Los riesgos de un vínculo demasiado cercano con los Estados Unidos
Milei apostó desde su llegada a estar cada vez más próximo a la gestión de Donald Trump. Lo que comenzó como un idilio, con éxitos en lo local puede empezar a resquebrajarse ante la situación global y los errores del Gobierno.
En el recordatorio no aparece ningún presidente argentino cuya suerte política o económica se haya colgado de la estela de un colega norteamericano. Casi una dependencia, como hoy ocurre entre Javier Milei y Donald Trump. Ni siquiera de un gobierno a otro: es personal el vínculo, la atadura. Experiencia nueva, claro. Y determinante, que hasta ahora le ha rendido bien al titular de la Casa Rosada.
De ahí que la guerra en Medio Oriente resulte más importante para los ciudadanos locales que la mirada curiosa y superficial sobre el conflicto, mientras la población se entretiene más en las facturas de los chocolatines para los hijos de Manuel Adorni u otras chucherías del poco ético jefe de Gabinete. Distraída población de las definiciones bélicas entre Estados Unidos, Israel e Irán. Un error esa falta de atención: empantanado o no en la guerra, si Trump no se recupera para las elecciones de medio término en octubre, no solo entra en riesgo de colapso su propio mandato. Seguramente esa debilidad habrá de afectar a su mejor amigo en el hemisferio, Milei, al que le costará ayudar, al menos para exhibirse como prestamista de última instancia frente a las obligaciones de deuda que enfrenta la Argentina. Difícil que la oposición demócrata vaya a consentir promesas de dádivas o asistencias como ha ocurrido en los últimos dos años.
Sea por convicción, notoriedad o conveniencia, Milei apostó –apenas se instaló en la Rosada– a la venturosa estela de Trump, antes inclusive de que este fuera consagrado candidato por los republicanos. Un desafío. Titánica fue su defensa ante un consejo de cercanos que le aconsejaban no comprometerse en el alineamiento, menos con un personaje al que incluso la Justicia norteamericana impediría su acceso a la Casa Blanca por los coletazos del intento de golpe de Estado cuando finalizó su primera gestión. No lo convencieron sus escasos íntimos, tampoco prosperaron las iniciativas contra Trump en los tribunales de EE.UU. Casi solitario, entonces, Milei se pegó al ascendente líder sin siquiera haberlo conocido: primer gran acierto. “Quiero socio rico, no socio pobre”, hubiera dicho Carlos Menem. Al tiempo que esperaba devoluciones a ese gesto que, más tarde, volvieron con expresiones del gabinete trumpista y el mismo jefe de Estado reconoció al argentino como un apéndice de su administración: lo ayudó con el FMI, con las negociaciones con los acreedores y hasta con la Justicia para prolongar los fallos sobre YPF. Buen abono, mejor cosecha.
Importó en robustecer ese vínculo una adhesión común a los intereses de Israel, una pasión de Trump y sus hijos que Milei ya había iniciado desde que empezó a estudiar la Torá con un rabino de barrio, hoy embajador en Tel Aviv. Para la guerra, sin embargo, el mandatario argentino solo puede aportar declaraciones simbólicas: no dispone de cascos blancos (no hay plata) y tampoco capacidad de envío de ciertas lanchas modernas que Trump le habría pedido para mantener la presencia en el Caribe mientras se ocupa de bombardear Irán. A cambio de esa carencia, Milei se manifestó como el presidente más sionista del universo, expresión que le granjeó inscribirse como enemigo público de Irán. A él y al resto de los casi 50 millones de habitantes. Sepa Dios qué derivaciones tendrán estas contingencias orales con un gobierno que tirotea a musulmanes que no le gustan y amenaza al mundo con atacar centros turísticos, sea por vía de células dormidas o tirabombas domésticos convencidos de que la muerte los acercará a un paraíso. Más contra uno alejado que le declaró la guerra por internet.
Si hasta ahora el novedoso connubio Trump-Milei gozó de buena salud, la extensión del conflicto en Medio Oriente altera los dos hogares:
1. El norteamericano se embarra en otra tierra, deberá apelar a desembarcar tropas, incrementar operaciones de desgaste y padecer un frente interno que le cuestiona los enormes gastos, la suba de la inflación por el alza petrolera. Y, sobre todo, cierta inquietud generalizada sobre la razón y el sentido de que Estados Unidos entrara en colisión imprevisible con Irán. Una fiesta ese curso para una oposición demócrata que hasta sueña con voltearlo por juicio político si logran mayoría en el Congreso.
2. El argentino también se agobia en lo económico por el impacto del petróleo –aunque los exportadores y el Tesoro se favorezcan–, el costo de vida apunta hacia arriba y el rendimiento del campo podría dañarse por más que llueva más de lo necesario: hay quienes creen que la falta de fertilizantes o su precio tocará exactamente en el corazón de la agricultura.
Pero esas circunstancias, en todo caso, podrían ser pasajeras, atendibles. Lo que hoy complica el cuadro local, por encima además del desconfiado mundo financiero que empieza a refugiarse en el dólar (tiro al blanco por la declaración de Luis Caputo: “Yo no puedo obligar a la gente a que venda dólares”) y descalabra el riesgo país, es una sensación de incertidumbre provocada por un Trump que hace apenas un mes era el monarca del mundo y ahora, más allá de competidores externos, se estruja políticamente en su país. Tiene, eso sí, la certeza de que en el Sur del continente no lo abandona su mejor amigo. Más solidario que los franceses, los británicos o los alemanes. Aunque esa lealtad sureña poco le sirva al hombre de la Casa Blanca.
Si sale airoso Trump del tormentón actual y revierte el panorama incierto de la contienda, la contumacia de Milei en el saludo hacia él tal vez más tarde facilite la llegada de un cheque deseado (al menos su exhibición), garantías de mayor
estabilidad y hasta un aporte en la diplomacia por la cuestión de Malvinas. Premio a la lealtad, a la voluntad de acompañar en la funeraria. Si persiste el estadio de hoy, en cambio, difícil que haya un plan B en la Casa Rosada. Y se necesita este año.