MÁS ALLÁ DEL OVEROL

La historia viva de las mujeres que pusieron el cuerpo en el Cordobazo

Durante 50 años, una imagen congeló la memoria del Cordobazo: hombres de overol, rostros recios y una épica exclusivamente masculina. Sin embargo, las mujeres estuvieron allí, duplicando la fuerza laboral en las fábricas y sosteniendo la logística de la rebelión.

El Cordobazo. Foto de la portada del libro El Cordobazo de las mujeres, de Bibiana Fulchieri. (Foto: Carlos Ardiles, Archivo Luz y Fuerza). Foto: Carlos Ardiles

El 29 de mayo de 1969 la ciudad de Córdoba se convirtió en el epicentro de un estallido social que marcaría el principio del fin de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

La narrativa oficial construyó desde entonces un panteón de héroes sindicales indiscutibles. Pero en los márgenes de esas mismas fotografías que recorrieron el mundo, ocultas por el polvo del archivo y el recorte editorial, habitaban ellas.

La reconstrucción de esa memoria pendiente no surgió de una concesión de la historia oficial, sino de una insistencia periodística y visual.

Bibiana Fulchieri, impulsada por la inminencia del cincuentenario de la gesta, advirtió una omisión sistemática: “Lo que más me preocupaba era que se venía el cincuentenario del Cordobazo y todavía se seguía publicando una sola foto para ilustrarlo; no había nombres de las mujeres que estuvieron en el Cordobazo. Y me parecía de una injusticia tremenda que no estuvieran en la enorme agenda del cincuentenario”.

El veredicto del archivo oficial

La búsqueda de estas protagonistas tropezó inicialmente con el vacío institucional. Al indagar en los registros más importantes del país, la respuesta oficial desnudó los mecanismos con los que el poder selecciona qué fragmentos del pasado merecen ser conservados y cuáles deben ser desechados.

“Fui al Archivo General de la Nación y ahí me encontré con que ni siquiera en el Archivo General de la Nación se tenía un buen registro archivístico del Cordobazo, estaba mezclado con una cantidad de cosas. Y ahí me dijeron unas palabras claves que son las que me sirvieron para seguir, y cito textualmente: ‘Señora, piense que acá se guardan las memorias de la Nación; si no está lo que usted busca es porque al Estado no le interesó guardar esas memoria’. Es muy fuerte eso, pero es muy cierto”, define Fulchieri.

Córdoba busca su ley de mecenazgo cultural

Este descarte no respondía necesariamente a un complot explícito, sino a una matriz cultural que consideraba la acción femenina como un elemento decorativo o secundario. Al ser consultada por este medio sobre si existió una decisión política de dejarlas fuera de la épica, la investigadora sostiene su propia lectura: “No te puedo decir por qué no se las nombró nunca, pero sí creo que no hubo una intención maquiavélica, no hubo una intención política, lo cual no quiere decir que no haya sido peor lo que hubo, según mi entender. ¿Por qué se las recortaba? Porque no se las consideraba relevantes”.

Los colores de la resistencia

La invisibilización posterior contrasta con la masividad y la organización de la época. Córdoba sostenía un cinturón industrial donde la mano de obra femenina resultaba crucial, especialmente en áreas que requerían motricidad fina, como la producción de cables y componentes eléctricos para el emergente polo automotriz.

No obstante, las condiciones laborales reflejaban una profunda disparidad de género. Las mujeres carecían de espacios de descanso y comedores —beneficios que los varones sí tenían—, viéndose obligadas a almorzar sentadas en los baños durante sus breves pausas.

En el Sinpecaf. Flora Quinteros al centro de la foto con lapicera, en la primera oficina del Sinpecaf. (Foto: Archivo Sinpecaf). 
 

Pese a las restricciones y al control patronal, las trabajadoras contaban con una sólida identidad colectiva que se manifestaba en sus vestimentas de trabajo. ¿Cómo sabían quiénes eran de un lugar o que eran de otro? Fulchieri logró reconstruir este mapa visual gracias al testimonio de Nené Peña, una de las referentes rescatadas por su investigación: “Nené me dijo: era bastante fácil porque la mayoría usaba guardapolvo y cada guardapolvo identificaba de dónde eran. Las verdes eran de Ilasa, una fábrica impresionante solo de mujeres que hacían cables; las de color beige eran las de Luz y Fuerza; las celestes eran del sindicato de la Sanidad; las blancas eran de los Maestros... así fui armando un rompecabezas que cada vez me iba asombrando más”.

Este ejército de guardapolvos de colores no solo cumplía tareas de soporte, sino que intervino directamente en las definiciones estratégicas del movimiento obrero.

El paso de un paro pasivo a una insurrección callejera abierta —el núcleo de lo que constituyó el Cordobazo— contó con la determinación de militantes clave: “Ya había mujeres en la última asamblea que hicieron para votar si el Cordobazo era un paro activo o un paro matero. Dos mujeres sobresalieron: una fue Sara Astiazarán, que fue la que definió en definitiva la compulsa de si el paro iba a ser matero o vivo, caminando en la calle. Y la otra, Nené Peña”.

El cruce del río y la memoria activa

El día de la huelga general, cuando el Ejército bloqueó los puentes principales para cercar a las columnas obreras y estudiantiles, la geografía urbana de Córdoba exigió audacia.

También fueron mujeres quienes asumieron el riesgo de cruzar el río a pie por la zona del Barrio Clínicas, burlando el cerco militar para garantizar la confluencia de la protesta.

En los barrios y en las calles, la militancia implicó también un aprendizaje técnico de la fisonomía urbana y de la autodefensa popular: desde cómo doblar con precisión un clavo miguelito para detener los vehículos de las fuerzas de seguridad, hasta cómo acopiar bolitas de vidrio sin romper los bolsillos o armar bombas molotov utilizando botellas de plástico pequeñas.

El universo visual del Indio Solari en el MMAU

Junto a las trabajadoras, el fenómeno de las “proletarizadas” marcó un quiebre en la época. Se trataba de mujeres con formación universitaria o de sectores medios que decidieron abandonar sus hogares para insertarse en las líneas de montaje fabriles: “Tomaron la decisión de dejar sus hogares e ir a trabajar a las fábricas, no porque necesitaran trabajar en las fábricas, sino que iban a alfabetizar y a politizar. Y ahí toman conciencia de la manera que estaban siendo maltratadas, por supuesto, y de la manera que se las trataba salarialmente y en todo lo que tenía que ver con sus Derechos Humanos”.

A cincuenta y siete años de aquellas jornadas, los nombres de Soledad García Quiroga, Nené Peña, María Lila García, Isabel Guzmán, Marily Piotti, Susana Fiorito, Marta Aguirre y María Cristina Salvarezza, entre tantas otras, comienzan a ocupar el lugar que el relato histórico les había negado.

Asimismo, la incorporación de esta investigación en las currículas escolares y la apertura de una sala específica en el Museo de las Mujeres de Córdoba dedicada a ellas, operan como políticas de memorialización concretas. 

Mujeres en Devoto. En la cárcel de Devoto, llena de detenidos políticos preparando la salida en libertad, Anita cose una bandera para recibir a Héctor Cámpora. (Foto: gentileza de Alicia Sanguinetti Heinrich).