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Carta abierta a nuestros hijos y nietos

A cincuenta años del golpe, la voz de Ana María Massochi irrumpe contra el silencio impuesto por la dictadura. Militante montonera, detenida-desaparecida y exiliada en Brasil, reconstruye en “Desaparecida dos veces”, de Teresa Donato, una memoria atravesada por la violencia, el despojo y la persistencia del dolor. Un testimonio íntimo y político que interpela el pasado para preguntarse qué democracia dejó el terror de Estado y por qué el Nunca Más sigue siendo una deuda urgente.

Presentación. La autora, Teresa Donato, y la protagonista, María Massochi, la militante montonera detenida y desaparecida. Foto: GERMÁN ROMANÍ

Desde 1976 la Argentina fue gobernada por el demonio, salvaje y bárbaro, liberal. Uno solo, el terrorismo de Estado que aniquiló una generación entera. Y acalló a las siguientes. “Uno de los triunfos de la dictadura fue lograr que no se hable, y este libro es, justamente, todo lo contrario. O un intento, porque tengo cincuenta años de silencio encapsulado. No es fácil. Cada vez que abro la memoria quedo devastada. Muy deprimida. Tomo antidepresivos y espero no sumar pastillas para mitigar el dolor de la memoria”, expresa la angustia que no cesa Ana María Massochi. Militante montonera con rango de oficial, correntina, esposa de un desaparecido antes del golpe de hace cincuenta años, detenida-desaparecida en 1978, y residente en Brasil tras su “liberación” en 1979, su trajín se escribe coral en la exhaustiva no ficción de Teresa Donato Desaparecida dos veces (Seix Barral). 

“Ana no sabe por qué quiso contarme su vida a mí. Y yo no lo sé, pero creo que las historias te llegan. Ese es un misterio que queda en el libro, de alguna manera, dando vueltas”, adelanta Donato, de reconocida labor en el periodismo y audiovisuales. Un misterio que se invocó en La Frontera en 2018, el restaurante de Massochi en aquel momento, abierto luego de Martín Fierro, este que todavía es referencia de la intelectualidad de San Pablo, y que encerraba el doloroso pasado de pérdidas de familias enteras y sueños exterminados, amigos tabicados y asesinados, violación y acecho en un país extraño. Todo esto con un pequeño hijo a cuestas, Carlos, y con lo puesto para sobrevivir. Escasas fotos atesora Ana de su compañero Jorge Livieres Plano –abatido y desaparecido durante el intento de copamiento a un cuartel formoseño en 1975–, y menos pertenencias de vida familiar anterior al secuestro. El represor que la usó de trofeo de guerra, y la ultrajó reiteradamente, regaló a su hijo la bicicleta del niño de Massochi.

“Además de narrar la vida de una montonera que no es porteña ni estuvo en la ESMA, es contar lo que padecieron las mujeres. A ellas se las consideró putas y guerrilleras, como dicen Olga Wornat y Miriam Lewin, pero no tuvieron poder de decisión. A mí aún hoy me llegan mensajes diciendo que deberían haber muerto porque el verdadero militante tiene que morir con la pastilla de cianuro. Pero cuando vos estás en cautiverio, ¿a qué decís no? Ana cuenta que lo primero que hacían era sacarte el nombre, darte un número, cagarte a trompadas y te dejaban el culo al aire. Eras una cosa”, razona Teresa, quien advierte que el represor, a quien se denomina Beto en el libro, ese “monstruo”, sigue vivo. 

Lo que nos dejó la dictadura. Fueron tres años de arduo trabajo editorial, de ajustes para que “la voz sea la de Ana, su familia y amigos, sin dejar de contar lo que me pasaba a mí”, subraya Donato, y que deslizó una deriva teatral hoy en cartel de este libro, cuando estaba aún en progreso, Mi vida anterior, en coautoría con Dennis Smith. “La pieza y el libro resultaron un proceso muy difícil y muy doloroso. La segunda vez que vine a Buenos Aires para ver un ensayo de la obra, tuve lo que nunca: un ataque de pánico”, recuerda Ana María Massochi, que se reunió con familiares y amigos en el estreno de 2024, al igual que en la presentación de la publicación este año en Chacarita, a la cual se acercaron a ella por primera vez organismos de derechos humanos. “Me perdí en la ciudad y tenía la sensación de que en las esquinas estaba esperando un Falcon. Esto, incluso esta charla con vos, me traslada a aquella época, que sigue doliendo”, padece quien cuenta ahora lo que no tiene palabras, arqueología urbana del dolor latente en el cemento.

“¿Qué fue lo que nos dejó la dictadura? –enseguida pesquisa Ana María–. Es una pregunta bastante complicada. La dictadura masacró una generación brillante y el país sufre hasta hoy esas ausencias. No pasa por una cuestión ideológica. La dictadura mató a todos los cuadros pensantes, sin importar de dónde venían, profesores, universitarios, científicos, delegados de fábrica, operarios. Y fue para implantar la política liberal de –José– Martínez de Hoz, porque nosotros no éramos nada. Fuimos una excusa maravillosa. Como todas las guerras, como todas las dictaduras, la cuestión económica determina. Entonces, nunca se habló de qué pasó con la Argentina después de Martínez de Hoz, después de los militares. Eso fue lo que nos dejó la dictadura. Lo que nos resta. ¿Qué tenemos hoy? ¿Dónde está nuestra democracia?”, pregunta y nos pregunta.

Teresa en este punto suma hacia dónde fluye Desaparecida dos veces, que avanza hacia la reinvención de Ana en tierras paulistas y cómo reconstruyó lazos humanos diezmados: “Es un testimonio también para entender a los que migran por hambre o porque deben exiliarse. Te vas con lo puesto y desaparecés. Por eso tenemos que ser más solidarios en un mundo que lo único que hace es volverse xenófobo”, señala Donato, hija de inmigrantes.

Buscarás justicia. El primer número de la revista de Madres de Plaza de Mayo conjeturaba atemporal en diciembre de 1984: “Argentina está viviendo el drama de lo viejo que no termina de morir y lo nuevo que no acaba de nacer”. Ese fantasma que medio siglo después sigue merodeando en carnes, susurros y lágrimas, en espacios de la memoria en vías de desaparecer. Dos veces. Y sin embargo insisten en aparecer, en un restaurante brasileño o una esquina bonaerense. En un país donde los muertos no pueden descansar, y los vivos tampoco, Ana María Massochi, dos veces desaparecida por el Estado argentino, ofrece junto a Teresa Donato una carta abierta y comprometida a quienes vendrán: “Este libro es para los hijos de los compañeros muertos que no tuvieron la oportunidad de convivir la infancia con sus padres. Después para mis nietos. Nunca se ocultó la historia en la familia, pero nunca se habló claramente. Entonces, yo sentí que tenía una responsabilidad de transmitir eso para mis nietos, para mi hijo. Para los jóvenes de hoy y para saber por qué nunca más. Nunca más porque el Estado nos tiene que proteger. El Estado nos tiene que educar. El Estado no tiene que perseguir, torturar, matar. Si estábamos equivocados, ¿por qué no hicieron juicios? Los mismos juicios que hicieron a los militares. Se hacían juicios, los que cometieron delitos iban presos y cumplían penas legales dentro de lo que es democráticamente válido. Eso, nada más”. Eso, nunca más.