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COLUMNISTAS / crisis 2018
domingo 13 mayo, 2018

La pesadilla de 2001

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Tristan Rodriguez Loredo

Simbolo. Domingo Cavallo, “padre de la convertibilidad” y la crisis de principio de siglo. Foto: Cedoc Perfil

Casi como una constante amenaza que aparece en los sueños, la imagen viva de los sucesos de 2001 y 2002 aparece cada tanto en el humor colectivo. Los más variados hechos son tomados como un síntoma de una reaparición del sismo económico tan temido. Para algunos es el hilo conductor en situaciones históricas. El fatalismo argentino, abonado con experiencias históricas concretas de desilusiones cada vez más frecuentes, pasó de establecer que habría una crisis cada siete años a la locura de una economía que se miniexpandía y se estancaba en años impares (electorales) y pares (poselectorales). Luego de la hiperinflación de 1975 (el Rodrigazo) la sombra volvió en 1982 (con la crisis del default post Malvinas), la hiperinflación de 1989, el efecto Tequila de 1995, la salida de la convertibilidad (2001), la crisis de las subprime y el fracaso de la 125 (2008) y la gran incógnita de 2015.
El año que definió el cambio de mano en el Gobierno aún es materia de debate en el círculo rojo. Para unos, la coyuntura actual solo se explica por el “plan bomba” que nunca explotó a fin de ese año; para otros, la renuencia a contar las malas nuevas ató de pies y manos a la administración Macri y la impulsó al gradualismo como dogma central de su gestión. Pero hay consenso entre propios y extraños sobre cuestiones que pavimentaron la ruta al FMI: la persistencia en el déficit fiscal y comercial, que obligó a buscar financiamiento externo y aumentó el stock de deuda; la tendencia alcista de las tasas en los Estados Unidos y el rápido cambio en el convulsionado escenario internacional, que revalorizó el dólar frente a todas las demás monedas. Una coyuntura no apta para economías vulnerables, como la versión Argentina 2018.
Sin embargo, la persistencia en tomar como referencia la última gran crisis local, la de la salida de la convertibilidad en 2001-2002, es tan entendible por el recuerdo indeleble en la memoria colectiva como arbitraria según el aspecto que se compare:
1) Déficit fiscal: la madre de todas las crisis, un cuadro de debilidad estructural que ni entonces ni ahora halla el suficiente consenso en la sociedad para erradicarlo.
2) Deuda en dólares: en 2001 el stock de deuda nominada en dólares había tocado su máximo, habida cuenta de los desajustes de casi una década financiados externamente, y el gran legado del kirchnerismo es que no pudo endeudarse.
3) Tipo de cambio fijo: el uno a uno de aquel momento se transformó en una paridad con flotación (sucia), que admite intervenciones del Banco Central pero que oficia de válvula de escape ante la presión devaluatoria.
4) Reservas del BCRA: los casi dos años de financiamiento y estabilidad cambiaria posibilitaron la formación de un stock de reservas superior al pasado, aunque con los pasivos disminuye considerablemente.
5) Términos de intercambio: en 2001 los precios de las commodities argentinoa aún estaban por el subsuelo (la soja a un tercio del valor actual y casi la quinta parte que en el esplendor en 2008-2009).
6) Tamaño del gasto público global: si de algo se ocupó la administración kirchnerista en sus 12 años fue de aumentar el gasto público global hasta el límite máximo de su financiamiento. Se calcula que es 10 puntos del PBI más alto que al salir de la crisis, en 2003. Es un lastre para el financiamiento.
7) Tasas internacionales: aun con la suba de tasas norteamericanas, están debajo de las de 2001 y más aún de las que podía endeudarse la Argentina.
Si las diferencias no resultan suficiente, hay dos aspectos en los que el escenario contrasta con el del epílogo de la convertibilidad. En aquel momento, el gobierno había perdido las elecciones (incluso contra la campaña del voto nulo), y hace ocho meses Cambiemos se anotó un triunfo electoral importante y sin rival a la vista. Pero también la gran crisis de fin de milenio dejó un legado que hoy oficia de red de contención: la aceitada política de planes sociales, un defecto a la hora del Excel en Washington y un puntal para la contención. Paradojas de la historia que siempre amenaza con repetirse.


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