Los periodistas del 24 de marzo
Creo que muchos intuimos que la profunda ola mundial de malestar está gestando algo nuevo en el mundo pero no sabemos si será una monstruosidad política o una renovación democrática.
Pero, ¿qué tiene que ver el periodismo con esas caídas a un abismo moral? Nosotros tenemos una experiencia de la que aprender, ¿qué pasó con los periodistas el 24 de marzo de 1976?
EL INFIERNO
A la 1.15 de la mañana del 24 de marzo de 1976, un capitán de fragata dijo a los cronistas de la Casa Rosada que no usen los teléfonos, ni difundan ningún tipo de versión pues “se pueden ocasionar graves daños”. A las 3.21, salió la proclama militar.
Entre tantos, en esas horas secuestraron a dos editores. En Mendoza, a Antonio Di Benedetto, subdirector del diario Los Andes, uno de los mejores escritores argentinos. La violencia represiva en esa provincia previa al golpe era informada por Di Benedetto, por lo que cuando llegó el golpe fueron a buscarlo.
—Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permita, decía el autor de la novela Zama.
Después de pasar varios años en mazmorras de Mendoza y La Plata empezó a escribir un libro del que no sé si sus borradores existen que se iba a llamar Peligroso ser periodista. Fue liberado y en las entrevistas posteriores estaba triste, como quebrado, lloraba casi siempre.
“Creo que el problema empezó dentro del diario donde yo trabajaba…¿por qué?... porque yo nunca oculté información. Me parecía inmoral, sucio”, dijo en una entrevista posterior.
Ya en el gobierno democrático cenó con Robert Cox y le regaló un libro con esta dedicatoria:
“A Robert Cox, este sanísimo idealista, a quien tanto debo en la recuperación que ahora emprendo de mí mismo. A este hombre que no conocía y ahora, al llegar de repente a su conocimiento, conozco y reconozco no sólo como un hombre sino como un Gran Hombre. El nombre de este hombre quedará escrito en la historia que no escribiré de mi vida”.
El otro editor a quien fueron a buscar fue Tilo Wenner, de El Actual, de Escobar, a quien no encontraron, pero dos días más tarde fue visto por última vez en la comisaría a metros de su redacción.
LA CAÍDA
Ahora sabemos que el día que murió Perón se abrió ese abismo. En ese momento, recién llegado de un viaje a Moscú con el súper ministro José Gélbard, Osvaldo “Bebo” Granados, profesor de Letras y uno de los principales periodistas económicos de las últimas décadas, fue convocado a dirigir Télam, la agencia estatal de noticias. En la interna peronista había que ocupar los espacios, le dijeron. Lo que le quedó hasta hoy al Bebo de esa experiencia fue una bala en la cabeza del fémur. Cuenta en sus memorias, 60 años de casta, que en un piso de la agencia había periodistas enrolados en la extrema izquierda y en otro estaban los de la extrema derecha. Y a veces se cruzaban.
En ese contexto, nuestros países limítrofes eran dictaduras por lo que Buenos Aires era un lugar de encuentro de periodistas exiliados. Incluso el editor Jacobo Timerman pensaba que esos periodistas, a los que daba cobijo en La Opinión, después serían editores de extensiones de su medio en aquellos países en eventuales aperturas democráticas.
El 24 de marzo de 1976 fue el desenlace de la competencia de autoritarismos que el país había vivido en las últimas décadas. Ese día se impuso el más violento.
Amplias porciones de una sociedad traumada toleraron pausar sus derechos para salir de la anarquía creciente. Además, el shock no sería tan fuerte porque desde el año anterior –bajo gobierno peronista– la policía ya estaba en manos de los militares y la economía había iniciado su giro liberal.
Los contornos del infierno fueron rápidamente conocidos. El corresponsal del The New York Times en Buenos Aires se llamaba Juan de Onis. A las pocas semanas, el diario publicó una editorial cristalina: “Elementos de las fuerzas armadas argentinas parecen estar acelerando una campaña de asesinatos, torturas, arrestos arbitrarios y purgas drásticas”.
LA REACCIÓN
Los editores enfrentaron dos decisiones. La primera fue apoyar la intervención militar. En aquella época no era novedosa porque era la sexta del siglo. El país vivía en la hiperinflación, la hiperviolencia y una sensación de hiperdesgobierno en la que era noticia que la presidenta Isabel Perón fuera a la Casa Rosada. Había además una amenaza existencial a la prensa que se expresaba en una ola de exilios de periodistas en los dos años anteriores y cadenas oficiales donde se demoniza a varios diarios.
La segunda decisión fue más difícil: seguir apoyando cuando fue evidente que los métodos eran brutales. Ahí se dividieron las aguas: algunos medios como La Opinión y The Buenos Aires Herald, tras aceptar la legitimidad de origen de la dictadura, elevaron las críticas; en cambio, otros medios evaluaron que las dos decisiones eran una sola y que no se podían separar (Clarín, La Nación, La Razón, entre los más importantes). Algunos no aceptaron ninguna de las dos decisiones, como Rodolfo Terragno, quien cerró en junio su revista Cuestionario.
NORMALIZAR LO ANORMAL
Una de las claves de las dictaduras es normalizarse y para eso la vida cotidiana tiene que mantenerse inalterable. Los medios facilitaron la normalización porque en gran medida ordenaban la vida cotidiana. Día a día, en la radio, la televisión y los diarios, se continuaba con el devenir de siempre, y transmitían mensajes que normalizaban lo anormal.
Pero hubo críticas. Al año del golpe, Adepa, la organización de los editores, se refirió a “las detenciones y desapariciones de hombres de prensa, a veces corregidas pero no siempre oportunamente esclarecidas”.
Y agregó:
“Supimos callar en homenaje a la paz de la República, comprometida por el anterior desacierto político y la guerrilla despiadada y cruenta, ahora desarticulada gracias al intenso accionar de las Fuerzas Armadas y de seguridad. Pero el tiempo es la medida del hombre, y lo que en un proceso inicial revolucionario estuvo justificado, es absolutamente inadmisible en un estado posterior de acomodamiento a los preceptos legales y a la Constitución Nacional”.
Meses antes, más punzante, La Opinión preguntaba: “en verdad, ¿por qué está preso Antonio Di Benedetto?”.
El periodismo hace la primera versión de la historia y también las sucesivas. Ahora se habla del periodismo SDOH (Second Draft of History). Cuando The New Yorker cumplió cien años criticó su anterior racismo en fotos e ilustraciones donde los negros siempre eran subalternos. National Geographic hizo lo mismo hace tiempo. The Guardian revisó sus orígenes en el Manchester de 1821.
Revisar la historia es también periodismo. El gran veneno de la democracia es la violencia, por lo que la lección principal es tolerancia cero del periodismo frente a ella. Y eso incluye la violencia discursiva.