CULTURA
crítica

Con amor y sordidez

En el relato proliferan las elipsis, los vacíos narrativos, que acrecientan la sensación de una sordidez reinante y silenciosa.

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| cedoc

Un pequeño departamento reúne a unos pocos personajes que pasan casi todo su tiempo allí: Clara, la narradora; su padre, un hombre moribundo; Flor, la pequeña hija de Clara, y hasta un canario en una jaula. La novela de la uruguaya Fernanda Trías (Montevideo, 1976) –publicada originalmente en 2001, ahora reeditada por primera vez en Argentina– funciona a la manera de un tour de force, en tanto que ese departamento será, durante casi toda la historia, el lugar principal de los acontecimientos: “No hay rambla ni plaza ni iglesia ni nada. El mundo es esta casa”, dirá tajantemente Clara. Es que ella no quiere salir, ni que su familia salga, y cuando lo hace es a cuentagotas, secretamente. Teme una conspiración de los vecinos liderada por Carmen, una mujer que la ayuda con las compras, pero de quien malicia intenciones no declaradas. En el relato proliferan las elipsis, los vacíos narrativos, que acrecientan la sensación de una sordidez reinante y silenciosa: ¿la supuesta conspiración es real o se trata de una fantasía propia de una mente extraviada?, ¿de quién es la hija de Clara si no hay hombre a la vista más que su padre?, ¿por qué ella parece querer ocupar el lugar de Julia, la última pareja de su papá, que ha muerto en un accidente apenas mencionado? Lo que se insinúa del vínculo de Clara con su padre es inquietante: “Un día lo desperté completamente vestida de Julia y con una taza de café. Me senté en la cama y me quedé mirándolo. Me pareció tan lindo, con los ojos azules enormes y las pestañas que se arqueaban hasta tocarle los párpados”. Lo que se dice respecto de la muerte de Julia no lo es menos: “Me pregunto si al desear las cosas con intensidad, se realizan exactamente como las deseamos o solo en general. En ese caso yo pude haber matado a Julia. Nunca deseé que muriera aplastada contra una columna, quiero decir que nunca pensé en cómo quería que Julia muriera, solo la imaginaba muerta”.

Si en La ciudad invencible (2014) el impulso era el de salir a caminar por la ciudad (vista como una red de afectos, de lugares significativos), aquí el movimiento es el opuesto, aquel que marca el repliegue, el encierro, la clausura (“Saqué una pila de frazadas gruesas y cubrí las ventanas. Tapé la ranura bajo la puerta […]. A la cerradura le puse papel higiénico, igual que a la mirilla. Recién ahí me sentí a salvo”). Curiosamente, en ambas novelas aparece el espacio de la terraza, pero con sentidos marcadamente distintos. En La ciudad invisible es un divertimento, un modo de socialización a distancia: “Pasaba la mayor parte del tiempo en la terraza. Ahí agarré la costumbre de mirar techos, de acceder a las vidas ajenas a través de las pistas que dejaban en sus azoteas”. En La azotea, en tanto, aparece como un refugio, justamente contra la posibilidad de la socialización o la vinculación con los otros: “Mi lugar, mi guarida. Desde arriba la gente se veía tan chica que ya no resultaba una amenaza”. En esa percepción distorsionada quizá resida una de las claves del texto.

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La azotea

Autora: Fernanda Trías

Género: novela

Otras obras de la autora: Cuaderno para un solo ojo; El regreso; La ciudad invencible; No soñarás flores; Mugre rosa; El monte de las furias

Editorial: Marciana, $ 24.000