El 27 de enero de 1984, Los Ángeles se preparaba para un evento que prometía fusionar música, publicidad y espectáculo: Michael Jackson, en la cima de su carrera tras el fenómeno de Thriller, filmaba su segundo comercial para Pepsi en el Shrine Auditorium, una campaña diseñada para posicionar al refresco como la elección de la "nueva generación". Todo estaba calculado al detalle: coreografías, efectos y una producción que parecía infalible.
Sin embargo, durante la sexta toma, un error en la sincronización de los efectos pirotécnicos hizo que las bombas de magnesio estallaran antes de tiempo, justo cuando Jackson descendía por una rampa. Las chispas, que debían rodearlo como un halo de luz, prendieron fuego directamente a su cabello impregnado de productos inflamables. Durante varios segundos, el cantante siguió bailando, inconsciente del fuego que consumía su pelo hasta generar quemaduras de tercer grado en el cuero cabelludo. El accidente quedó registrado por las cámaras y dejó a los presentes en estado de shock.
El dolor que nació con el fuego
Tras el rescate inmediato, Jackson fue trasladado al Cedars-Sinai Medical Center y luego a la unidad de quemados del Brotman Memorial Hospital. Los médicos confirmaron la gravedad: quemaduras profundas que destruyeron gran parte de los folículos pilosos y requirieron expansores de tejido para reconstruir el cuero cabelludo. El dolor crónico que comenzó en ese momento se convirtió en un compañero constante. Para controlarlo, los médicos le recetaron analgésicos potentes, iniciando un ciclo que décadas después derivaría en problemas de dependencia.
El accidente no solo afectó su salud física: las sucesivas cirugías de reconstrucción facial y capilar transformaron su apariencia. Lo que comenzó como una exposición mediática controlada se convirtió en un punto de inflexión que marcó el inicio de un declive físico y emocional.
Dinero, conciliación y el costo invisible
A pesar del riesgo de consecuencias que pudieron ser fatales, Jackson optó por un acuerdo extrajudicial con la empresa de gaseosas, que entregó 1,5 millones de dólares como compensación. En un gesto de altruismo, el creador de Thriller donó todo el monto para fundar el Michael Jackson Burn Center, destinado a atender a víctimas de quemaduras. Sin embargo, el precio personal fue enorme: perdió su cabello natural en la zona afectada y tuvo que usar pelucas y postizos de manera permanente, un secreto que alimentó especulaciones sobre su rostro cambiante.
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El accidente dejó una marca simbólica: ocurrió en la mitad de su vida, separando los días de gloria física de un periodo marcado por cirugías, aislamiento y dolor crónico. La icónica imagen de Jackson saliendo del hospital en camilla, levantando su mano con el guante blanco, quedó como un símbolo del esfuerzo por mantener su brillo artístico mientras lidiaba con heridas profundas, físicas y emocionales, que nunca terminaron de cicatrizar.
MV CP