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El dilema de los jeans: Un discurso moralmente injusto

Davos. Se desvió la atención de lo importante: la concepción de lo que es justo. Foto: AFP

Me llamó la atención que gran parte de la crítica al discurso de Javier Milei en Davos se concentrara en su frase provocadora: “Maquiavelo ha muerto”. Ocupó titulares, pero desvió la atención del punto verdaderamente relevante: su concepción de lo que es justo. Milei sostiene que el capitalismo liberal es el único sistema moralmente legítimo porque parte de individuos libres que interactúan voluntariamente. Si cada persona nace libre, cualquier resultado del mercado sería justo por definición. Pero esta premisa, presentada como evidente, es teóricamente frágil y empíricamente insostenible.

Aunque Milei se presenta como defensor del liberalismo clásico, su argumentación moral corresponde al libertarianismo extremo. La tradición liberal reconoce la necesidad de instituciones que garanticen igualdad de oportunidades; él, en cambio, reduce la Justicia al respeto absoluto de la propiedad y convierte al mercado en árbitro moral suficiente. 

La idea de que todos nacemos libres no describe la realidad social. Rousseau lo advirtió hace siglos: “El hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”. Nadie elige su familia, su capital cultural, su salud inicial ni el barrio donde crece. Si esas condiciones determinan en gran medida nuestras oportunidades, entonces no puede afirmarse que todos partimos desde un punto de libertad equivalente. En síntesis: si la libertad es desigual desde el origen, los resultados del mercado no pueden considerarse justos.

La evidencia empírica refuerza este punto. En las últimas décadas, la concentración de riqueza aumentó incluso en países con mercados altamente competitivos. La movilidad social también se deterioró. En Estados Unidos, la probabilidad de ascenso social es hoy menor que en varios países europeos con mayor intervención estatal, como Dinamarca, Noruega, Finlandia, Suecia, los Países Bajos, Si el mercado premiara estrictamente el mérito, estas tendencias serían inexplicables. El mismo Trump está buscando generar una fuerte intervención estatal.  

El mercado puede maximizar beneficios, pero no puede garantizar igualdad de oportunidades. La libertad solo es plena cuando todos tienen condiciones reales para ejercerla. Y eso no surge espontáneamente del mercado.

Esta discusión es especialmente relevante cuando el mileísmo impulsa una apertura indiscriminada de la economía bajo la premisa de que ello generará crecimiento y empleo. Nos encontramos con frases increíbles, como “¿qué tendrá que ver comprar un jean importado con la pérdida de fuentes de trabajo?”. No hace falta ser economista para entenderlo: si compramos un jean importado, ese jean no será comprado a un productor local; y si todos hacemos lo mismo, dejará de haber producción local de jeans y trabajadores que los fabriquen y los vendan. Nos dicen que si cierra una fábrica se abrirán otras porque “el mercado equilibra”. No está sucediendo.

Claro que existen problemas de costos internos que encarecen el producto local y deben resolverse. Pero también hay intervenciones del Gobierno sobre el dólar y una economía en cuasirrecesión. A esto se suma la decisión de no medir la inflación con la canasta de consumo actual. Detrás del argumento de que “esperan la desinflación” se esconde el temor de que, con el incremento de tarifas, los índices diverjan. El Gobierno tiene ahora un doble problema. Los consumidores nunca se manejaron por los Indicadores del Indec sino por la sensación termica de su bolsillo la que actualmente  no es buena ,y los mercados sospechan del ocultamiento estadístico. Como advirtió Ricardo Arriazu: “Si abrís la economía indiscriminadamente, la destrucción es mucho más rápida que la construcción.” Es aquí donde estamos parados.

*Consultor y analista político.