Fuera De cuadro

¡Abran paso!

Berthe. De esmoquin y anteojos en la fila de abajo. Foto: cedoc

En su tarjeta de presentación, Berthe Weill agregó, a su nombre y oficio de galerista, la consigna “Lugar para los jóvenes”; algo que hizo desde 1901, cuando abrió el espacio de arte en el barrio de Pigalle de París, más precisamente en el número 25 de la calle Victor-Massé.

   Esther Berthe Weill nació el 20 de noviembre de 1865 en París, en una familia judía alsaciana, ya que su padre, Salomon Weill, había emigrado desde Gerstheim, una localidad del departamento del Bajo Rin. Berthe aprendió su profesión del anticuario Salvator Mayer, que le enseñó el comercio del arte, en particular de los grabadores del siglo XVIII.

   Su opción por los que llamaríamos hoy “artistas emergentes” fue una decisión férrea para implicarse con los artistas de su época, de gran ayuda para descubrirlos y desarrollar sus carreras, a pesar de sus escasos recursos, tanto de ella como de los que representó. Vendió obras de Picasso, incluso antes de que abriera su galería, y Modigliani tuvo su única exposición individual en 1917, gracias a ella. Asimismo, participó en el reconocimiento del fauvismo presentando exposiciones del grupo de alumnos de Gustave Moreau reunidos en torno a Matisse.

   También promocionó a varias mujeres artistas, sin prejuicios de género ni de escuela, desde Émilie Charmy, a la que expuso con regularidad de 1905 a 1933 y a la que describió como una “amiga de toda la vida”, hasta Jacqueline Marval, Hermine David y Suzanne Valadon. Con un entusiasmo y una perseverancia inagotables, Weill fue su portavoz y los apoyó durante casi cuarenta años, hasta que su galería cerró en 1940, en el contexto de la guerra y de la persecución de los judíos.

   Cuando falleció, en 1951, había expuesto a más de trescientos artistas en las distintas direcciones a la original de su galería. A partir de 1933, publicó sus memorias de tres décadas de actividad con el título Pan! Dans l’œil... Allí escribe: “La pintura oficial se vende mucho mejor; entonces, ¿por qué persistir en preocuparme por los “jóvenes”? ¡Pues no! Aunque me cueste caro, ¡me niego a hacer algo que me disguste!”.