Eso que la reforma laboral ignora
Quedarán pendientes esas respuestas que rodean al humano: ¿para qué trabajamos?
Si se les preguntara a todas las personas que trabajan para qué lo hacen es posible que el 90% de ellas, o más, coincidiera en la respuesta: “Para ganarme la vida”. Cuando la única finalidad del oficio, la tarea o la profesión que alguien ejerce se reduce a lo que dice esa respuesta, las personas se convierten en simples piezas de una enorme maquinaria destinada a mantener funcionando un determinado sistema económico y social que en el mundo occidental se llama capitalismo y fue adoptando diferentes modalidades, desde el capitalismo productivo inicial, a la salida de la Revolución Industrial en la segunda mitad del siglo XVIII, hasta el financiero y de plataformas en la actualidad. La mayoría de las piezas de una máquina son iguales entre sí y fácilmente descartables y reemplazables (mucho más a partir de la obsolescencia programada, fenómeno que afecta a casi todos los artefactos que hoy usamos). Otras son más específicas, y caras, y unas pocas, y decisivas, resultan insustituibles.
En el sistema mencionado la gran mayoría de piezas (es decir, personas que trabajan) son perecederas, descartables, reemplazables y se procura que resulten cada vez más baratas. El espíritu de la meneada reforma laboral que se discute en estos días, y que es objeto de variadas negociaciones y transas políticas, económicas y sindicales, reside ahí. Se lo disfraza y maquilla con diferentes discursos y ropajes, pero reside ahí. Mucho más allá de lo meramente político y coyuntural hay en el tema algo que excede al país y a la situación y tiene que ver con lo que es hoy el trabajo en la vida de las personas. Un medio de subsistencia que, al margen de su alta o baja contraprestación económica, las convierte en simples objetos. El humano es un ser transformador por naturaleza y el trabajo es una de las vías esenciales a través de las cuales puede expresar su potencial creativo, puede explorar el sentido de su vida, puede dejar una huella de su existencia, puede poner en acto sus valores, puede construir encuentros y vínculos con el otro y puede consagrarse como un ser social. Cuando es reducido a simple pieza de una maquinaria cuyos operadores solo esperan de él los menores costos y la máxima rentabilidad todo aquel sentido trascendente del trabajo se esfuma y las largas y muchas horas que una persona dedica a “ganarse la vida” (más de un tercio del tiempo de su existencia, del tiempo que puede brindar a sus vínculos cercanos, queridos e importantes, del tiempo disponible para necesidades espirituales y vocaciones postergadas) terminan devolviéndole una vida apenas vegetativa, vacía de sentido.
Gobiernos que son simples oficinas gerenciales del capital más concentrado y poderoso, sindicalistas que traicionan a sus representados a cambio de botines personales, políticos, legisladores y abogados laboralistas que actúan como aves de rapiña completan el elenco de quienes terminan de vaciar al trabajo humano de su esencial condición de fuente de sentido existencial. Esto, por supuesto, escapa a la comprensión de quienes proponen, discuten y negocian (de un lado y otro del mostrador de las prebendas) reformas laborales. Para ellos es esperanto puro. Mientras tanto, con o sin reforma (el toma y daca dirá qué y cuanto se negocia y se transforma) en una economía anémica, estancada y de beneficios para pocos, a la maquinaria se le seguirán cayendo piezas. A las que queden se las ajustará al máximo para extraerles el mayor rendimiento posible antes del remplazo o el descarte, y quedarán pendientes respuestas más profundas y trascendentes que la mera supervivencia para la pregunta que rodea al humano en tanto Homo laborans: ¿para qué trabajamos? Esto no lo responde la reforma laboral.
*Escritor y periodista.