COLUMNISTAS
El nuevo feudalismo

Cómo extremar el arte de la genuflexión

Trump no solo lanzó el Board of Peace: se adjudicó el triunfo electoral de Milei y perfeccionó el vínculo de subordinación. Legitimidad internacional a cambio de alineamiento.

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El empleado de la década... | Pablo Temes

En la liturgia política de Donald Trump los elogios nunca son gratuitos. En la apertura del Board of Peace, en Washington DC, el pasado jueves 19, el presidente norteamericano no solo lanzó una iniciativa diplomática con ambición global, probablemente destinada a colapsar a la ONU. También construyó una escena. Y en esa escena, Javier Milei ocupó un lugar preciso, destacado.

“Lo apoyé cuando estaba un poco atrás en las encuestas. Y terminó ganando de manera aplastante”, dijo Trump, mirando al presidente argentino como quien exhibe un trofeo propio. La frase no fue un arrebato espontáneo. Fue una apropiación: la atribución pública de una victoria ajena. “Milei, te hicimos ganar, ahora sos nuestro, un vasallo de mi corte”. No lo dijo así, pero sí se entendió de esa manera.

“No se supone que deba apoyar gente, pero lo hago cuando la gente me gusta”, dijo Trump. “Tengo muy buenos antecedentes de apoyar candidatos en EE.UU., pero ahora apoyo líderes extranjeros. Apoyé a (Victor) Orban y a este caballero Milei, que estaba un poco detrás en las encuestas, pero terminó ganando en forma aplastante”.

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Milei agradeció. Habló de principios, de arquitectura institucional para sostener la paz, ofreció cooperación humanitaria, y se comprometió a enviar a los Cascos Blancos para mitigar la masacre de Gaza. Milei no recogió la frase del triunfo electoral, pero tampoco la desactivó.

Si se la observa con los lentes de Johan Huizinga, autor de El otoño de la Edad Media, la escena adquiere una densidad histórica particular. Huizinga describía la cultura política del final medieval como un universo saturado de símbolos y ceremonias donde el poder se ejercía a través de vínculos personales de fidelidad. El señor otorgaba protección y reconocimiento; el vasallo respondía con lealtad pública.

En Washington no hubo arrodillamientos ni espadas del Medioevo, pero sí algo reconocible en ese lenguaje: el líder central proclamando, el aliado asintiendo. Señor y vasallo. El señor moderno concede legitimidad internacional, que en la era de la política-espectáculo cotiza como el oro.

Sin embargo, la comparación no se agota en la metáfora medieval. Existe una categoría contemporánea que dialoga con esa escena: el neovasallaje o neofeudalismo, concepto que describe una dependencia casi total en el capitalismo del siglo XXI.

En el terreno económico, el llamado tecnofeudalismo identifica a los “señores” como dueños de plataformas globales –como Amazon, Google o Meta Platforms– que controlan infraestructuras esenciales y extraen renta por el acceso. El poder ya no proviene solo de producir bienes, sino de administrar entradas y salidas y cobrar peaje en la nube.

Si lo lleváramos al plano geopolítico, el esquema se vuelve similar y muy inquietante. Los Estados periféricos dependen de financiamiento, tecnología, respaldo diplomático o protección estratégica provistos por una potencia central. A cambio, ceden márgenes de autonomía, como con el RIGI o la base militar norteamericana en el vértice más austral de la Argentina.

En este esquema no hay ocupación formal o territorial, como sucedía con el expansión colonialista en los siglos XVIII y XIX, pero sí soberanía fragmentada. No hay feudo agrícola, pero sí dependencia estructural o tecnologica. ¿Sería demasiado exagerar si decimos que las últimas elecciones parlamentarias las ganó Scott Bessent con su aporte virtual de 20 mil millones de dólares para tapar la inconsistencia económica de Milei?

Cuando Trump se adjudica la victoria libertaria de octubre, inscribe a la Argentina en ese esquema. La validación externa funciona como investidura; el alineamiento político, como contraprestación. Milei ofreció cooperación, reafirmó su sintonía ideológica y puso recursos argentinos a disposición de una agenda internacional definida en Washington. Es un intercambio asimétrico: reconocimiento por fidelidad.

El escenario elegido tampoco es neutro. El Board of Peace se presentó como foro destinado a intervenir en conflictos como la invasión a Gaza. Allí resuena la advertencia del historiador italiano Enzo Traverso, quien en Gaza ante la historia sostiene que el drama actual no puede reducirse a un episodio aislado, sino que debe inscribirse en una larga historia de desposesión y colonialismo. Traverso cuestiona la narrativa occidental que presenta a Israel como “isla democrática” sitiada por la barbarie y advierte sobre la instrumentalización de la memoria del Holocausto como legitimación automática de políticas presentes.

Su señalamiento es ético antes que retórico: cuando en nombre de la memoria se convierte en escudo incuestionable, el debate se clausura.

Huizinga observaba que, en el ocaso medieval, la política se teatralizaba para sostener un orden que comenzaba a fisurarse. El neofeudalismo contemporáneo parece repetir esa lógica bajo nuevas formas.

El Board of Peace nació como plataforma diplomática. Su debut dejó otra imagen: la del poder central que proclama y el aliado periférico que asiente. No es un vasallaje con castillos ni armaduras. Es uno acorde al siglo XXI: mediático, financiero, tecnológico.