TEXTUM
Lecturas de verano

La máquina de leer de Viñas

Durante unas jornadas que la Biblioteca Nacional argentina le dedicó a David Viñas en octubre del 2012, la escritora y ensayista Josefina Ludmer recuperó al gran autor argentino a partir de sus recuerdos.

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David Viñas | CEDOC

David Viñas fue mi maestro y me considero, con orgullo, una de sus discípulas más antiguas. En sus clases y en sus escritos, que devoré y copié, pude ver funcionar lo que después llamé una máquina de lectura, un aparato verbal y conceptual, una red de palabras que se relacionan de modos diferentes y trazan historias. La máquina de leer de Viñas era una articulación perfecta entre cierta literatura nacional, cierto corpus, cierta política y cierta lengua. Con esa máquina podía explicarlo todo y el mundo se hacía visible. Las clases y los escritos de David decidieron mi camino crítico y, por lo tanto, mi vida. 

Voy a hablar del Viñas de los años sesenta porque quiero abocarme en ese momento de revelación para mí. David llegaba los viernes a Rosario, a una Facultad de Filosofía y Letras joven y de jóvenes, casi en ebullición. Llegaba en el tren del mediodía junto con Ramón Alcalde, Tulio Halperin y otros profesores de Buenos Aires que enseñaban en Rosario porque en Buenos Aires -nos decían- la universidad era reaccionaria y la carrera de Letras estaba detenido en una estilística pacata. 

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David Viñas.

Nos daban clases los viernes a la tarde y los sábados a la mañana. Y de esos sábados recuerdo como entre sueño las clases de Introducción a la Historia de Tulio Halperin. Como entre sueños, porque los viernes a la noche las chicas de Letras de Rosario salíamos a cenar con los profesores y tomábamos un vino blanco seco que nos ponía en las nubes y que se llamaba en alemán "Leche del pecho de la amada". Los romanes proliferaban -yo me casé con uno de esos viajeros-, David tenía entonces unos 36 años y un vozarrón que modulaba cuidadosamente. Los amigos de Contorno le decían el gordo Viñas para diferenciarlo de Ismael, el hermano mayor. Era grandote y corpulento y ya tenía los característicos bigotes que lo harían parecido a una foto de Nietzsche

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Como profesor era un performer, un actor que representaba el saber. Lo representaba con la voz, los movimientos y los gestos. Se agachaba en el rincón para hacer de niños y criados favoritos, corría a la puerta para viajar a Europa, se elevaba en puntas de pie para señalar con el índice la torre de marfil y el esteticismo de turno. Fue un descubrimiento total porque nunca habíamos visto representado el saber y David era el actor perfecto: pura posesión y pura pasión. Nos sentíamos hechizadas porque estábamos ante un archivo hablante, y en eso se parecía a Borges. Su dominio de la historia y literatura era absoluto porque en él la cultura argentina era un bien de familia, una herencia y una memoria. David hacía un uso guerrero del saber porque no era un puro saber lo que actuaba para nosotras sino algo más, y en eso consiste para mí su ejemplaridad. 

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Sus clases tenían el mismo clima de guerrilla vanguardista de los años sesenta. Usaba la interpelación, dialogaba con los escritores contemporáneos y los increpaba. "Usted, Cortázar" -le decía, para recriminarle que viviera en París-. No solo era polémico sino polemológico, y en adelante la crítica ya no sería para mí una monografía universitaria sino un genero literario y de combate. Disidente siempre. Viñas representaba la figura del intelectual argentino de esos años de la Guerra Fría: el escritor de izquierda que toma partido político sin estar afiliado a un partido. Era la reencarnación de los sesenta, del compromiso sartreano, del materialismo dialéctico, de la literatura realista, de la Revolución cubana de la revista Che y del semanario uruguayo Marcha -emblemático de esos años-, y también la encarnación urbana de la calle Corrientes y sus bares, donde pasaba horas perorando. 

De David en Rosario recuerdo el vozarrón, la actuación y el tono guerrero retador. Hablaba para un público, y eso éramos las subyugadas chicas de Rosario. Para la universidad y para la nación hablaba de la literatura argentina y de la realidad política, y de la relación entre literatura y política. Él mismo cambió el título de su libro. Pasó de "Literatura argentina y realidad política" a "Literatura argentina y política". Para Viñas, la literatura no tenía historia propia. Era el acompañamiento exacto de una coyuntura política y estatal. Cada coyuntura y cada evento político crucial, como el Centenario o el golpe del treinta, cada presidencia de la nación, cada formación estatal y cada configuración del poder tenía su literatura y una serie de personajes, que eran los escritores. Periodizaba la literatura por ciclos o periodos marcados por acontecimientos políticos, golpes de Estado o presidencias. Con esa periodización, su sueño de esos años era dirigir una historia de la literatura argentina. Lo realizó más tarde, donde nosotras las chicas de Letras de Rosario podríamos escribir. Imaginaba los índices y nos seducía definitivamente, pidiéndonos que escribiéramos, encargándonos ya los capítulos de la historia. 

Esteban Echeverría 20230930

 

Para David la literatura era materia maleable. Ponía rótulos, ordenaba, periodizaba, hacía trayectos, dicotomías, constelaciones y lo que yo llamaba "manchas temáticas". Un juego a veces complejo de dualismo regía sus lecturas. Los opuestos eran una de las marcas de los sesenta y él tenía una concepción materialista y dialéctica de la literatura. Los dos ojos del romanticismo, los juegos entre lo espiritual y lo material, los ascensos y descensos. Además de las dicotomías, ordenaba el mundo literario trazando itinerarios: "De Sarmiento a Cortázar", el libro de Siglo XX que apareció en 1971, fue mi libro de cabecera de esos años y mi entrada en la imaginación crítica. Para Viñas, la literatura era la hechura de un nombre. Los protagonistas de la literatura nacional eran los escritores, así en plural, y caracterizó algunos de un modo célebre: los "Gentlemen escritores", los escritores profesionales, la bohemia. En sus clases aparecían infinidad de textos recónditos y de nombres que nunca habíamos oído. Desfilaban ante nosotras, las atónitas estudiantes de Rosario, Cané, López, Mitre, Mansilla, Laferrère, Carriego, Lugones, Cortázar. Viñas hablaba con ellos cuerpo a cuerpo. No solo llenó de protagonistas la historia nacional. Concibió imágenes y palabras que se impusieron por su eficacia: el viaje europeo, los niños y criados favoritos. Y escribió frases que se hicieron célebres y se repiten hasta hoy, como "la literatura argentina emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación". Así leyó "El matadero", como una violación y no como una tortura. Sexualizó la política y la violencia, gesto totalmente sesentista que Osvaldo Lamborghini llevó a su culminación. 

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Con David, las chicas de Rosario éramos sesentistas, sartreanas, un poco anarquistas y revolucionarias. Éramos Contorno y enemigas de Sur, de La Nación y de la ideología liberal que reaparecía sistemáticamente con los golpes de Estado. Porque Viñas analizaba y atacaba el pensamiento liberal oligárquico de los dueños del país y de la tierra, aliados con el ejército. Leía su imaginería literaria, sus territorios y sus movimientos, la torre de marfil, el idealismo, el esteticismo, el espiritualismo, lo sagrado, los mitos. Él, que venía del radicalismo irigoyenista de su padre, podía ver en la literatura del liberalismo una ideología espiritualista y racista. 

Viñas fue para mí los años sesenta y su potencial revolucionario, o su devenir revolucionario. Para él fue mi primer escrito, que tituló "Cambaceres, un caballero". Le debo la inspiración, la pasión por el trabajo crítico y por mi nombre mismo. Porque yo me llamaba Iris Josefina y él, en una de esas tertulias que teníamos estudiantes y profesores en bares y parrillas de Rosario, me dijo "piantá el Iris". 

 

Este texto forma parte del volumen "David Viñas, el último argentino del siglo XX", que recopila las presentaciones en las jornadas que se realizaron en octubre del 2012 para recordar al escritor (que había fallecido en marzo del 2011) y que fue publicado por las Ediciones Biblioteca Nacional.