Entre enero de 2023 y junio de 2025 se publicaron 27 millones y medio de insultos en las redes sociales de Argentina, de acuerdo con un registro de la consultora especializada Ad Hoc. En ese lapso se duplicó el número habitual de injurias, agravios y ofensas que habitualmente convierten a esos espacios en cloacas en las que se depositan eyecciones mentales y verbales producto del odio, la ira, el resentimiento, el prejuicio, la envidia, la incapacidad de argumentar y algunas patologías mentales. Estas deposiciones se suelen expulsar, en un alto porcentaje de casos, desde el anonimato (lo cual agrega la cobardía a las demás taras) o con nombres falsos que permiten ejercer el miserable oficio de troll. La cifra antes mencionada significa que se vomitan digitalmente 42 mil insultos diarios. Es decir, alrededor de 1.750 por hora. Un deplorable récord nacional si se toma en cuenta que, con un promedio de 9 horas por día inmersos en internet, los usuarios argentinos superan en tres horas la tasa mundial de 6 horas.
Según el informe de la consultora, publicado con el título “La provocación permanente”, quienes más presencia ostentan en esta perversa práctica digital son trolls, provocadores y amplificadores. Y apunta, textualmente, que Javier Milei “es el usuario no troll que más insultos publica. Llegó a publicar y compartir 1.589 insultos en dos años”. En la reciente Semana Santa Milei se superó a sí mismo al alcanzar los casi mil insultos en cuatro días, como lo demuestra una investigación del diario La Nación a cargo del periodista Martín Rodríguez Yebra. Aprovechó la pausa religiosa, tiempo en el que se convoca a la paz y la concordia, para descargar esa batería sobre el periodismo independiente y no complaciente. Como es habitual en sus embates, sólo se salvaron los periodistas amanuenses, los que se muestran genuflexos ante él, mudos ante los agravios y difamaciones contra colegas, y siempre disponibles para simulacros de entrevistas en las que no hay repreguntas (salvo para ensalzarlo) y abunda la escucha pasiva y servicial.
Mientras se discute si la propensión de Milei al insulto es un tema psicológico con raíces en su infancia o si se trata de una estudiada estrategia política destinada a poner lo emocional por delante de lo racional para mantener fieles a sus devotos y eludir el debate y la argumentación sobre temas vitales para la sociedad argentina, lo cierto es que este fenómeno ratifica lo que el sociólogo costarricense Abelardo Morales Gamboa llama la obscenidad del poder. En un interesante ensayo publicado en el periódico digital Surcos de su país Morales Gamboa analiza la degradación extrema del liderazgo político en el mundo, la desfachatez con que los líderes actuales se sumergen en el escándalo, y la impunidad que obtienen de sociedades cada vez más pasivas. Define a la obscenidad como la pérdida del pudor, la ruptura de códigos éticos y políticos y la desvergüenza en el ejercicio de la política. “La obscenidad del poder se expresa en varios registros”, escribe Morales Gamboa. “En el lenguaje, a través del insulto y la caricaturización del adversario. En la gestualidad, mediante la exhibición de una masculinidad amenazante que impone autoridad más por intimidación que por argumentación. Y en la cultura política, en la normalización de prácticas que trivializan la desigualdad de género y de clase, y refuerzan jerarquías simbólicas”.
El insulto sistemático e impúdico desde el poder, no solo anula el debate adulto y aniquila la argumentación. Es además, un peligroso bumerán que en el momento menos pensado puede regresar sobre el ofensor mientras este olvida que el poder es siempre efímero.
*Escritor y periodista.