Días atrás, un aliade de los medios y la política fue escrachado en redes. No voy a particularizar, porque si hay algo que caracteriza a esta figura social, es la falta de particularidad. A diferencia de las feministas, que vienen en diversos colores, talles y precios, sosteniendo debates internos, respondiendo a ideologías a veces contrapuestas y buscando el intercambio con el resto de la sociedad, estos hombres exhiben, en su vida pública, menos libre albedrío que un robot.
Implicados en una cruzada que no concibieron, no saben qué decir sin un ventrílocuo. A veces intentan destacar inculpándose por pecados que presuntamente no cometieron. Pero cada vez que uno es descubierto como un falsario, un okupa dentro de un movimiento que se toma mucho más en serio a sí mismo que él (con plausibles razones que van desde el recorrido histórico, la financiación o el acopio de referentes globales, hasta el poder de implementar políticas o gestionar leyes, todas cosas que el aliade ve desde afuera, la ñata contra el vidrio, en un azul frío como su pecho), la futilidad de su presencia se hace patente.
Sin ser feminista, aunque al tanto del peso concreto del feminismo, creo que habría que sacárselos de encima con la indolencia que se adopta al tirar papel mojado a un tacho. No suman en la diaria más que haciendo bulto, y tampoco a la larga.
Desconozco si incorporarlos fue estrategia o azar, pero la cantidad de bajas en sus filas alcanza para darles el olivo (hago la asociación con la quinta presidencial y Alberto Fernández entre paréntesis para aminorar el facilismo). Cuando el machirulo interior de un aliade se viraliza, el daño reverbera como un gong y caen acusaciones de estupidez o complicidad sobre mujeres que fueron sus amigas, corriendo el foco de él. Si hasta sacarse una foto con uno puede resultar incriminador.
Otra opción sería testear exhaustivamente a los tipos que quieran participar, pedir prontuarios, someterlos a pruebas interdisciplinarias y riesgosas, o a una burocracia abyecta que los desgaste al punto de no dejarles ni un átomo de energía para joder a nadie.
Y si esto suena inviable o muy vigilante (sabemos que el feminismo no necesita más fama de policía), habrá que pensar en una nueva figura, reconvertir al aliade en algo verdaderamente operativo, con un rango de movimiento mayor, con nuevas funciones, obligaciones e incluso derechos. O de última asignarles un papel como el Mr. Músculo, que aun con su parodia chacotona de lo viril, sirve para algo.