Por qué es figura mundial a los 39 años

El secreto de Messi

El fútbol de décadas atrás era considerablemente más permisivo con el juego brusco. La ausencia de cámaras en todos los sectores del estadio, un arbitraje mucho más vulnerable a las presiones, reglamentos menos protectores y una cultura futbolística que toleraba el contacto físico como parte natural del espectáculo hacían que los grandes talentos "cobraran" mucho más que hoy.

Lionel Messi Foto: CEDOC

El Departamento de Estadísticas de la FIFA elaboró un registro  aparentemente sencillo: cuántas faltas recibió cada una de las grandes figuras de los Mundiales desde 1974, primer torneo del que existen registros televisivos completos. Sin embargo, ese dato, combinado con una operación matemática elemental – dividir las infracciones por la cantidad de partidos disputados – revela mucho más que un simple ranking de golpes recibidos. Expone una diferencia esencial entre las dos mayores figuras argentinas de la historia y ayuda a explicar por qué Lionel Messi sigue siendo decisivo a los 39 años.

Maradona recibía prácticamente el doble de faltas que Messi: casi cuatro infracciones más por partido. Si esa diferencia se proyectara, con fines comparativos, sobre una carrera de 500 encuentros – aunque se tratara de competiciones distintas –, significaría que Diego habría soportado alrededor de 2.000 faltas más que Lionel. Ariel Ortega, el otro argentino que aparece en la estadística, ocupa un punto intermedio, aunque su caso responde a características diferentes que explicaré más adelante.

¿Qué nos dicen realmente estos números? ¿Pueden ayudarnos a descubrir virtudes y limitaciones de los dos mayores futbolistas argentinos de los últimos sesenta años?

Antes que nada, conviene poner la estadística en contexto. El fútbol de décadas atrás era considerablemente más permisivo con el juego brusco. La ausencia de cámaras en todos los sectores del estadio, un arbitraje mucho más vulnerable a las presiones, reglamentos menos protectores y una cultura futbolística que toleraba el contacto físico como parte natural del espectáculo hacían que los grandes talentos "cobraran" mucho más que hoy. Cuanto mejor era un jugador, mayor era la necesidad de detenerlo mediante infracciones.

Nadie simboliza mejor esa realidad que Pelé. No figura en esta estadística porque no existen registros completos de todos sus partidos mundialistas, pero basta recordar que en dos Copas del Mundo fue literalmente retirado de la competencia a golpes, en una época en la que ni siquiera existían sustituciones. Las lesiones provocadas por las faltas le impidieron disputar los encuentros siguientes.

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El fútbol actual protege mucho más a sus figuras. No solo porque el reglamento evolucionó, sino porque el negocio también cambió. Los grandes jugadores representan inversiones multimillonarias y preservar su integridad física pasó a ser prioridad: la ambición económica supera a la deportiva.

Con frecuencia se afirma que el futbolista moderno soporta un mayor desgaste porque disputa más partidos. Puede ser cierto en algunos casos, pero conviene relativizar esa idea. El Santos de Pelé, por ejemplo, realizaba giras de un mes durante las cuales llegaba a disputar cerca de setenta encuentros, recorría varios países y decenas de ciudades, acumulando miles de kilómetros en aviones, trenes y ómnibus que distaban mucho de ofrecer las comodidades actuales. El calendario exigente no nació en el siglo XXI.

Volvamos entonces a la comparación entre Messi y Maradona. Dejemos de lado a Ortega, cuya dimensión histórica, influencia colectiva y productividad ofensiva pertenecen a otra categoría. Ortega era un extraordinario gambeteador, pero muchas veces parecía jugar más para el lucimiento individual que para la eficacia del equipo. Incluso daba la impresión de prolongar algunas maniobras hasta provocar la infracción antes que resolverlas con una asistencia o un gol. Maradona y Messi, en cambio, fueron extraordinariamente productivos.

La primera conclusión parece evidente: Messi llegó como figura mundial a los 39 años porque recibió aproximadamente la mitad de las faltas que Maradona. Esa afirmación es objetivamente cierta. Diego sufrió muchas más lesiones a lo largo de su carrera e incluso padeció fracturas gravísimas, mientras que Messi, afortunadamente, nunca atravesó episodios de semejante magnitud. La acumulación de lesiones constituye uno de los factores que más condicionan la longevidad deportiva.

También podría argumentarse que las posiciones que ambos ocupaban en el campo favorecían esa diferencia. Maradona intervenía mucho más en la elaboración del juego: era el gran distribuidor de su equipo, el organizador permanente. Messi, en cambio, ha actuado durante buena parte de su carrera como receptor y finalizador de las jugadas. Además, al desenvolverse casi exclusivamente en funciones ofensivas, encontraba con mayor frecuencia la protección natural que el reglamento concede dentro y alrededor del área.

Hasta aquí, todos esos argumentos parecen favorecer la suerte de Messi por circunstancias externas. Sin embargo, existe otro factor que cambia por completo la interpretación de la estadística. Y ese factor habla exclusivamente de su talento.

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Si a Messi le cometieron muchas menos faltas no fue únicamente porque el fútbol moderno protege más al jugador. Fue, sobre todo, porque su explosión en los primeros metros le permitió evitar infinidad de golpes que otros recibían. Su primer pique elimina al marcador más cercano antes de que éste llegue siquiera a entrar en contacto físico. Esa diferencia es enorme.

Maradona poseía una capacidad extraordinaria para la gambeta, pero no tenía esa aceleración inicial. Diego construía su avance rodeando rivales mediante una sucesión de amagues, cambios de ritmo y variaciones de trayectoria. Los apilaba. Messi los traspasa. Leo, engaña y acelera simultáneamente. Cuando el defensor comprende la maniobra, el argentino ya pasó. Maradona sorteaba adversarios; Messi, muchas veces, los deja fuera de la jugada antes de que puedan siquiera tocarlo.

Es una diferencia sutil, casi imperceptible para quien no los haya observado durante cientos de partidos. Pero aparece una y otra vez. Y explica por qué uno conseguía escapar de muchos contactos que el otro inevitablemente debía soportar.

Ahí reside una virtud pocas veces mencionada. Salir ileso también es una cualidad futbolística. Recibir golpes no constituye un mérito; representa, en cierta medida, una limitación. Ningún gran jugador entra a una cancha para demostrar cuántas patadas puede soportar. Algunos futbolistas, como Ortega o Neymar, incluso terminan favoreciendo el contacto al prolongar innecesariamente determinadas jugadas. Maradona no buscaba esa situación, pero se exponía más a ella. Messi, por el contrario, convirtió el arte de evitar el golpe en una de sus mayores ventajas competitivas. Ese arte es el gran secreto de su longevidad en el techo de la magia.