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opinión

Luces de la ciudad

Es un escritor curioso Morábito y el libro de Berlín lo vuelve a mostrar como tal.

Hay un libro de Fabio Morábito que se llama También Berlín se olvida. Yo también me olvidé de Berlín. Pero no solo de la ciudad, que conocí muy poco, sino de una escena que formaba parte de mis juegos infantiles y se llamaba “ir a Berlín”, que era una especie de castigo al ostracismo aunque no sé por qué uno iba a parar allí ni tampoco cómo se hacía para volver. Supongo que todo se olvida a cierta edad, tanto los hechos de la infancia como todos los demás.

Había leído unos cuentos de Morábito, que también es poeta y ensayista, así como hombre de tres países: el Egipto natal, la Italia de la infancia y el México de la adolescencia y madurez. Me habían impresionado bien, especialmente por su sentido del humor. Es un escritor curioso Morábito y el libro de Berlín lo vuelve a mostrar como tal. No todo es bueno, pero cuando le sale puede alcanzar altas cotas de gracia. En principio, los trece capítulos de También Berlín se olvida, donde cada uno está dedicado a alguna peculiaridad de la ciudad, conforman una particular sinfonía y una memoria del año que el autor pasó en la capital alemana gracias a una beca para escribir un libro de cuentos. Sobre el final habla de lo difícil que le resultó escribirlos, pero no sé si uno debe creerle.

Y esto porque el libro se desliza entre la realidad y la ficción, entre la crónica y la fantasía, entre la reflexión y el delirio. Las partes ficticias, fantásticas o delirantes, son posiblemente las mejores, porque están escritas con una libertad mayor. Y aun cuando algunas construcciones son un poco rebuscadas, el resultado es siempre legible, además de amable.

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Solo me irrité con Morábito al principio, cuando intenta mostrar que Berlín podría tener un río, pero el Spree no lo es, o cuando insiste en pasajes que pueden rotularse como “los alemanes son así o asá” (lo mismo valdría para los mexicanos o los lapones), una práctica que no molesta en la conversación cotidiana, pero que en la prosa suele adquirir un carácter funesto ya que revela la triste combinación entre prejuicio, ignorancia y pedantería.

Sin embargo, aun las partes menos convincentes parecen obedecer a un orden y demostrar un progreso. A medida en que Morábito se va acostumbrando a la ciudad y mientras revisa sus costumbres como el tren elevado, los jardines minúsculos, las playas nudistas o las historias imaginarias del Muro (una lata porque Morábito escribe como si se pudiera hablar del tema sin mencionar la política), sus historias toman vuelo y así aparecen, por ejemplo, tres magníficas: una costumbrista sobre la reacción de los alemanes ante un choque nocturno, otra surrealista sobre las disputas para ocupar el asiento con vista panorámica en los ómnibus de dos pisos y otra, la mejor de todas, sobre una panadería fantasma con un cliente que a toda hora lee el diario y come su medialuna.

Sobre el final, Morábito levanta la apuesta, se acerca un poco a la ciudad y a su gente, logra encontrar la lejana Alejandría en los zaguanes berlineses, la buena vecindad con las dos prostitutas del barrio y hasta el calor humano cuando habla de la dura adaptación de su hijo a los fríos de la ciudad y a sus fríos habitantes. Finalmente, uno se da cuenta de que el logro de Morábito es habernos hecho leer una tímida novela de amor sin que nos diéramos cuenta.