Todavía hay filósofos
“Eso es lo que representa el 68: la rebelión del poder contra esas ficciones. El 68 es el fin del orden burgués”.
Escribí dos veces sobre Mariano Pérez Carrasco. Una vez fue en 2020 a raíz de un artículo suyo sobre la pandemia, en el que se desmarcaba de las tonterías obligatorias que se decían por entonces. La segunda, para describir mi asombro ante la radicalidad de su ensayo La palabra deseada, en el que La divina comedia se presentaba como la clave para entender y desechar el mundo contemporáneo. Ahora Pérez Carrasco acaba de publicar La utopía de los huérfanos, en el que redobla su arriesgada apuesta filosófica.
El subtítulo del libro, “Sexo, política y religión en la cultura contemporánea”, parece destinado a atraer lectores, pero es un tanto engañoso, porque Carrasco no habla de sexo ni hace sociología, una disciplina que no puede ser más ajena a alguien cuya bestia negra es la modernidad.
A partir de una de los tantas decisiones lamentables que el poder tomó en la pandemia –la prohibición de asistir al entierro de los familiares– el libro va mostrando que eliminar la trascendencia del nacimiento y de la muerte dio lugar a un mundo signado por el conformismo absoluto bajo la excusa de la liberación, un mundo en el que todo pasó a ser decidido por el Estado. “En eso consiste la esencia totalitaria de la revolución: en la creencia de que no hay nada que no sea político”, una afirmación que contradice el catecismo con el que hoy se educa a los ciudadanos. “Tal vez aún sea posible liberarnos de la liberación y dar por superadas las utopías modernas”, dice Pérez Carrasco y define esas utopías como hijas de intelectuales huérfanos de toda tradición salvo la de custodiar el orden desde “la institución literaria, la universidad, la burocracia estatal, el mundo de la simonía profesoral y el fariseísmo”.
La utopía de los huérfanos muestra a Carrasco como un lector sutil, que fundamenta sus teorías en autores que invitan a ser redescubiertos como Roberto Calasso o Alexandr Solzhenitsyn, utiliza Las bacantes de Eurípides como metáfora de los errores de una época cobarde, muestra que el padre Leonardo Castellani coincide con Sartre en su denuncia del “espíritu de seriedad” y descubre algunas agudezas de Marx que permiten desmarcarlo de la servidumbre militante. Es particularmente notable el rescate que hace de Pier Paolo Pasolini, a quien atribuye haber sido el primero en darse cuenta de las aporías de esa revolución reaccionaria cuyo punto sin retorno fue el mayo del 68 y cuyo resultado es el triunfo del nihilismo consumista. “Durante un largo período, el poder siguió apoyándose en esas realidades tradicionales: –la familia, la iglesia, la patria, la disciplina, el orden natural o divino– que ahora eran consideradas ficciones. Pero, una vez consumada la Modernidad, no fue necesario seguir sosteniendo esas ficciones. Eso es lo que representa el 68: la rebelión del poder contra esas ficciones. El 68 es el fin del orden burgués y, justamente, porque es su consumación, es el fin de los tiempos modernos. (…) El nuevo poder que ha surgido de las ruinas del mundo moderno –escribe Pasolini– es inconmensurable con toda forma de civilización.”
Esas lecturas heterogéneas ayudan a que el libro de Pérez Carrasco sirva de orientación en un laberinto en el que se ha perdido la posibilidad de distinguir lo verdadero de lo falso porque predomina lo correcto.