Capas de sentido
Resultarían indecibles los muertos sin los vivos o el neón hospitalario sin las sombras de los brujos.
En las calles, en las aulas, en los salones, en el chat, hay dos monstruosidades que deben ocultarse en el siglo XXI. Charlarlos, acallarlos, en grupos amables y amigables, con algún café quemado y galletas de ocasión. La muerte y la vejez son las bestias con las que se cruza Violeta Gorodischer en su nueva ficción. “¿Pero entonces me voy a morir?” es el impactante comienzo de Cruces en la boca del niño moribundo Juanchi. Una novela de morideros, madres alacranes y tíos aparecidos en la selva, agujeros como estrellas negras, santas okupas y hombres sin atributos, en la persistencia femenina de que en los bordes de la norma, la familia, el trabajo, la maternidad, la sexualidad, habita la fantasía y la libertad.
Se puede pensar en esta nueva obra de la ganadora del Fondo Nacional de las Artes, por su colección de cuentos Sueños a 90 centavos, explora desde la ficción los caminos intuidos en el informe descarnado de las neomaternidades que fue su Desmadres. Puesta la protagonista, la doctora de enfermos terminales niños Laura, en los cruces de la realidad y el sueño, la infancia y la adultez, la hija y la madre. Pero imaginar direcciones opuestas causan el malestar, “se reprochó infinitas veces haberse hecho el estudio del sueño: el choque de planos que ella misma creía haber provocado no la dejaba en paz. Por qué había querido ir tan lejos, por qué buscar una explicación racional en un tiempo-espacio imposible que, hasta entonces, sólo le había dado alivio”, brota en la última parte de su travesía hacia ella misma, en las cálidas gárgaras de ultratumba del Hijo de los Sueños. A la sutura, el hermano que retornará del alucinado Brasil para remontar lo irremontable.
En esta narrativa más de continuidades fantasmáticas que de contrastes discursivos, resultarían indecibles los muertos sin los vivos o el neón hospitalario sin las sombras de los brujos, Gorodischer juega en los límites de las traducciones y los prejuicios, que una vez burlados por las bendiciones de la diosa guaraní sublunar Ticê, permiten a la protagonista retornar desde la casa sanadora para enfrentarse con las normalidades urbanas de la madre senil y la amiga puérpera rozagante. Laura en ese previo soltar al/lo Viejo, en el banco de arena improbable, en el lejano tropical, comienza a reestructurar su duelo, aquel socialmente afectado por una prohibición, sancionando las lágrimas, y que olvida la erótica, la dimensión de vigilia con los ojos abiertos, que implica un duelo. Ella ahora sabía que no volvería jamás y que el tiempo, sin importar las tormentas, sería suyo.
Pleno de quiebres, de contornos, de reminiscencias, Cruces escapa al canto solitario para transformarse en un gesto coral. “En lo que respecta a los de afuera, el mundo seguía siendo una cortina gris, y a eso se le llamaba tormenta, por esa manía de ponerles nombres a las cosas de miedo a que se nos escapen”, escribía su tía política Angélica Gorodischer, maestra de transmutar el lenguaje cotidiano en un ente mágico, revolucionario, femenino. Violeta Gorodischer muerde la mejilla y toma los remos.
Cruces
Autora: Violeta Gorodischer
Género: novela
Otras obras de la autora: Desmadres, Los años que vive un gato
Editorial: Fondo de Cultura Económica, $ 24.000
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