La cebolla Don Quijote
Siempre quise dejar por escrito, o intentar escribir la cebolla Don Quijote. Las capas y capas de narradores, los afueras y adentros, la magia inasible de una novela que impulsa a vivir. No solo por la historia que cuenta –el elogio de la libertad y del ridículo, la amistad y la audacia–, sino justamente por su manera de convertirnos en personajes sin que nos demos cuenta. Suele llamársela “primera novela moderna” y seguramente sigue siéndola. Mi sorpresa fue encontrarme con cientos de personas queriendo leerla. Y por primera vez. De 1605 a 2026.
Antes de empezar, a Cervantes lo dejamos afuera, es el escritor. Dentro de la novela, hay varios personajes que hacen de autor. El que nos cuenta la historia es el “segundo autor”, también autoproclamado en el ficcional prólogo: “aunque parezco el padre, soy padrastro de Don Quijote”. Este segundo autor se nos dirige a nosotros, sus lectores, y comparte lo que Borges llamaría “la desesperación del escritor”, la imposibilidad de seguir contando la historia en el capítulo VIII. ¿Por qué no puede continuar? ¿Es un bloqueo? ¡No! Pide incluso disculpas por no saber cómo proseguir, dado que efectivamente perdió el hilo de la historia. Entonces en el capítulo IX, nuestro amigo, “el segundo autor”, dando vueltas por Alcaná de Toledo, o sea, por fuera del escenario donde dejó a Don Quijote, pero dentro de la novela de Cervantes, acude a una feria de libros usados –cartapacios del siglo XVII– y resulta que se encuentra con un joven lector que se esta riendo a carcajadas, mientras exclama en voz alta “¡Dulcinea del Toboso!” Obviamente, el segundo autor queda azorado y le pregunta qué está leyendo. Y entonces advierte que es nada menos que la continuación de lo que él estaba narrando. ¡Pero escrito en árabe! Recién en el capítulo IX, nos enteramos de que el “primer autor” (el padre) de Don Quijote, es un árabe llamado Cide Hamete Benengeli (por si no quedó claro, inventado por Cervantes). A partir de este capítulo comenzamos a leer una novela que en realidad (o sea, en la ficción…) es la traducción que realiza el joven moro para nuestro “segundo autor”, así éste puede seguir escribiendo la historia.
Ahora yo no puedo seguir, se acabó la columna. Y recién empecé con las primeras capas...