sábado 24 de julio de 2021
ACTUALIDAD Psicología
21-07-2020 20:00

Las claves para entender por qué muchas parejas se separan al poco tiempo de tener hijos

La crianza no necesariamente va en contra del erotismo. Pero la idea de la pareja está variando y a veces es difícil contemporizar el deseo con el deber ser

21-07-2020 20:00

Hace poco una pareja se preguntaba cómo estar juntos, en la medida en que ambos vienen de parejas anteriores y temen que una nueva familia resienta la actual. Los dos tienen hijos de sus matrimonios anteriores, están contentos con su relación, pero ¿cómo se conforma una nueva familia? 

Si tienen miedo, es porque antes que al porvenir ese afecto se dirige a lo que aún no pudo dejarse del pasado. ¿En qué punto para ambos la familia implicó una ruptura de la pareja? Es la situación de muchas personas de mediana edad hoy en día, que al poco tiempo de tener hijos se separan. En efecto, estadísticas recientes muestran que es una cantidad creciente de parejas la que se separa con la llegada del primer hijo. Y si no lo hacen con el primero, el segundo es infalible.

La pregunta, entonces, es por qué los hijos vienen a separar a las parejas. Para dar cuenta de esta coyuntura, pueden ofrecerse diferentes motivos, nada es generalizable, pero hay ciertas tendencias: por un lado, es notorio que los hijos (en cierta clase social, es cierto) se tienen cada vez más tarde; si antes los hijos se tenían para crecer, hoy se juega más bien una fuerte regresión en los varones y mujeres que devienen padres; así es que la pareja se vuelve difícil, ya que se actualizan diversas demandas infantiles en el vínculo, que ya no son solo las del hijo; para mencionar la más conocida: el varón que se pone celoso de su hijo y no lo expresa conscientemente, sino a través del reclamo a su pareja de relaciones sexuales (modo inconsciente de querer sacarle la madre al niño).

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Junto con la regresión de los padres, un segundo motivo es que la pareja parental vino a reemplazar a la pareja conyugal; dicho de otra manera, los varones y mujeres que devienen padres, quedan tomados por una interpretación deserotizada de estas figuras en algo que llamaría “la traición sexual a los hijos”, es decir, los padres de hoy en día viven de un modo en que el tiempo que se dedica a los hijos es exclusivo, no es para otra cosa y, por lo tanto, para sentirse seres sexuales tiene que ser a espalda de los hijos. Cuando me refiero a “sexual”, me refiero a una relación amplia con el placer, que puede ir desde disfrutar de música hasta besarse con su pareja. El placer solo es posible, entonces, si es con los hijos; en un caso marginal, tenemos a esos padres que no fuman frente a sus hijos y que lo justifican con la idea trivial de que quieren dar el ejemplo. Esta vocación idealizada de ser padres ejemplares, no sólo resiente el erotismo, sino que también hace ver en qué lugar ponen a sus hijos: como meros receptores pasivos.

Con estas coordenadas, entonces, no es extraño que varones y mujeres empiecen a ver la vida familiar como algo opresivo y necesiten un afuera. Si un hijo produce una separación relativa respecto de la pareja (inevitablemente, porque si algo del amor al otro no pasara al niño, sería difícil pensar en la crianza), la necesidad de una separación absoluta se define cuando se empieza a ver al otro como un obstáculo para eso que no se puede hacer en familia. Dicho de otra manera, muchas personas se separan de su pareja porque para ser quienes son necesitan estar sin la familia que armaron con su pareja. Así es que muchas peleas típicas cobran sentido; por ejemplo, cuando uno de los dos quiere hacer algo y el otro tiene que quedarse con los niños. ¿Por qué suele molestar tanto? Es cierto que pueden darse mil argumentos, justificaciones conscientes (la sobrecarga que implica, que el tiempo no se comparte de la misma manera, que antes de irse aunque sea haga tal o cual cosa, etc.), pero que reprimen el motivo inconsciente: se interpreta que el otro no quiere estar en la casa y es posible que así sea, porque el otro no quiere estar en la casa o porque el que se queda con la familia no quisiera quedarse. En fin, el punto en esta circunstancia es que no son las peleas las que llevan a la separación, sino ésta la que lleva a pelear. En resumidas cuentas, cuando una pareja se separa… es porque ya estaba separada mucho antes.

Por las regresiones antedichas, por el narcisismo de la elección de pareja (cuando se elije alguien que nos guste y no con quien construir, aunque no sean rasgos excluyentes) y por el modo idealizado de ejercer la parentalidad, a expensas del erotismo adulto y conyugal, las parejas se separan mucho antes de separarse de hecho; así surge esa figura tan de nuestro tiempo, que es la del “separado”. En el mundo actual, hay dos especies: solteros y separados. ¿Qué es un separado? Es la persona que conformó una familia… luego de separarse de la pareja; porque el separado está en pareja más bien con el ritmo de vida que encontró luego de separarse. Parece un trabalenguas, pero es sencillo: son separadas aquellas personas cuya vida queda dividida entre el tiempo que pasan con los hijos y ese otro tiempo que ganaron luego de separarse, en el que trabajan, ven a otras personas y, eventualmente, incluyen una relación. El problema amoroso del separado, entonces, es el tiempo con el que organiza su vida después de la separación. Así lo dicen cuando, por ejemplo, se preguntan: “¿Estás libre o con tus hijos?”, como si estar con los hijos fuera obstáculo para encontrarse, una libertad cercenada; para muchas mujeres con hijos es un problema en la relación con varones que estos, si ya pasaron por una familia, no quieran saber nada con conocer a los hijos; y si quieren, a veces son ellas las que no saben cómo hacer para integrar esos espacios que suelen permanecer disociados.

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En efecto, incluso es notable cómo muchas personas se definen a sí mismas como “separadas”, ¡aunque estén en pareja! Porque la relación de familia es la que aún define el estatuto civil. “Separado con novio/a” es un formato vincular contemporáneo, sea con cama adentro o no, basado en que la nueva pareja no se integra a la familia; es posible que llegue a conocer a los hijos, pero hasta ahí. No olvidemos que la nuestra es la época de los ex que se llevan bárbaro. Son cada vez menos las separaciones belicosas; ahora bien, ¿cuán poco tienen que haberse amado dos personas para llevarse tan bien? Antes que una continuidad del amor de pareja, ese vínculo excelente y que a veces funciona como una hipoteca para nuevas relaciones, antes que un signo de amor, es parte de una funcionalidad que sostiene una pareja de crianza, en distintas casas, cuyo criterio a veces es que ninguna rehaga su vida, o lo haga con la condición de que el otro no sepa nada. “La amiga” o “el amigo” de papá o mamá, suelen decir los niños cuando van de una casa a otra.

Distintas inquietudes se encuentran los separados a la hora de pensar en una nueva relación: ¿cómo salir de la comodidad de la vida organizada (tiempo para la familia, tiempo para el trabajo, tiempo para el amor, etc.)? ¿Cómo concluir el duelo por una pareja que se abandonó por intereses narcisistas o infantilismo, sin continuarla con un proyecto funcional de crianza, con ese teatro de “buena onda entre ex por los niños”? ¿Cómo amar en un vínculo de pareja, que incluya el proyecto de una familia, cuando en otra oportunidad la familia fue lo que expulsó la pareja?

En nuestros días, época del post-matrimonio (porque la gente ya no se casa, lo hace cada vez menos, o se separan rápidamente), cuando ideas como la de ser la esposa de un hombre o ser el marido de una  mujer no significan demasiado, por el modo en que las representaciones sociales de los géneros han dejado de necesitar su aseguramiento con un estatuto civil comprometido (ya no existen solteronas de 30 años, como la del tango, ni varones que escondan con su soledad exhibida una orientación juzgada), cuando más libres somos para amarnos por deseo, más solos estamos, la pareja no resiste, cede y se quiebra. Los separados no tienen miedo de una adversidad objetiva: lo difícil que es unir dos familias, los costos económicos, el espacio y la vida común; sino que proyectan en una realidad adversa una dificultad interna, para cambiar, para dejar de ser los que una vez fueron, cuando fracasaron.

 

*Doctor en psicología y filosofía.