En agosto de 1981, Buenos Aires esperaba un evento histórico: Frank Sinatra llegaba por primera vez a la Argentina y el icónico Luna Park se preparaba para recibirlo con un operativo de seguridad sin precedentes. Ramón “Palito” Ortega, ídolo popular y empresario del espectáculo, apostó su imperio por un sueño de juventud: traer a “La Voz” y elevar el espectáculo argentino a estándares internacionales.
Su contexto económico era hostil: la dictadura militar gobernaba con mano dura y la economía estaba dirigida por Lorenzo Sigaut, famoso por la frase “el que apuesta al dólar pierde”. Ortega firmó un contrato en dólares, cuando la moneda parecía bajo control, pero entre la firma y la llegada de Sinatra, el peso argentino sufrió una hiperdevaluación que multiplicó sus deudas por cuatro. El costo total del espectáculo alcanzó los dos millones de dólares de 1981, equivalentes a más de 60 millones de dólares actuales, y obligó a Ortega a remodelar escenarios y cubrir exigencias técnicas del artista.

El rugido de la devaluación frente al micrófono de oro
La productora de Ortega, Chiozza, buscaba prestigio, pero la economía argentina castigaba la audacia. El antecedente más cercano era el “Rodrigazo” de 1975, un ajuste que había destruido la capacidad de inversión en teatro y ocio de lujo. En 1981, la historia se repetía con crueldad matemática: el dólar inicial hacía viable el negocio, pero la sucesiva devaluación convirtió la inversión millonaria en una deuda estratosférica.
En el escenario, Sinatra entonaba “My Way”, mientras Ortega calculaba cuántas propiedades y empresas tendría que rematar para cubrir los honorarios del artista. El contraste era brutal: brillo internacional frente a ruina, lujo frente a deudas, y la apuesta era contra una economía que castigaba.
El costo del honor y el exilio económico
Cuando Sinatra despegó de Ezeiza, comenzó la verdadera travesía para Ortega y su familia. A diferencia de otros empresarios, asumió la deuda como cuestión de honor, recordando a los mecenas europeos que financiaban obras más grandes que sus recursos. La consecuencia fue la desarticulación de su conglomerado de medios y la pérdida de buena parte de sus ahorros acumulados desde los años sesenta.
El impacto económico obligó a Ortega a exiliarse en Miami, no por placer, sino para trabajar en un mercado dolarizado y poder saldar los compromisos pendientes en Argentina. Allí, debió reinventarse como productor de televisión y buscador de talentos para otros artistas, reconstruyendo su patrimonio desde cero. La paradoja era clara: el hombre que había hecho bailar al país ahora era un desconocido en una tierra extraña.

La historia de Ortega y Sinatra muestra cómo un sueño artístico puede chocar con la realidad económica, dejando una lección sobre los límites de la pasión frente a los números: el brillo del escenario puede esconder la crudeza de la balanza contable.
MV/DCQ