El 2027 llegó hace rato
La dirigencia y el poder económico aceleran la campaña en medio de dudas sobre la economía y la sostenibilidad del modelo de Milei.
Con pasmosa normalidad, gran parte de la dirigencia argentina ha decidido abrazar la anticipación prematura y distorsiva de la campaña presidencial, cuando apenas arranca el inicio del último trimestre 2026 y resta un año para el comicio.
Cada protagonista o sector encuentra abundantes razones para justificar semejante ansiedad, que atraviesa de manera horizontal al oficialismo, a los aliados, a los opositores y al poder económico.
Se podría entender mejor esta aceleración en la clase política, cuya energía vital parece concentrarse en muchas ocasiones más en ganar elecciones que en llevar a cabo buenas gestiones, en el nivel que fuera (nacional, provincial o municipal).
Gran parte de la dirigencia política empezó la campaña cuando resta un año para el comicio
Resulta curioso que esta avidez se haya expandido tanto, a esta altura, en los ámbitos de la economía y las finanzas. Al menos es lo que se puso de manifiesto en diferentes eventos que se desarrollaron en los últimos días en Nueva York, París y Mar del Plata. La Matanza queda para cuando haya que ir a buscar votos.
En esas tres ciudades, oficialistas, dialoguistas y opositores fueron examinados cara a cara por el establishment global y local. El objetivo: testear la sostenibilidad del modelo económico implantado por Javier Milei.
Especialmente en el exterior, la preocupación obedece a una mera cuestión de interés. Empresas, bancos y fondos financieros se tientan con apostar a invertir en áreas muy dinámicas del país (energía y minerales, sobre todo) al amparo de los beneficios impositivos duraderos del RIGI.
Por eso se suceden, como en la Argentina Week de esta semana en Francia, sucesivos anuncios de inversiones multimillonarias. Hasta que muchos desembolsos comienzan a ejecutarse, se abre una ventana de tiempo que excede a diciembre de 2027, cuando finaliza el mandato inicial de Milei, quien repitió que irá por la reelección.
Los interrogantes se abren tanto por el pasado como por el presente. La histórica inestabilidad económica argentina poco contribuye a despertar confianza. De las hiperinflaciones a la convertibilidad, el 2001, los defaults, privatizaciones, estatizaciones, nuevos impuestos… La lista de desatinos es demasiado extensa.
Los anuncios de inversiones siempre traen interrogantes, por los desatinos pasados y las vicisitudes del presente
A ese prontuario se le agregan vicisitudes del presente. La política económica del Gobierno –basada en un programa de estabilización, ajuste fiscal y apertura de la economía– alienta las exportaciones y perjudica el mercado interno, especialmente en sectores que demandan mano de obra como construcción, industria y comercio. Eso puede explicar la caída de la imagen presidencial, según los números que consume el propio mileísmo.
La preocupación del círculo rojo, que adhiere mayoritariamente al modelo actual, adquiere una doble dimensión. Por un lado, se pregunta cuál va a ser la tolerancia social ante los problemas económicos, cuando llegue el momento de ir a votar. Temen que la reelección diste de estar asegurada, máxime cuando desde espacios insospechados de oposición, como JPMorgan, advierten sobre los riesgos de recesión.
Se dispara entonces el segundo interrogante, centrado en si una derrota de Milei implica un nuevo cambio en las reglas de juego. Ambas inquietudes se esparcen como una mancha de aceite en el poder económico, que como reacción inicial ingresó en una suerte de modo pausa.
Pocos se animan a hacer públicas estas dudas. Pero, llamativamente, esta semana hubo tres casos muy notables:
- “Los inversores internacionales miran a los locales. Si el que tiene más información no invierte, ¿por qué debería venir inversión desde afuera?”, planteó en el Coloquio de Idea el ejecutivo argentino Pablo Goldberg, director de Research y Portfolio Manager de Deuda de Mercados Emergentes del gigante financiero BlackRock.
- En ese mismo evento empresario en Mar del Plata, caracterizado cada año por surfear para donde lleva la ola, la senadora oficialista Patricia Bullrich volvió a reclamar que los resultados económicos lleguen a la sociedad: “No podemos tener la industria caída, la construcción caída, el comercio caído y, por otro lado, algunas economías del país, como los hidrocarburos, la pesca, el agro, la minería, en porcentajes de crecimiento muy elevados. Tenemos que compatibilizar, que los cambios realizados comiencen a verificarse en cada familia, que haya una economía familiar más amable”.
- “Es importante garantizar que el crecimiento –que hasta ahora se ha concentrado fuertemente en los sectores de energía, minería y agricultura– se amplíe y se distribuya de manera más uniforme tanto en los demás sectores de la economía como entre los trabajadores”, señaló el jueves en Washington la vocera del FMI, Julie Kozack, tras la nueva misión del organismo en Buenos Aires.
A los reclamos, Milei respondió con su instrumental habitual. Autoelogios al proceso económico, promesas de récords en 2028 si es reelecto y agitación del “riesgo kuka”, personificado en la figura de Axel Kicillof.
El gobernador bonaerense, que aspira a ser candidato natural del peronismo en una coalición ampliada, intentó mostrarse confiable en Nueva York, aunque fue demoledor con la economía mileísta: “Es una catástrofe, no un milagro”. Sería milagroso que esa mirada genere apoyo en el mundo de los negocios tanto como que el cristinismo lo dejara de horadar.
Al tren de las extravagancias pareció subirse en las últimas horas el diputado y ex presidente de la UCR, Martín Lousteau, al llamar a la formación de un amplio frente anti-Milei al “que vengan Cristina (Kirchner), (Myriam) Bregman, los del PRO, todos”. En fin.
En una “Argentina herida, que duele”, como describió el viernes último el arzobispo porteño Jorge García Cuerva, la política insiste en recrear el juego que peor juega y más le gusta: el 2027 llegó hace rato. Y todo lo que falta.