CULTURA
ENTREVISTA A DIANA BELLESSI

La palabra clave es instante

Enfrentarse a la obra reunida de un poeta implica subir los pisos de un edificio altísimo, donde van floreciendo diferentes situaciones, estados de ánimo, estilos de escritura, que reflejan los lógicos vaivenes emocionales de la vida del autor. De manera que leer todo junto produce un efecto especial: se asiste a una visión panorámica de una obra en la que quien la ejecutó dejó jirones de su vida. Adriana Hidalgo Editora publicó recientemente –una edición aumentada– Tener lo que se tiene, la poesía reunida de Diana Bellesi, un extenso recorrido por la escritura de una poeta que ha marcado el camino a varias generaciones. En diálogo con PERFIL, Bellessi reflexiona sobre este acontecimiento y su larga relación con la poesía.

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| Gala Abramovich

Diana Bellessi es una de las poetas esenciales de la historia de la poesía argentina. Como todo gran poeta, excede cualquier encuadramiento generacional: convirtió su trabajo en un género en sí mismo. La influencia que dejó Bellessi en las generaciones posteriores es realmente impactante. Hasta su forma de decir un poema, esa entonación única, melodiosa, tiene émulos por todas partes. Haberla escuchado leer sus poemas es una experiencia inolvidable, una canción que se internaliza y difícilmente se olvida.

La poesía de Bellessi pasó por diversas estaciones, acordes con una vida bien vivida, intensa y en constante exploración del misterio humano. Los viajes han sido organizadores de su poética, esa experiencia de desplazarse por el mapa de América le aportó un conocimiento de realidades heterogéneas que cambiaron su percepción del mundo. Esa exploración de Bellesi nada tuvo que ver con el turismo: fue una forma de aprendizaje, una manera de palpar lo humano desde una cercanía afectiva y comprometida.

Ante el pulso de la historia, Bellessi nunca se mostró indiferente, tuvo una caja de herramientas surtida para expresar lo que cada época le reclamaba, pero nunca recurrió a la respuesta directa, a la reacción instantánea. Supo abrirse al universo del lenguaje, a las infinitas posibilidades que ofrecen las palabras, a seguir las huellas que deja la belleza en los intersticios de los días.

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La persistencia de un ritmo hipnótico que balancea las palabras hasta sumirlas en parajes profundos del alma, el verso cortado a cuchillo, la respiración que va regulando cada encabalgamiento, son aspectos que definen una poesía vibrante pero a la vez reflexiva y cuestionadora del estado de las cosas. Sin levantar el tono de la voz, con un fraseo dulce, atenta al detalle pero también a la inmensidad, Bellesi ha sabido construir un sistema poético de una lucidez implacable. Encontró su fuerza poética en la capilaridad, en tocar y sentir todo lo viviente, en ese latido que sentimos al caminar, viendo que todo vibra y existe por derecho propio.

Lo micro repercute en lo macro, por eso Bellessi ofrece resguardo a lo mínimo porque allí reside la esencia de la humanidad. En los pequeños acontecimientos se encuentra la cifra que nos abre el conocimiento. En lo que aparece disimulado en la vorágine, habita la posibilidad de sobrevivencia de un planeta amenazado. Bellessi se hace cargo de estas cuestiones con un estilete preciso y armonioso, transitando las llagas con bálsamos verbales.

En los primeros libros de Bellessi se hacen evidentes las marcas de su periplo por todas las Américas, de la vapuleada del Sur a la imperial del Norte. El paisaje humano abre sus rituales que alimentan las vivencias y su transfiguración en el trazo inefable de la poesía. Esa territorialidad es una forma de comunión, lazos que se unen con un profundo sentimiento comunitario.

Los versos de Bellessi ejercen un magisterio, un mandato: hay que amar cada pequeña cosa, nada es descartable, todo merece vivir en hermandad. Ese reclamo, ese abogar por una justicia universal, anima una poesía dulcemente combativa.

—¿Qué se siente ver toda la obra reunida en estos dos tomos gigantes? ¿Qué se siente al tener frente a los ojos el trabajo de toda una vida?

—Se siente que la vida se va, mi amor, y que ha sido bonita, que ha sido hermosa. Es eso lo que más he sentido, te diría, que la vida se nos va y que ha sido hermosa.

—¿Cómo nació la poesía? ¿Cómo fueron esos primeros momentos de encontrar la palabra poética? ¿Cómo empezó todo?

—Empezó en la adolescencia, cuando yo tenía 13, 14 años, calculo, aunque algunas veces antes ya escribía alguna cosita, pero me empecé a sentir poeta a los 13, 14 años, creo. Y desde entonces, mirá, 13, 14 años, Dios mío, ¿Cuántos años hace ya?

—Y cuando comenzaste a escribir, ¿seguiste escribiendo desde ese momento? ¿Hubo una continuidad en la escritura o cómo se fue afianzando el oficio?

—Yo conocí a Aldo Oliva, un poeta rosarino al que he admirado mucho, y él me tocó el hombro en un momento y me dijo: ¿así que vos escribís versos? Sí, le dije yo. ¿Has leído a los poetas alemanes y a los ingleses? No, dije yo, y no sé qué cosa más, y salí corriendo a la biblioteca a buscar los libros de los alemanes y de los ingleses. Creo que ahí empezó todo, en realidad. Empezó todo con la aparición de Aldo Oliva en mi vida, que fue un profesor interino que tuve unos meses nada más y que después volví a encontrar en la facultad. Y digamos que esta figura de Aldo Oliva fue como una especie de padrino o iniciador dentro de lo que es la lectura, el mundo de la lectura, el ancho mundo de la poesía, ¿no? Sí, así es. Claro, y ahí ya arrancamos con todo.

—Me gustaría que charláramos un poco de cómo fue ese largo viaje que hiciste en tu juventud por toda Latinoamérica y que llegó hasta Estados Unidos.

—Salimos para Chile con un amigo. Recorrimos Chile y Perú. Después de Machu Picchu mi amigo se volvió a Argentina. Era el gran pintor santafesino Gabriel Martínez Dalmaso. Y bueno, yo seguí. Me encontré con otra gente, arriba de los camiones generalmente, arriba de algún auto, pero básicamente sobre los camiones. Salvo Brasil, estuve en Colombia, estuve en Venezuela, bueno, en esos pequeños paisitos, las Guayanas y todo así. Y de ahí fui a la isla San Andrés, que era una isla preciosa en el Caribe, y de ahí pasé a Centroamérica, y de Centroamérica a México. El largo período en México fue maravilloso, es el país que creo que más amo después de la Argentina. Después me fui a Estados Unidos. Hasta que volví, por suerte.

Todo eso fue como atravesar las comarcas peronistas de Latinoamérica, creo. Fue eso, fue eso. Aunque yo me volví peronista a los cincuenta y pico de años, mi amor, con Kirchner. ¿No es terrible eso? Siempre coqueteando con la izquierda hasta que Kirchner me trajo al peronismo, ¿no? Bueno, aunque también mis padres ya me lo venían trayendo desde antes, yo era chiquita, digamos, y simpatizaba mucho con Evita. O sea, siempre fui una izquierda evitista.

—¿Siempre mantuviste ese espíritu viajero?

—Sí. Hace unos años fui a África y a China, que fue una cosa maravillosa en ambos casos. Me encantó haber ido a ambos lugares. Antes fui a la India, de manera extraña. A China me invitaron y me pagaron todo, me sacaron un libro, me encantaron los chinitos. Yo asocio a la gran viajera con la viajera inmóvil, ¿no? La gran viajera y la pequeña viajera son lo mismo. Uno sigue viajando. El viaje físico es trasladarse de un lugar a otro, pero uno estando inmóvil también viaja, ¿no? Porque uno va viajando en las cosas.

—Supe por primera vez de vos cuano yo era adolescente, en la revista “El Expreso Imaginario”. Ahí leía tus traducciones de poesía aborigen. ¿Cómo fue tu primera experiencia como traductora? ¿Venías traduciendo de otras lenguas? Recuerdo mucho esas notas que hacías en “El Expreso Imaginario”.

—Qué lindo que te acuerdes eso. Bueno, yo traducía las poetas norteamericanas cuando estuve en Estados Unidos, en Nueva York sobre todo, ¿no? Y continué traduciéndolas sin cesar más adelante, cuando ya volví. Seis años después volví a Argentina. Traducir poesía aborigen no era tan común en esos momentos. Es verdad. Era raro, ¿no? Harta de las norteamericanas, opté por las aborígenes. Siempre traduje a diferentes poetas del mundo, no solamente a los gringos, no solamente a los mapuches de aquí. Aunque no conocía las lenguas, digamos, pero me ayudaba con otras traducciones, etcétera. Y ahora justo, ¿sabés qué? Me pidieron que sea jurado de un concurso de poesía indígena argentina, lo que me dio mucha emoción, me encantó que me pidieran eso.

—¿Con qué parte de la tradición de la poesía argentina te sentís más afín?

—Yo creo que el momento más impactante en la poesía argentina fueron los 90, ¿no? Ahí es donde sentí una cosa espectacular. En los 90. Fui jurado también de chicos jóvenes, a finales de los 90. Y eso fue impresionante para mí. Me cambió el mundo. Yo sentí que el mundo cambiaba dentro de mí. También me impactó mucho el trabajo de mis congéneres o de mis compañeros de generación, ¿no? Y por supuesto que fui muy amiga de Francisco Madariaga y de Juan Gelman, maestros más grandes que yo, de los que aprendí enormemente.

—En cuanto a la docencia. ¿Cómo es dar un taller? ¿Cómo es transmitir toda la experiencia que se tiene? ¿Cómo se enseña poesía?

—Con el corazón. Solamente con el corazón y algunas poquitas inteligencias que uno tenga, pero el corazón es central.

—Por tu importancia como poeta, dejaste un legado muy fuerte en poetas de las siguientes generaciones. Te he visto leer en vivo varias veces y tenés una manera de leer, una manera de decir el poema en voz alta, que es realmente única, ¿no? Influiste mucho a otras poetas en la forma de leer. Ese ritmo, esa cadencia única. ¿Siempre te gustó leer poesía en voz alta?

—Siempre me gustó. Creo que siempre me gustó. Desde que era chiquita. Sí.

—Escucharte leer es como escuchar música. Es algo hipnótico. Tus palabras dichas por vos en el aire adquieren un sonido muy especial. Ese fraseo…

—La frase es la que arma el poema.

—Te ha tocado vivir, a lo largo de todos estos años argentinos, diferentes crisis sociales, económicas, políticas, dictaduras, y todo lo demás. Donde se hace notable esa relación con el contexto social es en tu libro “Mate cocido”. Lo escribís en 2002, luego del estallido social de 2001. ¿De qué manera el tiempo histórico impacta en tu poética?

—Yo creo que aquella crisis nos afectó a todos, a los chicos y a los grandes. Fueron años terribles y hermosos al mismo tiempo, ¿no? Terrible por todo lo que pasó y hermoso porque había todavía una consistencia social que ahora parece haberse perdido. Ahora yo lloro, antes me reía. Algo se quebró en la sociedad argentina.

—Hay un libro tuyo que me gusta especialmente: “Buena travesía, buena ventura pequeña Uli”. Si bien está escrito en prosa, la tensión poética no desaparece: siguen siendo poemas. Hay un texto titulado “Hay que decapitar al guitarrista de los Allman Brothers”.

—Es verdad. Bueno, era la música que escuchaba en ese entonces.

—También mencionás a músicos de blues como James Cotton. Es muy interesante cómo vas nombrando lugares o cómo vas armando pequeñas historias dislocadas e intercalando tus experiencias en el país del Norte.

—Con el imperio. El terrible imperio que ahora está más imperio que nunca, ¿no? Se volvió a un neocolonialismo. Lamentablemente, es un momento muy duro del mundo.

—También incursionaste en el ensayo. El ensayo de poeta.

—Bueno, pienso solo en Octavio Paz y en tantos poetas que han escrito ensayos siendo poetas, ¿no? Que no es lo mismo que el ensayista académico, ¿no? Podría ser que haya una diferencia. ¿Qué ha sido el ensayo para mí? Lo mismo que te dije al principio, puse el corazón ahí, es lo mismo. Es lo mismo que la poesía. No hay una gran diferencia cuando escribí un poema o cuando escribí eso que dicen que es un ensayo. La pequeña voz del mundo. A ese libro de ensayos le sigo teniendo mucho cariño.

—En tu poesía suele haber una gran capacidad de observación de lo más pequeño. “Lo pequeño se ve mejor”, “el misterio es cerca”, decís. ¿Cómo es tu relación con la naturaleza, con los objetos, con lo cercano?

—Yo lloro cuando se cae un cascarudo y no lo puedo levantar. O cuando cualquier animalito está a punto de desaparecer. Yo intento eso hablarlo. Esa hermandad del mundo. Cuando alguien está caído, hay que levantarlo. Eso es permanente en mi poesía, creo, y permanente en mí, ¿no? Te cuento una que ya conté, pero la puedo contar otra vez, si querés. Se cayó de una palmera. ¿Cómo se llama el bicho? Un chimango, ¿no? Viste que los chimangos son tremendos, ¿no? Se comen palomitas, se comen de todo. Pero este se cayó. Se cayó y estaba como muerto. Y ahí me dio un ataque de madre que no te puedo contar. ¡Chimanguito! ¡Chimanguito! le decía yo. Y de pronto se despertó de nuevo. Y de pronto mis perritos, tengo dos pequeños perritos, que querían saber qué estaba haciendo el chimango. Si se moría o no se moría. Entonces todo eso, todas esas cosas de madre con el chimango, que era un ave a la que yo no quería, y no sé si la quiero todavía, pero con ese chimanguito que se cayó de la palmera fue... fue quizás el último de los poemas que acabé de escribir. Quizás. O no. Andá a saber.

—Sería como el proyecto chimango, ¿no?

El proyecto chimango, sí.

Invención del tiempo en la poesía de Diana Bellesi

R.E.

En un ensayo de La pequeña voz del mundo, “El sentido en el porvenir”, Diana Bellesi (Zavalla, 1946) refiere la dicha que le producen ciertos momentos en los que su atención está entregada con todos los sentidos a lo que la rodea. Lo que sucede entonces no es fácil de poner en palabras, pero se podría hablar de un peculiar estado de reunión y de un verse uno en otro: “indomable yuyo / del monte que me mira y a quien veo, sí, / detenida, como una hija…”. La contempladora y lo contemplado, imantados en su acompasamiento interior y exterior, han ido a encontrarse en un instante e intercambian papeles. Ahora ya son dos sujetos inmersos en un diálogo extraño. La palabra clave es, al parecer, instante, que en relación con los poemas de Bellesi, sin perder su carácter temporal puntual, da la impresión de reunir varias acepciones. Ante todo, implicaría una particular intensificación del presente, ya que “sería la captación de una visión mínima en su extensión que se revela como epifanía y no importa qué sea, puede ser cualquier cosa que se contemple”. Pero también consiste en una experiencia por la cual se abre una zona de vecindades no esperadas en el orden de lo existente –“parientes de música / en concierto que teje / la sustancia de lo viviente”, desde el momento en que cualquier elemento del contorno, un yuyo del monte, por ejemplo, puede ser el que mira y no solo lo mirado. En palabras de Jorge Monteleone, “el ojo de Bellesi no ve las cosas como objetos, sino como rostros vueltos hacia su atención”.

Sonia Scarabelli. Extracto del prólogo de Tener lo que se tiene. Volumen II.

La voz de los vencidos

Círculos de mojarras

sobre el espejo oscuro

del arroyito seco

Nítidos primero y

concéntricos, abriéndose

hasta perderse en ondas

mansas de la marea

Un ladrido y luego

hechizos de calandria

Así se mueve, sí,

el universo y vos

ahí, ondas de la frase

en voz tan queda, yerba

buena, no se lava en

los silencios, espuma

que perdura al tranquito

de la charla moviéndose

en círculos concéntricos

por la tarde infinita

Hasta luego, amigo

mío hasta la victoria

siempre

De Mate cocido (2002).