No creo en las encuestas
Ante la situación tan compleja de la economía y el desorden en la gestión, son muchos los especialistas que sostienen que la suerte de las actuales autoridades está echada para 2027. En medio de un clima político volátil, el debate sobre el valor de las encuestas vuelve al centro de la escena. Entre quienes las toman como oráculos y quienes las descartan por completo, crece una tercera mirada que advierte sobre sus límites en una sociedad atravesada por la hiperconectividad. A más de un año de las elecciones, los sondeos no pueden anticipar resultados ni definir destinos políticos, pero sí ofrecen herramientas para comprender comportamientos en transformación. La irrupción de un electorado más emocional, móvil y menos estructurado desafía todo.
En encuentros con periodistas, intelectuales y políticos, nos hemos encontrado con tres posiciones acerca de la realidad política argentina. Algunos creen que las encuestas aseguran la reelección de Javier Milei; otros sostienen que su derrota es inevitable y, finalmente, están quienes dicen que, simplemente, no creen en las encuestas.
En un panel de televisión, coincidí con una activista libertaria, tan entusiasta como poco formada, que afirmó: “Nosotros no creemos en los focus groups, sino en el pueblo”. Se ha vuelto un lugar común en Argentina confundir focus group con encuestas, cuando son dos herramientas que nada tienen que ver entre sí. Tuve que decir que he conversado –y bastante– con ministros y funcionarios importantes del actual gobierno, son personas preparadas, graduadas en grandes universidades del mundo, que seguramente no comparten una idea tan primitiva. La ciencia no tiene que ver con la fe. No creer en los estudios de opinión equivale a decir: “No creo en los exámenes clínicos porque muchos de los que se entierran en los cementerios se los han hecho; prefiero diagnosticarme con un Pai Umbanda”.Otros, en cambio, afirman tener encuestas que demuestran tajantemente que Javier Milei ganará o perderá la reelección. Esta es también una posición equivocada. A esta altura, está muy claro que las encuestas no sirven para predecir el futuro ni para determinar mecánicamente causalidades.
¿Qué causó que la derrota del Gobierno en septiembre se convirtiera en una victoria contundente en solo un mes? ¿Por qué, mientras las variables macroeconómicas siguen bien, pero hay una evidente caída en la popularidad del Presidente, que se encuentra en las cifras más bajas de su período? Tratar de predecir resultados cuando falta más de un año para las elecciones es irresponsable. Ni siquiera las encuestas realizadas el día anterior a los comicios logran predecir bien lo que ocurrirá. Milei no está derrotado, ni ha ganado las próximas elecciones.
¿Significa eso que debemos volver a la magia? No. Es claro que se necesitan, más que nunca, profesionales en los dos extremos del proceso de investigación: que sepan qué y cómo preguntar, y que estén capacitados para interpretar los resultados. Hay que contar con investigadores formados académicamente y, sobre todo, con experiencia. No deben poseer una bola de cristal para anunciar causalidades, sino la preparación suficiente para extraer conclusiones adecuadas de las correlaciones que detecta el estudio.
La “política del espectáculo” en la que vivimos es más difícil de interpretar que la política del texto y la lógica lineal a la que estuvimos acostumbrados. La Galaxia Gutenberg ya colapsó. Es peligroso suponer que, en Colombia, no importa que el candidato de izquierda gane la primera vuelta porque en la segunda todos se van a unir en su contra. Eso pasará con los políticos, pero no necesariamente con los votantes. En Brasil, Lula logró armar el frente más amplio de la historia y, aun así, estuvo a un punto de perder la segunda vuelta justamente por ese éxito. Sumar partidos y apoyos resultó ser una actividad tóxica que casi lleva a la derrota a un estadista de su talla, frente a un adversario que no contaba con el apoyo de ninguna estructura partidaria ni sindical. Por otro lado, los resultados planos de las encuestas en Perú lo único que indican es que cualquier cosa puede pasar. Ni siquiera “Porky” supo cómo llamar la atención para consolidarse al frente de la carrera. En la era digital, las encuestas necesitan replantear su trabajo. Su función no es adivinar el futuro –algo imposible en un mundo en el que las comunidades virtuales se mueven en minutos ante cualquier estímulo–, sino comprender esta nueva sociedad. El éxito depende de la capacidad de sintonizar con electores “organizados sin organizaciones”. Las encuestas siguen siendo indispensables, no para predecir, sino para cambiar el futuro, comprendiendo a electores que hoy tienen una mente distinta a la que tenían hace diez años.
En la “sociedad red”, la hiperconectividad permite una movilización ilimitada, vertiginosa y horizontal que supera en cantidad y calidad a los movimientos que se podían dar en la antigua sociedad. Miles de personas pueden cambiar de opción política en 24 horas, sin depender de aparatos partidistas, sindicales ni consignas de líderes. Las encuestas deben comprender a este nuevo elector activo que decide su voto usando el hemisferio derecho del cerebro. Mientras el izquierdo procesa la lógica y el lenguaje, el derecho gestiona la intuición, las emociones y las señales no verbales, que son los ejes de la nueva comunicación. El éxito de figuras como Javier Milei radica en liderar “ejércitos virtuales” que retroalimentan su narrativa y movilizan a sus seguidores en torno a símbolos e imágenes, más que con argumentos racionales.
En el futuro, la batalla será por la movilización voluntaria, triunfarán quienes logren captar la atención y canalizar la energía participativa de su entorno.
*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.
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