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Varela Varelita y la partida que desafía el olvido

Sábado tras sábado, entre jaque mate, medialunas y bromas, cuatro jubilados demuestran que la memoria es una partida cotidiana que se juega movida a movida.

Varela Varelita y la partida que desafía el olvido
27-02-2026 | 18:02

Sábado 10:48 hs. Cuando uno entra en el bar notable Varela Varelita, entiende que sus raíces son profundas, pero no se entera hasta qué punto.

Al fondo del bar, sobre mesas juntadas: medialunas, jarritos y tableros de ajedrez. Alrededor; cuatro abuelitos jugando, charlando y gastándose bromas.

– “¡Mirá tu caballo! ¡Mirá cómo le hago bailar tango!”

Pronto, Héctor se entera de la jugada, abandona y me dice “¡Sentate y jugá hijo! Yo descanso.” Reinicia los relojes, coloca las piezas y se sienta en otra silla para leer el periódico.

Sábado 11:05. Mi oponente me tiende la mano. En ese apretón breve caben el gusto de conocerme y la declaración de desafío cortés. Se llama Artemio. Ese abuelo flaco siempre lleva boina y camisa, le gusta jugar la siciliana, y vive por San Telmo: tiene todo de la elegancia del artista porteño.

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Mientras empezamos la partida, me cuenta que se conocieron todos hace medio siglo en una asociación cristiana. Se juntaron una vez para jugar, y esa costumbre quedó. “Está bueno para la memoria, igual” me asegura antes de darme un primer jaque.

Bar cafe, Varela Varelita 20260227
Bar cafe, Varela Varelita 20260227

Detrás del periódico, Héctor se ríe y le dice: “No tan bueno para la memoria Artemio: nos conocimos hace sesenta años y no cincuenta, ¿en serio no te acordás?” Pero para esas enciclopedias ambulantes, diez años son como boletos de cien pesos; vienen y se van sin contarse.

Sábado 13:25. Ya vamos jugando algunos partidos, y claro; me va ganando Artemio. Al lado mío, un regordete que lleva bigote repite por tercera vez: “Como decía el turco: estamos bien, pero vamos mal”. José Luis le acaba de comer un alfil, y Quique está por rendirse otra vez. Se dice que, en algún tiempo, a Quique no le podía ganar nadie, que además era un campeón de finales.

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Pero, poco a poco, se fue perdiendo la memoria. Así que, cuando el cansancio lo alcanza, en medio de una partida, pasa sin razón de jugar con las blancas a jugar con las negras. “No me afanés mi reina, chorro” se ríe José Luis justo cuando Quique se equivoca.

Y Quique, manos arriba como para arrepentirse: “A la reina de un amigo no se toca, es verdad… eso, sí que es verdad”.

Sábado 13:55 – El mozo que está corriendo por todos lados con gafas negras y una sonrisa de oreja a oreja se llama Frey y es colombiano. Pronto nos atiende. Le pregunta a Quique si quiere pedir algo, entonces el ajedrecista medio perdido se gira hacia Héctor y le pregunta: “Che, ¿aquí hay merluza verdad?”

Mientras llegan los huevos revueltos bien cocidos, las papas, las empanadas, los juguitos y un fernet con soda para Héctor, hablan de jubilación, de la reforma laboral, de la inflación"

Y claro, Héctor le contesta que no hay, que además acaban de desayunar, y que pedirán dentro de un rato. Entonces, la mirada de Quique vuelve al tablero: “Y ¿a quién le toca ahora?”

Bailar tango, cenar en peñas, pintar barcos sobre el mar, participar en grupos de lectura y, una vez al año; se van todos al Tigre"

Sábado 15:03 – “Mirá te explico. Este… Tuvimos dictadura, tuvimos democracia, incluso tuvimos muchos débiles y corruptos al poder. Pero un loco así, aún no conocíamos.” Es hora de política. Mientras llegan los huevos revueltos bien cocidos, las papas, las empanadas, los juguitos y un fernet con soda para Héctor, hablan de jubilación, de la reforma laboral, de la inflación, de los que no llegan a fin de mes, y me adentran en la historia argentina comparando épocas y dinámicas sociales.

En medio de una frase, José Luis se acerca y baja la voz como para decirme algo importante: detrás de nosotros hay un ex primer ministro. “Ese tipo, por ejemplo, él sí que tenía coraje”.

Sábado 16:15 – “¿Vamos por la revancha, o qué?” pregunta Artemio ya moviendo el caballo antes de que Frey termine de limpiar la mesa. Y así siguen un rato más mientras Héctor me cuenta su cotidiano: bailar tango, cenar en peñas, pintar barcos sobre el mar, participar en grupos de lectura y, una vez al año; se van todos al Tigre.

“Quizá iremos juntos una vez. Para que sepas: salimos en coche desde Thames y Santa Fe. Acordate: Thames y Santa Fe.” Ahora llega el hijo de Quique. Viene a recogerlo. Entonces pedimos la cuenta y antes de irse en bici José Luis me dice: “Bueno, ¿nos vemos el próximo sábado che?”

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