Jorge barón biza

El hombre que vio más que el resto

A veinticinco años de su muerte, la figura de Jorge Barón Biza continúa desafiando a la literatura argentina. Escritor, crítico cultural y observador feroz de la decadencia argentina, construyó una obra atravesada por la tragedia familiar, el refinamiento estético y la conciencia del desastre. Heredero de una de las familias más trágicas y excéntricas del país, autor de la monumental El desierto y su semilla, convirtió el horror íntimo en una obra de una belleza insoportable, donde autobiografía, violencia, arte y lenguaje se funden en una de las experiencias narrativas más perturbadoras de la literatura contemporánea.

Foto: pablo temes

La ley de la gravedad. Faltaban dos días para que el mundo cambiara por completo. En la Ciudad de Córdoba corrió la voz entre allegados. Un cuerpo había caído del piso doce de un edificio ubicado en la calle Obispo Trejo, en el barrio de los estudiantes que cursaban sus carreras durante el día y por la noche hacían un bullicio que no dejaba conciliar el sueño en paz. Jorge Baron Biza se había arrojado por la ventana de su departamento el domingo 9 de septiembre de 2001. El martes siguiente, el famoso 11 de septiembre, quedaría grabado en la memoria televisiva de todas las personas como el inicio de una larga era atada a la pantalla. La caída de las Twin Towers de Nueva York abrió el siglo XXI.

Para ese momento, Jorge ya era un escritor consagrado de 59 años. No solamente lo avalaban los más de mil artículos periodísticos que había publicado en los diversos medios gráficos de Buenos Aires y Córdoba, las ciudades de donde venían sus linajes familiares, sino porque una novela suya lo había llevado al lugar con el que sueñan los que escriben de verdad: la mesa de determinados lectores. El desierto y su semilla, publicada en 1998 por la editorial Simurg, había llamado la atención de lectores como Daniel Link, Christian Ferrer, Sylvia Saítta y María Moreno, entre varios más.

De estirpe autobiográfica, la novela en cuestión remitía a la novela familiar. Jorge Baron Biza era el segundo hijo de Raúl Barón Biza, un escritor maldito considerado el Sade argentino, militante del radicalismo y heredero de una fortuna que supo dilapidar en vida. El padre tuvo una primera esposa, la actriz y aviadora Myriam Stefford, fallecida en un extraño accidente aéreo. 

Entre otros títulos, Raúl Barón Biza publicó Por qué me hice revolucionario (1934), El derecho de matar (1933), Punto final (1942) y Todo estaba sucio (1963), lo cual le forjó un lugar extraño en la cultura argentina. Según la biografía que escribió Christian Ferrer, Barón Biza. El inmoralista, el hombre había desplegado en su vida los papeles de escritor, playboy, millonario, izquierdista, pornógrafo, exiliado, empresario, financista de revoluciones, político, concesionario municipal, habitué de prisiones, editor de periódicos, huelguista de hambre, suicida, enamorado e infame. 

La madre de Jorge y segunda esposa de Raúl, fue Rosa Clotilde Sabattini, también militante radical e hija de Amadeo Sabattini, gobernador de Córdoba entre 1936 y 1940. Con la llegada del peronismo al poder, Clotilde conoció la cárcel y el exilio. Fue presidenta del Consejo Nacional de Educación en 1958 y partícipe de las reivindicaciones feministas. El matrimonio de Raúl y Clotilde era igual de turbulento que el carácter de sus protagonistas. Vivieron en varias ciudades, llevando a la rastra a sus hijos por el mundo y los idiomas, lo que forjó el espíritu de Jorge.

El 16 de agosto de 1964, Raúl Barón Biza y Clotilde Sabattini se reunieron con sus abogados para tramitar la separación legal después de numerosos frustrados intentos de reconciliación. El encuentro ocurrió en el departamento porteño de la calle Esmeralda donde vivía el hombre. Con el ánimo de celebrar el acuerdo, el dueño de casa ofreció whisky a los presentes. Al instante, tomó un vaso e inesperadamente arrojó de abajo hacia arriba el líquido en la cara de quien había dejado de ser su esposa. El vaso no contenía alcohol sino una mezcla de ácidos. El rostro de Clotilde, visto en primera fila por su hijo que tenía veintidós años y estaba viviendo con su padre, empezó a arder. El daño se expandió por la nariz, los pómulos, un párpado, un ojo y luego bajó al pecho, los brazos, las manos, mientras le envolvía el cuello. La frase magistral con que inicia El desierto y su semilla recuerda aquel día: En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia todavía estaba rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara… 

Un nombre muy propio. Treinta y cuatro años le llevó a Jorge Baron Biza ver publicada la novela donde narraría las peripecias posteriores a la agresión: el trayecto hacia el hospital, los primeros auxilios de los médicos, el suicidio inmediato de su padre, los meses de recuperación y el viaje que luego hicieron madre e hijo a Italia, para el tratamiento en una clínica de Milán que intentaría una reconstrucción del rostro. En esas páginas, desfilan las características de quien solamente observa los acontecimientos, entregado a un alcoholismo comparable a su erudición autoinfligida. 

El cocoliche de lenguas que su prosa despliega refleja el paso por diversas ciudades del mundo, también la deformidad en el fondo de los idiomas. En medio de la narración, la vida de aristócrata empobrecido, que circula por los círculos de una cultura infernal, aparece por ahí y por allá. Jorge Baron Biza caminó por los diferentes antros del mundillo editorial y periodístico, frecuentó a la farándula del poder para retratarla y tuvo una enorme capacidad de ver y sobrevivir. Treinta y cuatro años necesitó para que esa novela quedara inscripta en el género de la autobiografía. 

En una conferencia leída meses antes de su muerte, titulada precisamente “La autobiografía”, el autor postula que el género en cuestión tiene solamente un componente. No se trata ni del chisme, ni de la autocomplacencia, pero tampoco de la veracidad de un conocimiento de primera mano, basado en la vivencia o la memoria. La célula mínima de una autobiografía, señala Jorge Baron Biza, es el nombre.

Esto permite cierto contrapunto con la frase de inicio en El desierto y su semilla. La nota final del libro, después de mencionar las fuentes a las que recurrió para escribirlo, avisa que su propio nombre actual es Jorge Baron Sabattini y concluye con una referencia a su firma de autor: No sé si “Jorge Baron Biza” debe ser considerado mi otro apellido, mi patronímico, mi seudónimo, mi nombre profesional, o un desafío. En el retrato que Alan Pauls hizo de nuestro autor, subtitulado “El hombre del subsuelo”, hay una apreciación al respecto que debe ser corregida. El apelativo Baron Biza trae una diferencia esencial respecto del apellido paterno. Como dice Pauls, lo único que distingue su apellido del de su padre es la falta del acento. Pero no se trata de una falta de acento sino de tilde.

Esta cuestión es fundamental porque convoca a la escritura misma. La diferencia entre el nombre del padre y el nombre del hijo no está en la pronunciación, sino en cómo se escribe el nombre propio. Ahí es donde el género autobiográfico brilla en su máxima expresión a lo largo de la novela El desierto y su semilla. Y es ahí donde brilla la sutileza de Jorge Baron Biza: crea un nombre propio con un mínimo gesto en medio del nombre de su padre. Esta maestría solo podía ser llevada a cabo por un experto en temas sutiles, como lo caracteriza Fernanda Juárez, quien fuera su amiga y colaboradora, y a quien debemos gran parte del acervo que queda de su vida y obra. 

Es cierto que el protagonista y narrador de la novela lleva el nombre de Mario Gageac, y que sus padres son llamados Arón y Eligia. Así, la autobiografía parece lucir una máscara para ser escrita. Pero el nombre propio de Jorge Baron Biza sobrevuela incluso en el nombre de ficción, porque la novela también ocurre con los hechos reales. A fin de cuentas, la ficción que tenemos entre manos no es una invención o una mentira, sino el arte mismo de narrar: el arte de construir cosas, reales o irreales, con frases de diamante.

La apatía como belleza. Christian Ferrer cuenta que su amigo Jorge establecía una diferencia esencial respecto de El desierto y su semilla: “la novela es obviamente autobiográfica, pero no confesional”, le había escrito por carta. La aclaración es certera y aleja a la obra de la actual sobreproducción de dicho género. Mientras el enorme caudal de textos autobiográficos que prolifera en el campo cultural tiene forma de confesión (de una tragedia, un dolor o una toma de posición), la autobiografía no confesional que escribió Jorge Baron Biza no provee ningún punto de empatía. Todo lo contrario.

Si hay algo que deslumbra, e incluso horroriza en sus páginas, es la manera en que el autor ha narrado su tema. Como señala Martín Albornoz, lo que choca y arrebata de la obra de Jorge Baron no es que el rostro de una madre se libere de las formas y los marcos que permiten reconocerlo como tal sino que el modo de narrar ese drama sea principalmente hermoso. Eso es lo inadmisible. Es inadmisible porque el libro no tiene su fundamento en el dolor del autor, como sucede en los textos confesionales, sino en la extrema capacidad para provocar la belleza en medio del horror. Y tamaño horror es bien concreto: la cara de la madre desfigurada por el ácido que le arrojara su padre.

Esta diferencia desplaza al lector de la empatía a una zona de apatía donde asoma la maestría del autor. El narrador mira el rostro materno como si fuera un objeto artístico en su máxima expresión. Este narrador es aquel autor crítico de arte y erudito humanista, que por el destino se convierte en espectador pasivo de la violencia paterna. Es la semilla que asiste a la violencia del desierto.

En 1995 Jorge Baron Biza termina de escribir la primera versión y luego la presenta al premio Planeta de 1997 con el título Leyes de un silencio. La novela no es seleccionada y el concurso provoca una encendida polémica, ya que acusan al ganador y a la editorial de haber convenido el premio de manera previa. Desencantado, al año decide pagar de su bolsillo la publicación en la editorial Simurg.

En la tapa de esa edición hay un cuadro del pintor italiano Giuseppe Arcimboldo, titulado El jurisconsulto. La obra retrata a una figura jurídica cuya cara está compuesta de pedazos de gallinas, pescados y documentos. Lo monstruoso está puesto en primer plano. En la narración, Mario comenta el mismo cuadro al verlo colgado en una pared de una casa en Milán: Nunca, en mi sostenido interés por el arte, había visto un “anamorfismo psíquico” tan marcado, de manera que el mismo punto de vista y las mismas pinceladas representasen a la vez, la inocencia más despojada y el cálculo frío y despiadado.

La caracterización toca de lleno el acto de su padre y la vuelve inadmisible: se trata a la vez de la inocencia más despojada y del cálculo frío y despiadado. Dicho de otra manera, apunta a la inocencia del mal. La apatía del narrador recorre toda la novela y la hermosea. Es una tensión donde el mal y la inocencia cruzan espadas en un mismo campo, donde la belleza y el horror estrechan las manos a cada segundo. Y entonces el “anamorfismo psíquico” del cuadro parece la mente del narrador. Nada tiene forma clara, toda figura se desvanece, la fuerza de lo informe irrumpe. La belleza no conoce de moralidad.

La solapa de la edición original también trae un texto que provoca un nuevo revuelo. En ella el autor destaca el modo en que su obra oscurece su vida, así como su propia vida había oscurecido su obra. No estamos ante un continuo psicologista entre obra y vida, sino bajo una noche entre ambas. El primer párrafo de esa solapa, uno de los mejores párrafos de la literatura argentina, dice: Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En secuencias como estas quedó atrapada mi soledad.

El paratexto de la solapa tomó vida. El primer suicida de la familia fue su padre, Raúl Barón Biza. La segunda fue su madre, quien después de numerosas cirugías de rostro decidió arrojarse desde el mismo departamento donde sufrió el ataque en 1978. La tercera suicida fue la hermana menor de Jorge, Cristina. El destino estaba escrito en 1998: Jorge sería el cuarto suicida de una familia compuesta por cinco miembros. El mal tiene su semilla y la belleza quedó atrapada en la soledad de su autor. La familia argentina, también.

Haber visto demasiado. Además de la novela El desierto y su semilla, Jorge Baron Biza publicó en vida un libro en colaboración con Rosita Halac, titulado Los cordobeses en el fin de milenio (Ediciones del Boulevard, 1999), donde recopila una veintena de artículos periodísticos sobre el mundo callejero retratado con el peso de una erudición incomparable. Luego de su muerte, también se editaron los volúmenes Por dentro todo está permitido (Caja Negra, 2010) y Al rescate de lo bello (Caballo Negro, 2018). Ambos libros contienen recopilaciones de los diversos artículos de crítica de arte que el autor había publicado en los medios gráficos donde trabajó, así como ensayos, reseñas y retratos, algunos inéditos, e incluso un fragmento de una novela todavía sin publicar titulada La mujer en lo alto.

Este caudaloso material, junto al sitio web jorgebaronbiza.com.ar, suma una parte de la obra de quien resulta, como muy pocos, marginal y central respecto de las tradiciones literarias que existen en la Argentina. Al leer estos textos, resulta evidente el trabajo autodidacta de quien forjó un saber capaz de pasear entre la alta cultura y la baja sin pedir permiso a nadie. De ahí que se pueda percibir una vieja actitud heredada con su nombre. Como redactor de notas, reseñas, críticas y ensayos, Jorge Baron Biza nunca levanta la voz, manteniendo la distancia del aristócrata. Pero esa aristocracia se aleja del lujo y las comodidades para asumir la pérdida irrevocable de todo y encontrar en eso, en la podredumbre, el último reducto de belleza. Ahí pueden verse sus retratos de la clase alta, publicadas principalmente en La revista, donde Jorge Baron Biza trabajó como jefe de redacción y subdirector. Estos retratos incluyen la pizca exacta de ironía para resaltar la decadencia de todo poder.

En su faceta de crítico de arte y cronista de sucesos del mundo del espectáculo, frecuentando a grandes artistas de diferentes tiempos y latitudes (Berni, Leonadro, Basquiat, etc.) y diversas personalidades de la cultura masiva (Olmedo, Isidoro Cañones, Yoko Ono, etc.), sus observaciones alcanzaron el rigor de un estudioso y la osadía de quien ve más lejos. Un vidente. Por ejemplo, al escribir, para la revista Ramona en 2001, sobre el escándalo en la actualidad, enseñaba que la necesidad de espectáculo esteriliza el contenido del escándalo y que la cultura mediática —la de la web— no legará ruinas. Verdades envueltas en melancolía.

Sus textos, imbuidos de filosofía e historia del arte, producto de una formación autodidacta que fue la excusa de la Universidad Nacional de Córdoba para negarle un puesto de profesor, vieron lo que se formulaba en el aire del país. En una nota del diario La voz del interior del 30 de agosto de 2001, apenas unos días antes de suicidarse, Baron Biza analiza los casos de los utopistas que reniegan a toda costa del Estado y buscan escapar del sistema. Refiere a diversos casos que encarnan el “espíritu libertario”. Esta palabra, precisa el autor en el albor del siglo XXI, que en el pasado fue sinónimo de anarquismo, tiene cada vez más un sentido más amplio que incluye no sólo a los anarcosindicalistas, […], sino también a teóricos tan sorprendentes como los libertario-capitalistas. Los grandes financistas y teóricos del anarco-capitalismo exigen que el mercado determine qué instituciones y vidas merecen vivir. Y son capaces de defender a ultranza tal supuesto derecho natural del mercado. A ‘ultranza’, agrega el vidente Jorge Baron Biza, no es una exageración: el mayor atentado político en Estados Unidos provino de esos grupos. Su mano armada fue Timothy McVeigh. Este terrorista perpetró el atentado de Oklahoma City el 19 de abril de 1995, matando a ciento sesenta y ocho personas, diecinueve de las cuales eran niños. El rescate de lo bello trae la incomodidad de la verdad. Veinticinco años después de su muerte, Jorge Baron Biza sigue escribiendo sobre el desierto, sobre un mundo enfermo y, aun así, digno de observar.