En un lugar de la cancha, de cuyo punto exacto no puedo acordarme, estaba como observador mirando un picado entre un grupo de deportistas noveles que participaban de un reality de fútbol en el que yo fungía como sedicente guionista. Miraba o más bien admiraba las piruetas, los frenos, los pases, los amagues, los piques, los cabezazos, y sus destrezas me evocaron una formulación acerca de las posibilidades del arte combinatorio: puesto un mono durante un tiempo infinito frente a un piano, en algún momento, necesariamente, tocará una obra de Bach. Mi recuerdo era melancólico, desde ya: pensaba que ni en infinitos universos de tiempos infinitos y dotado de la gracia de infinitas vidas podría yo hilvanar una sola de las magníficas maniobras de los jóvenes dioses de aquel juego, y con tanta hondura melancólica lo estaba pensando desde mi triste destino de tronco diplomado, justo cuando se me acercó un destacadísimo ex jugador hoy extinto que participaba del programa y me dijo: “Che, Daniel, ¿no se puede hacer algo con estos?”. “¿Qué? ¿Por qué?”, le pregunté. Mi interlocutor ni se molestó en contestar, limitándose a una mueca de costado.
En algún modesto ensayo de un modesto libro acerca de no sé qué modesto asunto, un modesto ensayista recordaba que en las teogonías gnósticas el imperfectísimo mundo que habitamos fue creado por Sofía, la última diosa, la de la cola en la parada del colectivo, cuya fracción de divinidad tiende a cero. Ese mismo vértigo escalafonario me asaltó y me humilló al escuchar de labios de un entendido, un supremo del fútbol que había sabido enfrentar a O rey Pelé, que lo mío era como maravillarme ante un espectáculo precario. El fútbol, bien o mal jugado, maravilla hasta a los que no entendemos nada. Con su rasgo de negocio de eclosión cuatrianual a escala planetaria genera la falta y aumenta la ansiedad, estimula una demanda que captura hasta a los desinteresados, produce una ilusión de hermandad o de enemistad, despierta pasiones insensatas, goces y lamentos, sobre todo porque en lo real no se nos juega nada, salvo esa ilusión salvacionista, en la que daríamos la vida por eludir a dos, tres, cuatro, cinco contrarios, y meter la pelota entre los tres palos.