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Riesgos del modelo

Argentina puede pasar de la restricción externa a la enfermedad holandesa

El boom exportador de energía, minería y agro dispara el ingreso de dólares y empieza a mostrar el reverso de la moneda: el riesgo de que Argentina pase de la histórica restricción externa a un cuadro de enfermedad holandesa, con el peso fortalecido y la industria local perdiendo competitividad. El aporte de petróleo y minería saltó de US$ 6.900 a US$ 18.300 millones en solo dos años. Mientras el oficialismo lo celebra como síntoma de éxito, otros economistas advierten por el sobrendeudamiento y la necesidad de resguardar las reservas antes de dar la discusión por cerrada.

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Vincent Van Gas. | Pablo Temes

En la economía, como en la vida, casi que ya no queda nada por inventar. Y Argentina puede estar viviendo en estos tiempos una nueva edición histórica de un fenómeno que la ciencia de la escasez ha estudiado a discreción y que en la realidad se ha concebido en bastantes ocasiones. Quizá nunca en América Latina.

Y de ahí la originalidad. La reconversión del país en un estado netamente exportador, situación que se profundizará en los próximos cinco años, y quizá más allá también; estaría creando las condiciones de un nuevo ejemplo mundial de “Enfermedad Holandesa”. Definida como una situación de auge de un sector dominante (como la explotación de recursos naturales) que provoca la entrada masiva de divisas, fortaleciendo la moneda local y encareciendo al resto de las exportaciones que no aparecen en los rubros exitosos, lo que termina debilitando o destruyendo al resto de la industria nacional. En principio, la descripción breve y concreta de Argentina desde, aproximadamente, el último semestre del 2024.

¿Cómo se origina el problema? Primero se registra un auge exportador. El país en cuestión descubre o explora un recurso muy demandado, al que puede agregarse un poco de valor, para luego ser exportado a un precio importante. Aplica en general a alguno de estos bienes: gas, petróleo, minerales o productos agrícolas. Lo importante para el caso criollo, es que combina los cuatro.

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Siguiendo la explicación, al exportar el o los recursos a gran escala, ingresa una cantidad masiva de moneda extranjera (dólares, euros, etc.) a la economía; lo que comienza a provocar una apreciación de la moneda local por la abundancia de la oferta de divisas. Luego, en términos relativos y frente a la inflación, el peso aumenta su valor y se aprecia. Acto seguido comienza a apreciarse una pérdida de la competitividad, y los productos fabricados dentro del territorio local se vuelven artificialmente más caros para el resto del mundo y las importaciones más baratas. Comienza un decaimiento tradicional para la manufactura del país que incrementa sus exportaciones; lo que hace que los mercados comiencen a dar cuenta de la nueva estructura y actúen en consecuencia. Esto es, restringiendo el crédito para sectores que se perciben fuera de competencia y de un futuro. Finalmente, esas industrias locales tradicionales ya no pueden competir por los precios y comienzan a cerrar o reducir su producción.

El concepto fue acuñado por la revista The Economist en el año 1977.

El término surgió para describir la crisis que sufrieron los Países Bajos en la década de 1960 tras el descubrimiento de grandes yacimientos de gas natural en el Mar del Norte. El éxito y la venta del gas fortalecieron tanto al florín neerlandés que el resto de las exportaciones e industrias del país perdieron totalmente su competitividad. Industrias como la textil (legendaria en los primeros años de la posguerra neerlandesa), plásticos y un incipiente sector automotriz, directamente desaparecieron luego de los síntomas de la enfermedad. Pero, con el tiempo, aparecieron otras. Hoy Países Bajos es líder en servicios financieros, semiconductores, logística y transporte, química y energía.

Esta condición forma parte de la llamada “maldición de los recursos”, donde países ricos en materias primas terminan con un peor desarrollo económico general. Pero durante un tiempo. Para evitar esta enfermedad, los gobiernos suelen implementar mecanismos de control:

  • Fondos soberanos de inversión: retener parte de las ganancias extraordinarias en el extranjero o en fondos especiales para evitar que el exceso de dinero inunde la economía de golpe.
  • Diversificación económica: invertir los ingresos del sector en auge para desarrollar y fortalecer otras áreas productivas y tecnológicas del país.

En Argentina, el padecimiento de la enfermedad parecería estar comenzando. Y podría profundizarse en los próximos años. Las proyecciones alcanzan hasta el 2031, y hablan de divisas superando los US$ 100.000 millones en poco tiempo. La situación es analizada por la Fundación Mediterránea en el artículo “El agro sigue liderando la generación de divisas, pero petróleo y minería acortan la distancia” presentado en sociedad el viernes y firmado por los economistas Juan Manuel Garzón y Franco Artusso. Allí se mensura que en los doce meses terminados en abril de 2026, las actividades agropecuarias y la elaboración de productos alimenticios registraron un aporte neto de divisas al mercado de cambios cercano a US$ 36.900 millones; y que, por su parte, el agregado de minas y canteras, que incluye petróleo, gas y minería metalífera, aportó alrededor de US$ 18.300 millones. Lo nuevo es que en los últimos dos años, el aporte de este sector aumentó desde menos de US$ 6.900 millones hasta más de US$ 18.300 millones; mejora vinculada a la expansión de la producción de petróleo y gas, el desarrollo de Vaca Muerta, el aumento de las exportaciones energéticas y la reducción de las necesidades de importación del sector.

Con esta velocidad de crecimiento de las ventas energéticas y mineras al exterior, en poco tiempo se habrán alcanzado los US$ 70.000 millones en conjunto con las ventas del sector primario y primario industrializado. Y, luego, dentro de unos cinco años, solo contabilizando ambos rubros, se llegarían a los US$ 100.000 millones anuales. Y en crecimiento. En definitiva, Argentina eliminaría pronto el problema de la restricción externa de divisas y comenzaría una etapa de superávit comercial consolidado por arriba de los US$ 25.000 millones anuales. Cuando eso ocurra, de continuar la estructura actual de la economía real y el dólar por debajo de la inflación anual acumulada, la enfermedad holandesa estaría tocando el timbre de la producción manufacturera local.

Dentro del gremio de los economistas, más específicamente entre los libertarios, no hay consenso. Incluso, los más cercanos al presidente Javier Milei y a su ministro de Economía, Luis “Toto” Caputo, hablan de la necesidad de no tomar el concepto como algo malo, sino como una consecuencia positiva. Especialmente para el mediano y largo plazo. Y que ninguno de los problemas que eventualmente genere es superior en calidad e importancia a las ventajas de semejante éxito.

Ponen además el énfasis en el tiempo en que se logró comenzar a hablar del problema del eventual exceso en el ingreso de divisas, a solo un año y medio de iniciada la gestión mileísta. Economistas que militan en el conservadurismo, hablan de un problema local que debe tenerse en cuenta: el sobrendeudamiento. Y la convicción que las divisas que ingresen se redirijan hacia los pagos de vencimientos con privados o el FMI. O a garantizar dentro de las reservas del Banco Central que esos eventuales pagos estarán seguros.

Y así y solo así, podría recurrirse al mercado.