanto, es un análisis que merece hacerse.

"Algunas memorias ya no las usamos; pero utilizamos otras."

—También dijo: “Se ha visto a posteriori en la posinfección que alguna cosa pasa en el cerebro, se siente el cansancio, a veces dolores de cabeza y fundamentalmente aparece un fenómeno donde la cognición está algo borroneada”. O sea, independientemente de que haya que corroborarlo, ¿ustedes trabajan con la hipótesis de que algo produce el coronavirus en el cerebro?

—Sí. Se sabe que el sitio donde se capta el virus es un receptor que no solamente se encuentra en vasos de tejido pulmonar y en otros tejidos periféricos. El cerebro es uno de los lugares privilegiados donde podemos encontrar este receptor que utiliza el virus del Covid-19 para introducirse en las células. En este caso sería introducirse en células nerviosas o en células gliales, que son las que soportan y tienen algunas funciones importantes dentro de nuestro cerebro. Lo que reportan los pacientes es una especie de cognición borrosa, algo así como nublado. La sensación de no tener en claro las ideas. Necesitamos hacer los experimentos. Por ejemplo, ver cómo era el estado de ánimo previo, si estaba deprimido o no, y hacer algunas pruebas de tareas de aprendizaje sencillas para ver y evidenciar si estaba afectada la memoria. Apriorísticamente, la hipótesis más plausible es que deberían estar afectadas ciertas modificaciones en el guardado de información y fundamentalmente en la expresión, en la evocación de los recuerdos.

—Otras de las afecciones en la memoria que usted señaló son las que produce el encierro prolongado en la memoria. Es algo que se describe en personas que tuvieron una larga convalecencia o que estuvieron privadas de su libertad. ¿Cómo afecta el encierro la memoria? ¿El tiempo cobra otra dimensión? 

—Puedo comentar algunas cosas de experimentos en animales respecto del encierro. El encierro puede significar aislamiento; el aislamiento social y el encierro en animales de experimentación, me refiero a mamíferos, no a una hormiga. Uno puede tranquilamente pensar que en los animales existen claros indicios de alteraciones de la adquisición de información y fuertes cambios en cuanto uno expresa, la que se tiene para expresar lo que uno tiene guardado, eso ocurre en los animales. En las personas no contamos con evidencia, no puede tener vivencias personales, no se puede hacer un experimento muy controlado sobre un grupo de personas que voluntariamente se aíslen o involuntariamente porque están en una prisión. No conozco ningún trabajo serio que pueda decirme qué es lo que pasa con la memoria. Las memorias son muchas. Hay varios tipos de memorias y habría que ver cuál de ellos podría estar afectándose en una especie de encierro. Es más fácil pensarlo cuando se sufrió algo así. Si una persona sufre alguna enfermedad crónica grave, posiblemente tenga que estar aislada en su casa durante muchos meses. Cualquier persona que haya vivido esa circunstancia reconocerá en mis palabras que la cognición y algunos aspectos de los recuerdos no quedan totalmente indemnes. Algo tiene que estar sucediendo. Sería bueno poder analizarlo científicamente, y en eso estamos empezando a trabajar.

"La emoción es un factor determinante para que se recuerde una experiencia."

—En otra oportunidad dijo que “la memoria y el olvido son dos caras de la misma moneda”. ¿Qué es lo que hace que a veces esa moneda caiga de una cara o de la otra? 

—Generalmente cae del lado del olvido. Si alguien me preguntara si hay un factor determinante para que uno se acuerde de una experiencia equis en la vida, mi respuesta sería la emoción. En segundo lugar, casi en paralelo, la relevancia consciente o inconsciente que damos a esa experiencia. Si a uno le importa, inconscientemente va a intentar guardar esa información. Si le da lo mismo y encima es una experiencia de vida casi neutra, que no tiene valor ni motivacional ni de “me gusta” o “no me gusta”, “me da miedo o no”, es muy probable que no la recuerde. Hicimos un experimento con humanos hace unos cuantos años pidiéndoles recuerdos sobre memorias de películas que fueron intrascendentes en términos de contenido del film versus películas que tenían algún contenido emocional. Se recuerda mucho más las que tienen contenido emocional una semana o 15 días después que las que no tienen contenido emocional. 

—¿Qué comparaciones se pueden hacer entre la memoria de una computadora y la de un ser humano? 

—Las memorias en las computadoras están regladas por ciertos parámetros de conectividad de los circuitos. Uno sabe la eficiencia de esas memorias, cuánto se va a guardar, porque hay cierta capacidad conocida, hay ciertos circuitos que mantienen vivo el sistema. Se sabe que mientras exista esa capacidad y el tiempo mínimo necesario para guardarlo, la computadora lo guardará. No actúa así el cerebro. No conocemos la capacidad total de guardar que tiene. Las estimaciones son todas ficticias. Nadie puede reproducirlas seguro. Además, no sabemos cuánto pegan esa experiencia o esa memoria en nosotros. Guardamos según la historia previa de nuestro cerebro. Según el momento en el que uno recibe una experiencia, puede guardarla o no. Es muy personal ese guardado. Es mío y de nadie más. Otro guarda cosas diferentes ante la misma experiencia. A veces, uno mismo guarda una experiencia que termina cambiándola cuando la reproduce su cerebro. En algunas, lo hace sutilmente y cambia poquito. En otras, sin darse cuenta cambia la historia un poco más. Es difícil tomar las cosas en forma absoluta con la memoria. La memoria depende de uno y lo que se guarde depende de cómo estuvo su cerebro segundos antes, qué es lo que aprendió y qué recibió. 

—Sobre la memoria de corto y largo plazo, explicó: “Ambas son debidas a fenómenos moleculares y neuroquímicos diferentes. Por consiguiente, las memorias son modulables, se pueden cambiar, agrandar, achicar o dar vuelta muchas horas después de que se tienen las experiencias. Es que es útil para la memoria que perduren las gratificantes y, por el contrario, se atenúen aquellas que son dolorosas”. ¿Lograr que las que gratificaron perduren y las dolorosas vayan reduciendo su peso es tarea de la psicoterapia, de la medicina? 

—Muchas veces, lo hace nuestro cerebro sin que queramos. Por supuesto que es una tarea de la psicoterapia y la medicina también. Con ciertas terapias cognitivas o con ciertas terapias de presentación de situaciones es probable que uno pueda resignificar una experiencia de vida. Hay muchos libros referentes a la resignificación de los recuerdos. Desde Sigmund Freud hasta hoy, hay una enorme cantidad de bibliografía. Pero una cosa es una hipótesis o una idea y otra cosa es confirmarla en experimentos. Está absolutamente demostrado que cada vez que uno recuerda una experiencia que le pasó hace una semana, si la recuerda en un contexto algo diferente a la memoria original, sea ese contexto externo o el estado de ánimo de uno, esa memoria se vuelve a guardar pero no es exactamente la misma memoria que la original. Es una suerte de prima hermana. Cada vez que uno recuerda se forman como familias de memoria. Hay una memoria original, profunda, poco accesible, y muchas memorias que aparecen cada vez que lo recordamos. Jorge Luis Borges fue tan lúcido en algunas cosas, que llama poderosamente la atención, Dijo: “¿Qué es lo que recordamos? ¿Recordamos la última vez que nos acordamos de algo o recordamos la memoria original, lo que inicialmente experimenté?”. Deja entrever que realmente recordamos lo último que hemos podido recordar de la última vez que recordamos ese evento.

Jorge Medina, en la entrevista de Jorge Fontevecchia.

—Usted mencionó recién experimentos que había hecho con películas. Quizá la película más estudiada del cine fue “El ciudadano”, de Orson Welles. El último recuerdo del personaje son cosas de la infancia. ¿Hay alguna relación en la cual las personas de más edad, avanzada edad, pierden los recuerdos cercanos y florecen en ellas con más fuerza los recuerdos del pasado?

—Sí. Es una situación casi normal que, a medida que avanzamos en nuestras edades, empezamos muy paulatinamente a tener un poquito menos de capacidad de facilitación para adquirir nueva información. La tasa de adquisición o de aprendizaje que tenemos a los 30 años disminuye cuando tenemos 60; y disminuye más a los 70 y más a los 80. Eso no significa que no aprendamos; implica que somos algo menos eficientes en guardar la información. Aun en condiciones normales, el mecanismo de consolidación de las memorias está un poquito menos eficiente. Por supuesto, las memorias más antiguas de muchos años se siguen recordando lo más bien. Uno recuerda supuestamente más las antiguas, los detalles de la infancia, porque volvemos mucho hacia esa época de nuestra vida. En los casos en que el envejecimiento normal de nuestro cerebro sufre algún cambio, con alguna enfermedad que empiece a matar neuronas, por ejemplo el inicio de un Alzheimer, que es la típica enfermedad que hoy podríamos considerar como el gran azote de las personas de edad, se acelera el proceso de deterioro de nuestro aprendizaje y de guardado de cosas recientes, pero se sigue recordando al principio las cosas del pasado lejano hasta que pasa lo peor. El problema se extiende a otras regiones del cerebro. Esa persona no recuerda no solamente lo que le pasó ese día o esa última hora sino lo que hizo y recordaba de lo que hacía hace treinta o cuarenta años. Esto incluye la pérdida del reconocimiento facial de familiares directos. Hay veces que de golpe recuerdan algo, pero después vuelven a una gran laguna.  

—¿Es un mito aquello de que ciertas personas tienen más memoria visual y hay otras que recuerdan más fácilmente números, direcciones? 

—Es correcto eso. Como humanos, tenemos una enorme masa cerebral dedicada a la visión. Dicho de una manera un poquito más científica, la extensión y diversidad de nuestras cortezas visuales es muy diferente a los demás sistemas que tenemos en nuestro cerebro. Olemos mucho peor que muchos animales; gustamos con una calidad que es buena pero no es de las mejores; oímos bien, no cabe la menor duda, tenemos una capacidad auditiva y de ahí que es nuestro segundo sistema, pero largamente somos animales visuales. De ahí que la memoria visual es probablemente de las más importantes. Hay otros tipos de memorias que tienen que ver con las memorias espaciales. Reconocerse en un espacio, saber dónde ir con la primera vista cuando uno fue de un lugar a otro, cómo volver, dónde están las cosas. Hay gente que tiene mala memoria espacial y otra que tiene extraordinaria memoria espacial. En general, las memorias visuales son buenas. Hay gente que tiene una extraordinaria memoria visual porque reconoce el número de la página del libro que leyó. Lo hace porque era un párrafo de alguien que le interesaba recordar. Mucha gente recuerda el número de teléfono de una casa en la que vivió hace 25 años. Y sin embargo no recuerda otras cosas.

—En algún momento dijo que hay animales que ven, que oyen y que huelen mejor que los humanos. Y que la diferencia a nuestro favor en la escala evolutiva estaba en la memoria. ¿Cómo es la memoria de los animales? ¿Tiene asidero aquello de la “memoria de elefante” que tienen algunas personas?

—A medida que avanza la ciencia se descubre cómo los diferentes animales tienen memorias que uno no sospechaba. Animales invertebrados pequeños como la abeja, como la mosca, recuerdan cosas muchos días después. Piensen en la vida de una mosca: muchas veces se mide en tres semanas, y el animal recuerda prácticamente muchas cosas a lo largo de toda su corta vida. En el caso de la memoria de mamíferos, en realidad no se ha tomado en cuenta cuánta memoria tienen comparativamente. No hay evidencia científica acerca de que los animales tienen mucha memoria. Los delfines tienen tanta o más memoria que los elefantes. No solamente los delfines, hay algunos mamíferos acuáticos que tienen muy buena memoria, como las orcas. Hay muy pocos tipos de experimento que permitan establecer fehacientemente que un animal tiene más memoria que otro. Los que aparentemente tienen funciones cognitivas mayores claramente son los que mencioné. También puede mencionarse al más cercano a nosotros, el chimpancé. Algunos monos tienen también muy buena memoria. 

"Existe la hipótesis de que la pandemia y el Covid.19 pueden haber afectado aspectos cognitivos."

—¿La memoria está asociada al estrés? ¿Dormir mal perjudica la memoria?

—Sí. Si una persona sufre un estrés crónico, le cuesta más guardar la información. Eso aparece en los experimentos. Si uno tiene cierto estrés agudo, por ejemplo, está alerta y adquirirá más y mejor la nueva información. En términos de adquirir nueva información, nuestro cerebro aprende mejor con cierta dosis de estrés. Si recibe un estrés crónico, paulatino, constante, aprende peor. Pero cuando uno está demasiado alerta, le cuesta evocar. Ejemplo: voy a dar un examen de una materia en la Facultad de Medicina siendo alumno. Estudié mucho, creo que sé, lo siento, me reciben los profesores, los profesores me preguntan algo que estoy seguro que estudié. Pero no lo pude recordar porque estaba muy nervioso. Salgo del examen y seguramente en un minuto, dos minutos, recordaré la respuesta. Eso demuestra que una situación de estrés fuerte dificulta la evocación del recuerdo. 

—¿Qué papel tienen el aspecto de la sexualidad humana y el amor en la emocionalidad vinculada a la memoria?

—Las emociones básicas, no los sentimientos, las emociones básicas tienen que ver con el tomar del mundo externo o del mundo interno lo que es gratificante versus lo que no los es y resulta aversivo, traumático o estresante. En el caso de la sexualidad y del amor, sí es claramente gratificante. Nuestro cerebro trabaja en forma fisiológica y libera sustancias químicas que potencian lo guardado de esa información y la hacen durar más tiempo. Por el contrario, hay algunas circunstancias emocionales que tienden a hacer lo inverso. Ante una situación traumática fuerte de la vida, por ejemplo un robo violento, al principio tendré una memoria muy intrusiva. No dejaré de recordarlo. Podríamos preguntarnos por qué sucede eso. Lo que pasó es que se activaron otros sistemas neuroquímicos en el cerebro que hacen que muchas horas después de ocurrido el fenómeno se potencie eso durante largo tiempo y persista de una manera no deseada. Si tuviera que pensar por qué me sirve o no, podría asociarlo a un hombre de hace 10 mil años que vivió en una cueva, que estaba con su grupo núcleo de la tribu o con un núcleo familiar pequeño. Sí recuerda que si va hacia la derecha de la cueva, que si sale de la cueva a buscar una presa para dar de comer a esta familia, no se me encontrará con ningún problema porque ahí no hay ninguna fiera, ningún predador; pero si va a la izquierda, deberá recordar y por mucho tiempo que allí sí hay una fiera. Dicho en otras palabras, los hechos traumáticos o aversivos y las memorias que se guardan por circunstancias fuertemente aversivas deben ser guardadas porque sirven para la supervivencia. Alguna vez mi madre me dijo que no cruzaría nunca solo esta calle hasta que no aprendiera a cruzar la calle donde vivíamos. Me agarró fuerte de la mano y me dijo: “Tenés que mirar a la izquierda y a la derecha”. Y así lo hice tres o cuatro veces. El día que no lo hice me pegó un buen grito hasta que lo aprendí y lo guardé. Eso se guarda de por vida, lo mismo que no poner los dedos en el enchufe. Está vinculado al riesgo de vida. Son memorias traumáticas, deben guardarse. Eso no implica que deban estar vivencialmente fuertes durante toda la vida. En otras palabras, uno puede atenuar, disminuir, el compromiso afectivo. Si no se guardan las memorias aversivas traumáticas, tenemos cierto riesgo porcentual de no sobrevivir como animales en esta Tierra.

"Hay muchos tipos de memorias; hay que estudiar aún cuáles son las afectadas por el encierro."

—Jorge, antes de la existencia de los libros, los textos se reproducían oralmente y la memoria era imprescindible para, podríamos decir, hasta la evolución de la especie. Homero y los poetas recitaban largas poesías de memoria. ¿Se ha ido perdiendo la memoria a lo largo de las generaciones porque las nuevas herramientas tecnológicas sustituyeron lo que antes era imprescindible para la memoria?

—Algunas memorias ya no las usamos, pero utilizamos otras. Por ejemplo, la capacidad que tienen los jóvenes de poder manipular ciertas máquinas muy modernas, desde celulares y computadoras, con alta eficiencia y alta velocidad requiere memoria. En ese juego hay varios tipos de memorias que superan largamente lo que hacíamos nosotros cuando mi generación tenía 10 o 20 años. Nosotros teníamos que recordar teléfonos y direcciones. Hoy eso está en un paquetito computarizado que nos lo dice y nos evita recordar. La pregunta es si eso genera cierta atrofia. Como bien dicen por ahí, se genera una atrofia de cualquier órgano, y en particular del cerebro, si no lo usamos. Pero en este caso lo usamos, aunque para otras cosas. Perdemos algunas memorias y ganamos otras habilidades. Yo no, porque tengo una edad en la cual hay ciertas habilidades, como las que acabo de mencionar, que resuelvo más lentamente que lo que lo haría una hija de 20 años.

—¿Hay una memoria atávica que va quedando de generación en generación? 

—La evolución hizo que ciertas cosas se guardaran en circuitos neuronales que resultaron exitosos. Eso permite que uno pueda reproducir exactamente lo mismo a lo largo de los siglos y de las generaciones. No caminamos hoy como se hacía hace 2 millones de años. Hubo que rehacer los circuitos neuronales para poder llegar a hacer. La maquinaria de caminar automáticamente, que se aprende obviamente pero que después se automatiza, requiere de circuitos básicos, tanto en la médula espinal, como en el tallo cerebral, como a nivel cortical, que fueron el desarrollo de muchísimos cambios evolutivos. Nos llevaron desde una bípeda estación anómala a como caminamos hoy. Me refiero a algo muy obvio como caminar. Lo mismo ocurre con algunas memorias atávicas. Discuto con algunos psiquiatras, cuando doy clase con la maestría en la Universidad Favaloro, si efectivamente hay algunos miedos innatos, puramente innatos. Sí en algún caso, pero después el propio aprendizaje, la experiencia de vida, pueden modificar ese miedo a tal punto que hay mucha gente que no tienen miedo a las arañas, por ejemplo. Teóricamente tendríamos que tenerles miedo a los insectos y en particular a las arañas. Yo no tengo miedo a las arañas y conozco varias personas amigas que tampoco. Ahí hubo que romper algo atávico.

—Dijo: “Hay fármacos que mejoran la memoria, pero tienen efectos colaterales que los hacen inviables; generarían un grado de ansiedad enorme. Mejorarían la memoria, pero pueden generar ataques de pánico”. ¿Se podrán corregir en el futuro los efectos colaterales?

—Hay una regla en esta área de investigación que es que cualquier sustancia que aumente el nivel de ansiedad, aunque sea poco, mejorará la adquisición de la memoria. El problema es que todavía no podemos dejar lo bueno y sacar lo malo. Y eso a pesar de que hay infinidad de laboratorios que durante veinte años intentaron tener un fármaco que pudiera ser administrado por la boca, que entrara al cerebro y selectivamente mejorara nuestra cognición, en especial en la situación de un pequeño déficit, cuando vamos envejeciendo, y que no tuviera efectos colaterales. El efecto colateral está tan emparentado al mejoramiento de la memoria, que hace inviable que un fármaco bueno para levantar la memoria no tenga efectos colaterales. Para decirlo sin eufemismos: ningún fármaco conocido hoy en uso en el mundo puede mejorar la memoria certeramente sin alterar otra función del cerebro. Pero entonces, ¿por qué se recetan? ¿Qué ocurre con los que se utilizan hoy en día, que en algunas personas mejoran algo y en otras personas no hacen absolutamente nada? La respuesta es que no hay un fármaco hoy en día que sea selectivo, facilitador de las memorias. No lo hay.

—Usted dijo en uno de sus mejores trabajos que lo que hacía sentir más orgulloso era cuando “demostramos que la leche humana y de vaca bajan la ansiedad e inducen el sueño, ya que tienen moléculas que se parecen a las benzodiacepinas o son benzodiacepinas naturales, el principio activo del fármaco que se usa para sedar y llevar al sueño”. ¿Hay relación entre alimentación y memoria?

—Hay mucha. Es un capítulo enorme, pero intentaré simplificarlo. El descubrimiento que hicimos en esa época, estoy hablando de más de treinta años atrás, lo publicamos en la revista Lancet. Allí publicamos un breve trabajo donde demostramos que en la leche de vaca y en la leche humana existen pequeñas cantidades de una sustancia de la familia de las benzodiacepinas, la base de los remedios que se usaron durante treinta años para bajar la ansiedad e inducir el sueño. Esas drogas, sintetizadas en un laboratorio en Suiza, las tenemos incorporadas también en nuestro cerebro en pequeñas cantidades. Eso entra con nuestra alimentación. Además de eso, hay otros alimentos que tienen propiedades para mejorar o empeorar un poquito la cognición. Algunos flavonoides, una familia de sustancias que están en plantas, son compuestos que tienden a tranquilizar y a inducir el sueño. Esos flavonoides están en muchas plantas de uso medicinal folclórico, tales como la valeriana o la pasiflora. Conseguimos purificarlos y aislarlos en el laboratorio y fueron patentes internacionales. Pudimos demostrar que hay sustancias en la naturaleza que hacen esas cosas en nuestro cerebro. Lo más claro para la memoria es una buena alimentación; si nos falta glucosa, aprendemos mal. Está lleno de experimentos donde queda claro que la adquisición y el guardado de información en nuestro cerebro depende de los niveles de glucosa. Bajos niveles de glucosa, aprendemos mal. Niveles óptimos de glucosa, aprendemos perfecto. En niveles altos, en una enfermedad como la diabetes, volvemos a bajar nuestra eficiencia en aprendizaje. 

"Según el momento en el que uno recibe una experiencia, puede guardarla o no en la memoria."

—Entre los filósofos, David Hume se caracterizó por darle a la memoria una importancia esencial en la definición de lo que es persona. ¿Qué reflexiones, más allá de lo físico, tiene para compartir con la audiencia sobre la importancia de la memoria en la construcción del yo?

—Un día leí una frase del cineasta Luis Buñuel, ya muerto hace muchos años. Era un extraordinario director español. Dijo que “basta saber que uno está perdiendo la memoria y que no puede hacer nada, para darse cuenta de la importancia enorme para el yo de lo que representa la memoria”. Y terminaba diciendo que “sin nuestras memorias, no somos nada”. Me hizo pensar mucho. En realidad, somos la consecuencia de lo que adquirimos, experimentamos, guardamos, recordamos y creemos que no recordamos, y realmente olvidamos en otros casos. Somos ese producto. Si no adquirimos información, es imposible estar viviendo con lo que se adquirió en épocas pretéritas. Debemos adquirir nuestra información. Esa información hace a nuestra persona y solo a nuestra persona. Somos seres únicos. Ese ser único es dado por lo que tenemos adquirido y guardado en nuestro cerebro, más la información genética transmitida a lo largo de las especies. 

—¿Cuánto de realidad hay en esas construcciones por ahora ficcionales, distópicas, sobre que se puede pasar la memoria de un ser humano a una computadora y dar continuidad a la vida?

—Lo veo difícil. No estamos en condiciones, pero uno también podría decir que hace 200 años la gente no podía hacer cosas que se hacen en el siglo XXI. Era imposible ver estos avances que hemos tenido. Eran cosas de ciencia ficción. Cuestiones de ciencia ficción en 1960 o 1970 hoy son moneda corriente. Hay mucho interés y mucho estudio reciente entre inteligencia artificial y nuestra capacidad de guardar y transmitir información. No es viable aún que nuestra mente sea transportada a una máquina. Uno puede transportar cierta información y ciertas reglas a una máquina, ciertas reglas de adquisición y guardado, pero faltan todavía algunas cosas, por ejemplo cierta libre elección. La toma de decisiones depende de nuestra corteza prefrontal, esa que usamos cada minuto de esta charla o cada minuto de nuestra vida. Todavía es nuestra y no de las máquinas.

—En otras entrevistas usted también habló de Jorge Luis Borges. Dijo que era el primer neurocientífico de nivel en la Argentina. En su “Funes, el memorioso”, describe a “un tal Irineo Funes mentado por algunas rarezas como la de no darse a nadie y la de saber siempre la hora como un reloj”. ¿Hay posibilidad de transformarnos en cierto sentido también en máquinas? ¿Llegará el momento en que las máquinas nos superen? 

—Las máquinas van a terminar superándonos, porque tienen más capacidad que nosotros. Pero es cierto que entre los humanos existen algunos “Funes memoriosos”. Hay una historia sobre una mujer que fue con una extraordinaria memoria autobiográfica. Recuerda hechos y eventos que le pasaron, pero no recuerda hechos y eventos de aprendizajes semánticos. No recuerda quién ganó la guerra tal o cual, cosas que estudió, libros o películas. Esta mujer recordaba una cantidad enorme de hechos y eventos de su vida, algo corroborado por familiares, por amigos y por hechos fotográficos, fílmicos. Casi nadie en este mundo puede decir qué hizo el 14 de agosto de 1987, a menos que sea su cumpleaños, el cumpleaños de su padre, su madre, hermano o la muerte de alguno, que se casó, se peleó o algo muy gordo. Esta mujer, en cambio, recordaba muchísimo, no digo todo, pero casi todo. Aunque había otro problema, como su capacidad está en su cerebro y no podía recordar todo lo que había estudiado o hecho, tenía un problema semejante a algunas alteraciones de la cognición que se ven en personas que son eximios “matemáticos”, Resuelven complejísimas multiplicaciones, pero no saben comer o no pueden vestirse. Resuelven complejísimas cuentas, o son eximios pintores o maravillosos pianistas, pero no pueden vestirse solos.

"Con los años empezamos muy paulatinamente a tener un poquito menos de capacidad."

—¿Hay una memoria social? 

—Sí. Hay una memoria colectiva. Existe acá y en cualquier sociedad. Pero para explicar cómo es que ocurren esas memorias colectivas, uno debería primero entender cómo se forma, se guarda y persiste o se olvida una memoria. No se trata de lo que ocurre en la vida cotidiana. En la vida cotidiana las memorias se entremezclan continuamente. Las experiencias en un día normal de la vida de todos se mezclan muchísimo. A veces guardamos o no guardamos en función de ciertos estados de nuestro cerebro en el momento previo o de otros eventos que se coadyuvan para establecer si lo que yo quiero guardar está cerca o lejos temporalmente. Cuando uno guarda algo, tiene que ver con cómo era la experiencia, cómo estaba mi cerebro, cómo estaba el medio que me rodea y qué historia previa tenía mi sistema nervioso. Ahora vayamos a las memorias colectivas. Es lo mismo, nada más que incluye las interacciones entre los individuos. En otras palabras, las memorias de todos nosotros interactúan de alguna manera. Las experiencias interactúan de alguna manera. Se nutren de las interacciones entre individuos y de las interacciones con la nueva información. Se forma, se decanta a lo largo del tiempo, es una especie de conocimiento experiencial. Puede ser que recuerdo porque lo viví o recuerdo porque me lo contaron. Así se forma ese conocimiento ya más social, más de grupos de individuos, que terminará siendo algo así como la memoria colectiva de algo. Esa memoria colectiva es continuamente reforzada, consciente o inconscientemente, por nosotros mismos, por individuos afines y no afines también, por los medios de comunicación, por los gobiernos. En este siglo XXI, también por toda la parafernalia de redes sociales.

—¿Cuánto de la ética es producto de la memoria? ¿La memoria social no es lo que llamamos cultura?

—La cultura es la transmisión de conocimientos a través de las generaciones y de la gente. El problema es que en la cultura algunas cosas quedan y otras no. Pero entendí en algunas otras veces que las memorias colectivas podrían no ser parte de la cultura. Lo serían si esa memoria colectiva se instalara fuertemente en una sociedad y quedara a lo largo de generaciones. Tiene razón, realmente pareciera ser bastante parecido a lo que uno entiende como cultura. Con respecto a la primera parte, a la relación entre ética y memoria, ¡qué buena pregunta! Uno podría pensar en por qué no puede tocar mucho la memoria; por qué no termina de ser ético y por qué cuando manipula la memoria tiene que tener mucho cuidado, porque entra dentro de terrenos que superan lo estrictamente beneficioso para tal o cual persona y roza fuertemente cuestiones morales. No sé cuánto influye la memoria en la ética.

—¿Hay un límite en la reconstrucción de la memoria que es la ética? ¿Tenemos una capacidad de mentirnos a nosotros mismos hasta cierto límite y la ética pone esa barrera?

—Por es limitado en todo caso cuánto influye la memoria o lo que recordamos en la ética. Creo que hay ciertos puntos en los que no son traspasables ciertas cosas.

 

Producción: Pablo Helman, Débora Waizbrot y Adriana Lobalzo.


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