Dictadura es dictadura
Mientras algunos sectores que antes combatían a la dictadura de Maduro hoy se muestran más templados, Trump admite que Washington explota el petróleo venezolano y que planea seguir haciéndolo. El reciente terremoto que sacudió al país caribeño no hizo más que exponer las costuras de un régimen que gastó recursos en demagogia revolucionaria en lugar de prevención, que bloqueó la ayuda humanitaria y que priorizó esconder sus propios negocios antes que rescatar a las víctimas bajo los escombros. Una comparación con el gobierno talibán de Afganistán deja en evidencia que una dictadura, más allá de la ideología que invoque, sigue siendo una dictadura.
Algunos políticos y analistas que combatían a la dictadura de Nicolás Maduro, se han calmado desde que quedó en manos de los hermanos Delcy y Jorge Rodríguez, junto a Diosdado Cabello.
Esta actitud podría explicarse porque según Donald Trump, Washington se ha quedado con grandes cantidades de crudo de Venezuela, al punto de financiar con ese dinero la guerra contra Irán. Es optimista dice que en el país caribeño “la gente está feliz bailando en las calles” y que este es un negocio redondo tanto para el gobierno chavista como para el norteamericano.
En una entrevista con The New York Times, aseguró que su país podría gobernar Venezuela y explotar sus reservas petroleras durante mucho tiempo. Cuando se le consultó si eso significaba meses o años, se limitó a afirmar: “Diría que mucho más”. En sintonía, sus funcionarios anunciaron que Washington planea asumir de forma indefinida el control del petróleo venezolano.
Dentro del caos conceptual imperante, parecería que ahora se debe considerar a la dictadura caribeña como parte de la supuesta “ola de derecha” que avanza en el continente. Sin embargo, desde el análisis político clásico, una dictadura es una dictadura y no una democracia, más allá de a qué país entregue sus recursos naturales.
Las costuras de una democracia tutelada. El reciente terremoto que asoló a Venezuela dejó en evidencia las costuras de este sistema. Los colosales daños, el derrumbe masivo de edificios y las miles de víctimas, entre muertos y desaparecidos, son responsabilidad de la dictadura novelera. En su momento, el régimen malgastó los recursos nacionales para promover un proyecto revolucionario cantinflesco, y ahora los sigue utilizando irresponsablemente para financiar la política de Trump.
En Venezuela no existió la más mínima planificación para enfrentar una catástrofe de esta magnitud. Eventos sísmicos de iguales o peores características no han causado los mismos estragos en países más expuestos como México y Chile, simplemente porque sus gobiernos impidieron las construcciones irresponsables. La dictadura venezolana, en lugar de regularlas, las promovió para hacer demagogia.
Por otra parte, el chavismo impidió la llegada de asistencia humanitaria enviada por países, organismos internacionales y ONG consideradas progresistas. Los odia tanto como Trump. El gobierno norteamericano bloqueó el ingreso de María Corina Machado a suelo venezolano para evitar que desestabilizara al gobierno.
En las zonas afectadas, los familiares de las víctimas reclamaron a los pocos militares que se presentaron en el lugar, acusándolos de no brindar ayuda y limitarse a pasear sus armas. En cualquier país sensato, las Fuerzas Armadas lideran las operaciones de salvamento; sin embargo, las de Venezuela –las más numerosas del continente– no están para eso, sino para proteger el petróleo y los negocios del gobierno y sus nuevos jefes.
Diosdado Cabello incluso prohibió el acceso de los rescatistas a zonas de catástrofe en las que aún había sobrevivientes, porque eran lugares en los que el gobierno tenía negocios que quería ocultar. Las vidas de los venezolanos importaron poco frente al deseo de esconder los trapos sucios de la dictadura.
El espejo talibán. Una dictadura es eso, sin importar las creencias que invoquen sus gobernantes. Ya sean los ideales de una revolución socialista-trumpista o la religión, los totalitarios son siempre totalitarios.
Algunas de las escenas vividas en Venezuela recuerdan la actitud de los talibanes, el movimiento islámico fundamentalista que gobierna Afganistán desde 2021, tras derrotar a los norteamericanos. Los Taliban instauraron un gobierno que profesa una versión del islam basada en la tradición pastún y en ideas del wahabismo, introducidas en su momento por el saudí Osama bin Laden.
Bajo esa dictadura se ha prohibido la música, la fotografía y las películas que muestren a humanos u otros seres vivos. Además, se lapida a las mujeres adúlteras, a toda mujer se le prohíbe salir a la calle sin la supervisión de un hombre, y se asesina a minorías éticas y sexuales.
En 2021, recién inaugurado el régimen talibán, un terremoto sacudió el norte de Afganistán. Al igual que el gobierno de Venezuela, los talibanes bloquearon el aeropuerto de la capital para impedir la llegada de ayuda proveniente de países “pecadores” (es decir, casi todo el resto del mundo). La misoginia del grupo extremista los llevó incluso a rescatar solo a las víctimas varones, dejando morir a mujeres de cualquier edad entre los escombros.
Una cosa es el respeto por las religiones y los mitos de las distintas culturas, y otra muy diferente dejar de defender las instituciones, los derechos humanos y la diversidad propios de las democracias, más allá de las creencias de los gobernantes.
El respeto a la diversidad, a la libertad de expresión, a los derechos de las mujeres y de las minorías es fundamental, sin importar que los gobernantes de turno crean que es bueno aplastar a los demás en nombre de una revolución de cualquier tipo.
* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.
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