El aforismo resultó un formato más que propicio para los románticos alemanes, dada su predilección estética por el fragmento y lo fragmentario. No sorprende que, un siglo después, otro alemán, Theodor Adorno, receloso de la totalidad en tanto que tal, se haya valido de aforismos en Minima moralia. Quien buscara contundencia (como por ejemplo, Friedrich Nietzsche) o el filo de la agudeza (como por ejemplo, Karl Kraus) recurría acertadamente al aforismo. César Aira señaló por su parte la relación existente entre Voces de Antonio Porchia y la poesía de Alejandra Pïzarnik. Quienes suponen que no existe otro criterio de validez en el arte más que el del éxito comercial (algunos de los que piensan así hoy ocupan peligrosamente puestos de poder en el Estado) bien pueden remitirse a los volúmenes de José Narosky.
El género aforístico pudo tener algo así como un resurgimiento con la instrumentación de Twitter, y de hecho prosperó allí, en cierta medida, el ejercicio del ingenio verbal con límites de extensión acotados. Pero la rabiosa compulsión al insulto, los aprietes de matones vocacionales, la diseminación general de mentiras y las provocaciones del adolescentismo tardío le disputaron fuertemente el espacio, y hoy los mejores recursos del aforismo se encuentran en X más bien escasamente.
A cambio, y para mal, una fuerte tendencia se impone: el recorte de frases sueltas, como si no lo fueran. Y no sueltas del contexto, como suele decirse, sino del texto al que pertenecen. No son aforismos, aunque puedan parecerlo bajo un primer golpe de vista; pero se las lee como si fuesen expresiones completas, y no citas extractadas de un párrafo que hace a su sentido o respuestas desligadas de la pregunta a la que contestaron. Por efecto de este tronchamiento, al que agrava la extendida costumbre de comentar encendidamente notas o entrevistas de las que no se ha leído más que el título, cunden cada vez más los malentendidos: se entiende primero cualquier cosa y se dice cualquier cosa a continuación. El efecto de proliferación puede llegar a ser ciertamente vertiginoso, y acaso deprimente.