El nuevo socio de América Latina en crisis
Europa puede defenderse sola o está estructuralmente condenada a depender este enigma adquiere hoy es tema central en la geopolítica internacional. El reciente acuerdo estratégico y comercial entre la Unión Europea y América Latina, lejos de cerrar el debate, lo profundiza. No porque el acuerdo carezca de relevancia, sino porque expone con claridad una crisis de coherencia estratégica que atraviesa al proyecto europeo.
Europa puede defenderse sola o está estructuralmente condenada a depender es el tema central en la geopolítica internacional. El reciente acuerdo estratégico y comercial entre la Unión Europea y América Latina, lejos de cerrar el debate, lo profundiza. No porque el acuerdo carezca de relevancia, sino porque expone con claridad una crisis de coherencia estratégica que atraviesa al proyecto europeo
En el plano discursivo, el acercamiento a América Latina se presenta como una señal de diversificación y autonomía: nuevos socios, acceso a recursos estratégicos, alimentos, energía y una mayor proyección global. Sin embargo, en el plano real del poder, el acuerdo no altera el núcleo del problema. Europa amplía su red económica, pero no redefine su posición estratégica. Firma tratados, pero no consolida poder. Regula los mercados, pero evita asumir los costos políticos de una autonomía efectiva.
Esta contradicción se vuelve aún más evidente cuando se observa el corazón del acuerdo. El tratado UE–Mercosur se presenta como un entendimiento entre bloques, pero cada país deberá negociar bilateralmente con la Unión Europea una vez que el acuerdo marco sea aprobado por los respectivos congresos. Esto no es un detalle meramente técnico: revela una lógica estructural. La UE funciona como marco normativo común, pero delega la implementación en negociaciones país por país, renunciando a convertir el acuerdo en una verdadera herramienta de poder colectivo. El resultado es un bloque fuerte en reglas, pero débil en acción estratégica unificada.
La autonomía internacional no se mide por la cantidad de tratados firmados, sino por la capacidad de sostener decisiones propias en contextos adversos. Europa continúa siendo una potencia normativa en un sistema internacional que ha vuelto a privilegiar a las potencias operativas.
La reacción europea frente a la narrativa y las decisiones de Donald Trump ilustra esta ambigüedad. Cuando Giorgia Meloni sostiene que Trump “comunicó mal” y que “no quiere un ataque por Groenlandia”, no está interpretando un mensaje: está neutralizando un conflicto potencial. No se trata de ingenuidad ni de alineamiento ideológico, sino de una estrategia defensiva orientada a evitar una definición que Europa aún no está dispuesta o no puede asumir.
La Unión Europea es dependiente en materia de seguridad de la OTAN (EEUU). En ese contexto, suavizar el discurso no expresa convicción, sino reconocimiento implícito de la relación de fuerzas.
El cierre de filas de la derecha europea completa este cuadro. Soberanista en el plano interno y crítica del poder regulatorio de Bruselas, esa misma derecha se muestra cauta frente a Washington. Disputar el poder normativo europeo es relativamente barato; disputar el poder estratégico de Estados Unidos resulta costoso.
El acuerdo con América Latina, en este contexto, opera más como un gesto de exhibición de fuerza que como una ruptura real. Europa muestra que crece ampliando márgenes económicos mientras continúa administrando su dependencia en seguridad, defensa y energía, en un entorno internacional donde actores como Rusia han demostrado cómo el poder energético puede transformarse en herramienta geopolítica. En esos sectores clave, Europa sigue siendo muy vulnerable.
Europa atraviesa, así, una crisis de posición histórica. Actúa como actor global en los mercados, pero como actor secundario en el tablero geopolítico. Se percibe autónoma mientras practica alineamiento. Puede defenderse, puede diversificar socios y puede negociar acuerdos globales.
Lo que aún no decide es si está dispuesta a asumir el costo político, económico y estratégico de dejar de administrar su dependencia de Estados Unidos.
De persistir esta lógica, no estaríamos ante un liderazgo en retroceso abrupto, sino frente a una gestión elegante del declive.
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