TEXTUM
SALIDA DE EMERGENCIA

Tita, Mecha y una catástrofe en el escenario

Enrique Santos Discépolo 20230607
Enrique Santos Discépolo | Annemarie Heinrich

Hasta la pinta y la voz tenía Enrique Santos Discépolo de hombre trágico y pesimista. Vivió apenas cincuenta años y terminó siendo abatido por enfermedad pero también por amargura. Después de escribir varios tangos fundamentales y de encarnar en la pantalla y en su vida propia grandes dilemas argentinos (incluyendo su relación con el peronismo), Discepolín dejó el escenario definitivamente en diciembre de 1951, ya consagrado. Después de todo, el hombre había escrito las letras de “Yira, yira” (1929), “Cambalache” (1934) y “Cafetín de Buenos Aires” (1948). 

Sin embargo, el peso descomunal de sus tangos no siempre se concretó apenas estrenados, tal como lo demuestra la historia de “Qué vachaché”, una de sus primeras composiciones, que debutó en la voz de Mecha Delgado en un teatro de Montevideo en 1926 ante la indiferencia (y hasta hostilidad) del público. También lo interpretó Tita Merello (con suerte parecida a la de Delgado, pero en Buenos Aires) y hasta lo grabó Carlos Gardel en 1927, en un estudio español junto a las guitarras de Ricardo y Barbieri.

El problema era básicamente la letra de “Qué vachaché”, desalentadora y triste, con estrofas como 

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“Pero no ves, gilito embanderado / Que la razón la tiene el de más guita / Que la honradez la venden al contado / Y a la moral la dan por moneditas”. 

O “Lo que hace falta es empacar mucha moneda / Vender el alma, rifar el corazón / Tirar la poca decencia que te queda / Plata, plata, plata... plata otra vez...” porque “El verdadero amor se ahogó en la sopa / La panza es reina y el dinero Dios”.

Decía Jorge B. Rivera en la revista Crisis de noviembre de 1973 que aquel tango de Discépolo navegaba entre la bronca frente a “las celebraciones hipócritas del liberalismo oligárquico” de la época y la perplejidad de “las nuevas cavilaciones” que provocaba “en muchos el ‘fracaso’ objetivo del proyecto humanista, anti-utilitario y popular impulsado por Yrigoyen”. 

Al final, “Qué vachaché” fue aceptado por el público de la mano de Rosita Quiroga y canonizado luego bajo el impulso transitivo del éxito de otro tango de Discépolo, “Esta noche me emborracho” (1928), que popularizó Azucena Maizani.

Pero Discépolo nunca se olvidó de los debuts en las voces de Tita y Mecha. Y lo relataba con su particular cadencia: 

“...un desastre ... una catástrofe ... se cayó el teatro ... un terremoto ... se hundió el escenario ... Todo lo que diga de aquello es poco. Yo, francamente, pensaba que el tango estaba bien. Que estaba clara su intención y su sentido. Lo presentamos en mitad del espectáculo ... En el público en principio fue una sensación de incomodidad ... Luego empezaron los cuchicheos en la platea, se extendieron a los palcos, por ahí descendió de la galería un comentario. ¡Y empezó a temblar la tierra! El público no entendía aquello y, como siempre digo, cuando algo no se entiende, se rechaza. Para el público aquello no era un tango. No era lo que estaba acostumbrado a escuchar. Y en cuanto a la letra ... ¿qué puedo decir?”. 

Podría haber dicho:

“Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio / Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón... / ¿Qué vachaché? Si hoy ya murió el criterio / Vale Jesús lo mismo que un ladrón...”.