Verdades a la carta
La mentira opera, para quienes ejercen el poder, como un muro que los protege de la verdad.
La verdad, como la piedra filosofal, como el Santo Grial, o como el mismo Dios, es un tema inagotable, cuya verificación nadie puede garantizar de manera definitiva y excluyente. Según los temas, los momentos, las cosmovisiones y las culturas, es continuamente perseguida pero nunca atrapada de una vez y para siempre, salvo por mentes fanáticas. Filósofos como Aristóteles, Séneca y Nietzsche, políticos como Winston Churchill, Vaclav Havel y Abraham Lincoln, escritores como Bertolt Brecht, Oscar Wilde y Mario Vargas Llosa, científicos como Galileo Galilei, Albert Einstein e Isaac Newton, teólogos como San Agustín, San Juan y el propio Martín Lutero, por citar apenas unos nombres entre centenas, han pensado sobre ella y dejaron incitantes reflexiones para seguir buscándola.
A lo largo de la historia aparecieron numerosos dueños de la verdad. Siempre se trató de su propia verdad, a la que pretendieron hacer pasar por una ley universal. Más tarde o más temprano esas pretensiones (sostenidas a veces con violencia) se esfumaron, quienes las sostenían quedaron desnudos en su falsedad, y, pese a los costos a menudo dolorosos de sus fantasías, nuevos dueños de la verdad vinieron a remplazarlos. Quizás este fenómeno cíclico se explique por el hecho de que el ser humano necesita creer en algo, o alguien, que calme su ansiedad y sus temores ante la incertidumbre de la vida y ante la única certeza que se despliega ante él. Todos vamos a morir, y esa es la verdad innegable. Frente a ella pensar duele, y creer opera como anestésico, aunque no importe creer en qué o en quién.
En política la mentira opera, para quienes ejercen el poder, como un muro que los protege de la verdad. El periodista y psicólogo clínico dominicano Roberto Rímoli ofrece una interesante perspectiva al respecto. “Un político podría distorsionar la verdad no solo para engañar, sino para proteger su autoimagen o alinear sus acciones con un ideal interno”, explica en el diario El País, de Santo Domingo. “Por ejemplo, la negación de un fracaso económico podría reflejar un rechazo inconsciente a enfrentar la propia vulnerabilidad, un eco de lo que Sigmund Freud describió como defensa del ego frente a la ansiedad”. Acaso en el fondo esa sea la función de la Oficina de Respuesta Oficial, la reciente ocurrencia del gobierno nacional (copiada a su vez, como suele ocurrir, de una idea de Donald Trump) destinada a desmentir, descalificar o tergiversar, como ya ocurrió, informaciones u opiniones que no coincidan con el dogma oficial. Otra vez la verdad encontró un dueño que decide, más allá de las evidencias y las pruebas, cuándo es válida o inválida.
El uso de la mentira en política, advierte Roberto Rimoli, “se convierte en un pacto implícito: el líder ofrece una narrativa tranquilizadora, y el público no hace más que aceptarla para evitar confrontar la complejidad del mundo”. De este modo, concluye, “un político que promete soluciones utópicas no solo manipula, sino que responde a una demanda colectiva de significados que llenen el vacío existencial”. El problema es que cuando en nombre de la verdad oficial se niegan o se desvirtúan tanto hechos como pruebas a la larga a nadie le importa qué es verdadero y qué es falso. Un río revuelto en el que ganan los pescadores más nefastos. Ya hubo en la visionaria novela 1984, de George Orwell, un Ministerio de la Verdad cuya función era difundir la mentira oficial. El lúcido e infatigable Stephen King, autor de Carrie, El resplandor, Cujo y La Torre Oscura, entre decenas de obras, tiene un oportuno consejo para líderes que desean verdades a la carta: “Solo los enemigos dicen la verdad. Los amigos y los amantes siempre mienten en algún punto”.
*Escritor y periodista.
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