Del éxtasis a la preocupación
Las transiciones son un interludio entre regímenes. Se inician con señales de ruptura en la élite gobernante e interpelan estructuras de poder, valores, instituciones del orden vigente. Su característica es la incertidumbre sobre quiénes liderarán el proceso, cuáles serán las nuevas reglas de juego, el rol de las FF.AA., la restauración de libertades y derechos y, principalmente, sobre si el proceso conducirá a una democratización definitiva.
Desde la intervención norteamericana en Venezuela se están dando distintas conversaciones. Por un lado, la detención de Nicolás Maduro marca un punto de inflexión y devuelve al país la esperanza de recuperar sus derechos y su libertad. Pero el país queda en manos de su vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y de dos de las figuras más poderosas del régimen: Vladimiro Padrino López y Diosdado Cabello. Así, el inicio abrupto y de origen externo de una posible transición, con una élite gobernante rígida y una oposición ausente podrían minar el camino hacia la reconstrucción democrática.
La historia indica que, aunque no podamos predecir el resultado final, es posible que las transiciones presenten tres escenarios posibles. Uno, que la transición llegue a buen puerto: el inicio de la democratización, cuyo hito principal es la supeditación de las FF.AA. al poder civil, el llamado a elecciones libres y competitivas, la restauración de derechos civiles y políticos, y el restablecimiento de las instituciones democráticas. Dos: estancamiento en la liberalización, con la incorporación de algunos rasgos democráticos que daría lugar a un régimen híbrido, mezcla de dictadura y democracia. Finalmente, el escenario menos deseado sería el fracaso de la transición y el recrudecimiento de la dictadura.
Otra conversación se centra en Donald Trump quien manifestó explícitamente que el interés principal de EE.UU. en Venezuela es recuperar la explotación petrolera de sus empresas y, en los días siguientes a la intervención, también expresó su interés en acompañar la transición. Así, el respaldo a Rodríguez puede leerse como un intento de transitar el cambio de forma moderada, pavimentando la transición, considerando que los dos líderes de la oposición, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, se encuentran en el exilio, lo cual dificulta la organización de la oposición en territorio venezolano e impide que se posicione como una alternativa clara de gobierno. Un traspaso drástico del poder a la oposición, sin negociaciones previas, podría dificultar el proceso. El riesgo de quedar a mitad de camino o de generar una regresión con mayor rigidez y coacción siguen presente.
En paralelo, la intervención de EE.UU. en la vida política de otro Estado pone en jaque a los organismos internacionales encargados de velar por la soberanía estatal a partir de las garantías que proclama el derecho internacional. Aunque Washington no haya dejado tropas en territorio venezolano el antecedente es problemático ya que puede deslegitimar el proceso de transición y refuerza la narrativa de un tutelaje externo. Esto abre una tensión inevitable: la necesidad de apoyo internacional para estabilizar el proceso sin que este sustituya la construcción de legitimidad doméstica.
Si Venezuela logra transformar el quiebre inicial en una reconstrucción institucional sostenida dependerá menos del gesto inaugural y más de la capacidad de los actores venezolanos para acordar una hoja de ruta mínima, con garantías creíbles y mecanismos de control recíproco. Sin ese pacto la incertidumbre propia de toda transición puede cristalizar en un régimen híbrido o derivar en regresión autoritaria. La ventana está abierta; el desenlace, sin embargo, sigue en disputa.
*PhD. Profesora de la Escuela de Gobierno de la Universidad Austral.