En Parar la oreja. Notas para una política de la escucha, su reciente libro publicado por la editorial Tenemos las máquinas, el crítico cultural argentino se detiene en tratar de pensar (por la escucha social, a partir de ella) algo de este ruido, aturdimiento, aceleración, dispersión, saturación, irritación, agotamiento que produce el “gobierno de la atención” (de la disputa por ella), este “experimento neofascista en curso” del proyecto libertariano que encabeza el actual presidente Javier Milei.
Tanto en las 47 breves notas del apartado “mutan los tonos”, como en algunas otras páginas en las que agrupa reflexiones bajo los títulos de “Parar la oreja, entrenar la escucha”, “Escenas de escucha y desobediencia”, “Vocabulario” y una “Coda” en la que aborda “la escritura como laboratorio y pedagogía”, lo que está todo el tiempo presente en este libro es la importancia de encontrar “contraseñas para el futuro”, índices de reorientación que funcionen como reverso de eso inarticulado que marca los “tonos de la época”.
Pero ese trabajo por “desmalezar el ruido” no es nunca el de un yo, nos dice Giorgi, ya que “el sujeto de la escucha” siempre implica un campo relacional, capaz de hacer sentidos. “Poner el cuerpo”, en un mundo en el que estos están cada vez más virtualizados (y “muteados”), más empobrecidos y con serias dificultades para “hacer lazo”, es al mismo tiempo entrenar esa predisposición a la escucha para la comprensión de lo que pasa, y la indagación de los sitios, los vínculos, las prácticas en donde tal vez se esté habitando otro tiempo, ese que habilita la hospitalidad, desaceleración, desobediencia, desvío, interferencia, fuga hacia una capacidad de gestar “zonas heterogéneas de encuentros” donde se pueda explorar nuevamente un tipo de trama común “que interrogue lo público”, en momentos en que “la vida pública” se vuelve objeto de los “ataques más brutales por parte de las ultraderechas”.
—¿Qué vínculos podríamos pensar entre la crítica literaria/ crítica cultural y la crítica política de lo social?
—Me gusta que arranquemos por ahí, porque el libro trata de sostener un gesto: el de pensar a la literatura como una escuela de la escucha. Desde Roberto Arlt hasta María Moreno, de Rodolfo Walsh a Manuel Puig la literatura argentina tiene ejemplos formidables al respecto. Pero me gustaría pensar ya no sólo la escritura como un espacio de escucha de lo social, sino también a la lectura como entrenamiento de ejercicio de escucha de la lengua pública. Ir de la escritura a la oralidad, a lo que se dice, se dice a medias o incluso se calla.
—Planteas en este libro que las extremas derechas son también, entre muchas otras cosas, un “laboratorio semiótico”, que busca imponer una lengua de los vencedores, mientras produce una reconversión en clave de fraude de palabras fundamentales del acervo popular y sus memorias. Frente a eso las “políticas de la escucha” podrían funcionar como una “fábrica de lo inteligible”, que a su vez permiten detenernos en el otro, producir empatía. Pero advertís al mismo tiempo que no se trata de gestos biográficos, de cuestiones del yo. Me interesa preguntarte por eso, teniendo en cuenta estos tiempos en donde todo tiende a fortalecer la figura del yo.
—La escucha se nos puede presentar como una herramienta crítica pero también sensible, porque necesariamente anuda la pregunta por el sentido, por lo inteligible, por la significación, por lo abstracto si querés, en algo que aterriza, digamos así, que es la experiencia corporal, singular, situada. De allí mi pregunta por lo que llamaría un “personaje metodológico”: el “sujeto de la escucha”, entendido como un reverso no simétrico del sujeto de la enunciación, el sujeto de la voz. No el otro del diálogo como si fuese un espejo, sino como una especie de figura mucho más dispersa, difusa, que no se deja reducir a lo autobiográfico, ya que no tiene una individuación netamente demarcada, sino que es un campo de resonancias. Ese sujeto está todo el tiempo disperso, traccionado, atraído, seducido o invadido por lo que le llega de afuera, ese sujeto sensible todo el tiempo está distraído y, a su vez, peleando por conquistar capacidad de atención. La escucha, en todo caso, lo que nos permite interrogar es ese movimiento, pero desde un lugar sensible, semiótico y político del sujeto de la escucha, que es irreductible a una individualidad, porque es siempre un campo de resonancias.
—¿Visualizás que se produzca algún tipo de “política de la escucha” actualmente en “la política”?
—Veo que hay ciertos automatismos de la lengua política que obturan la posibilidad de escuchar y relacionarse con procesos que, quizás, estén en curso. Al mismo tiempo, matizaría la idea de que si permanecemos a la escucha de lo social necesariamente vamos a entender lo que pasa. Y aquí resulta fundamental escuchar lo que no se dice, lo que está insistiendo como disonancia, lo apenas dicho, pero que no necesariamente la escucha de lo social te lo va a decir de una manera nítida, clara, articulada. Ese es un trabajo de la política, sin lugar a dudas, pero también de otras esferas sensibles que no son ni paralelas ni simultáneas, como el arte, la escritura.
—Retomando esto último, y lo que decías al inicio, ¿qué más te parece que puede aportar en todo esto la literatura?
—La literatura es ese territorio radicalmente inestable, sin límites precisos. La literatura es siempre una operación desde y sobre la lengua, modos de registro que pueden tener los formatos más diversos respecto de lo que le pasa a la lengua, lo que circula en ella. Entonces: que eso aparezca en una novela, o en un poema, es un hecho eventual, pero la literatura es siempre eso que empuja, percibe, piensa, siente lo que pasa en la lengua, es un modo de atención perceptiva de las fuerzas sociales en mutación. En ese sentido concibo a la literatura como un laboratorio sensible de la lengua para explorar lo que está pasando en el presente. Hay algo de esa operación crítica que me interesa.