COLUMNISTAS
erróneas e irresponsables

Ni “populares” ni “impopulares”

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Sturzenegger. “La apertura genera más importaciones”. | cedoc

En un posteo en X contra las quejas de los industriales, Federico Sturzenegger pone blanco sobre negro las dificultades conceptuales que impiden a los liberales pensar seriamente los problemas del desarrollo económico. La idea “popular” que el ministro quiere confrontar es la que supone necesario postergar la apertura de la economía hasta “nivelar la “cancha”. La demostración “impopular”, sin embargo, faltó a la cita, porque el texto no ofrece pruebas, sino un recitado ideológico ya conocido. En la perspectiva de los industriales, que refleja una larga tradición económica que se remonta a Alexander Hamilton, exponer la producción local a competidores más poderosos antes de introducir las modificaciones necesarias es un suicidio. El ministro contesta remitiéndose a David Ricardo y su famosa (y errónea) teoría del comercio internacional.

En principio, si la teoría de Ricardo fuera correcta, después de dos siglos de formulada, la diferencia de productividad entre países debiera haberse achicado radicalmente. Sin embargo, los mismos que ya eran los más poderosos del mundo a fines del siglo XIX siguen siéndolo hoy. Se han producido cambios en la cúpula y hay nuevos miembros del selecto club de los diez, pero ninguno de ellos (y China menos que nadie) llegó allí haciendo caso a la teoría ricardiana. El mismo Trump, cansado de esperar a Ricardo, decidió ir por otro lado.

Sturzenegger sostiene que “la apertura genera más importaciones y más exportaciones”. Pues no. En un país como la Argentina, las exportaciones de productos primarios, dada una tecnología, tienen límites físicos al incremento de la producción. No es el caso de un país exportador industrial: su límite es el mercado mundial. Por otro lado, la distancia de la Argentina con la productividad industrial mundial es excesivamente elevada, como consecuencia de diferencias de escala abismales, que no se corrigen con la simple “apertura” de las importaciones. Lo que veremos, en lugar de una mejora de la competitividad que aumente las exportaciones superando los límites que impone la producción de materias primas, es la desaparición de renglones enteros de la industria local. Con exportaciones estancadas, las importaciones necesarias serán pagadas con endeudamiento y con transferencias de ingresos por caída salarial provocada por la inflación, que es lo que sucede en la Argentina desde los años 50.

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Sturzzenegger concede que hay que bajar impuestos y achicar el Estado. En esta lógica, el Estado y los impuestos son una amputación innecesaria de los ingresos de los factores productivos, nunca un potenciador de esos ingresos. No pareciera que fuera así en las experiencias más exitosas de crecimiento económico, que siempre han dependido de los gastos estatales, desde la flota inglesa hasta la marina norteamericana, desde el MITI japonés hasta la planificación de Singapur, Corea del Sur y China. El Estado “liberal” supone que eliminados esos los obstáculos estatales los problemas se arreglarán solos. Como si nos invitara a lanzarnos de un avión confiando en que el paracaídas se abrirá en tiempo y forma, aunque nadie se preocupó por garantizar que funcionen correctamente. Un acto de fe que se cubre con frases genéricas que ocultan la ignorancia acerca de los procesos históricos reales: “Hasta que no entendamos que comerciar es fuente de más y mejores empleos y que traerá beneficios inmensos para la población, no habremos terminado de transitar el camino a una Argentina moderna y próspera”, concluye el ministro, distrayendo al lector de los verdaderos problemas. La cuestión no es si hay que comerciar o no, sino en qué condiciones. Dicho de otro modo, las ideas de Sturzenegger no son ni populares ni impopulares. Son erróneas e irresponsables..

*Profesor de Relaciones Internacionales. Director Ceics.