Esos locos bajitos
Hay una tensión entre estar y no estar, a veces parecen invisibles, inmateriales, observan sin ser observados, son parte del aire, pero escriben partes diarios: olvidándose que el mundo ya está hecho, lo vuelven a fundar con sus miradas, nombrando y dando entidad a lo evanescente.
¿Cómo traducir la relación entre un padre y su hija pequeña? Un cuento sin palabras lo intenta. La infancia está llena de momentos irrepetibles que se van archivando en la memoria. En esa etapa de la vida, las cosas del mundo se ven por primera vez y los ojos se atoran de descubrimientos. Es como si la realidad abriese un abanico interminable de sorpresas.
Un cuento sin palabras nos pone en una encrucijada genérica, puesto que el autor juega (alterna) distintos formatos con un objetivo: iluminar instantes en el tiempo. Las palabras funcionan como espejos de escenas cotidianas protagonizadas por padre e hija que se transforman en tripulantes de una gira mágica y misteriosa. Sus recorridos pueden ser externos (la pulsión de la calle) o internos (el ambiente hogareño). El poeta Raúl González Tuñón decía que “el niño es el primer surrealista”, refiriéndose a esa capacidad inventiva de los niños, donde todo puede suceder, donde reina todavía una imaginación sin barreras y hay que bautizar lo desconocido.
Los textos de Un cuento sin palabras son regidos por la niña, ya que ella, con sus ocurrencias, convierte lo más nimio en un evento extraordinario. Su padre se suma a esos asombros, cautivado por esa sucesión de hechos que escapan a la lógica y se internan en una realidad paralela, íntima.
Padre e hija orbitan por una galaxia terrestre, hecha de azarosos pedazos de ciudad, de extrañas sensaciones provocadas por un especial estado de alerta ante lo mínimo, ante todo aquello que es casi imperceptible, lo que se lleva la corriente, no dejando huella. Ellos se proponen la tarea de poner el foco en la dispersión, para fijar en un collage los fragmentos que recogen en sus travesías: “Le gustan sus juguetes; sin embargo, encuentra la revelación en un peine, en un centurión, en un zapato”.
Hay una tensión entre estar y no estar, a veces parecen invisibles, inmateriales, observan sin ser observados, son parte del aire, pero escriben partes diarios: olvidándose que el mundo ya está hecho, lo vuelven a fundar con sus miradas, nombrando y dando entidad a lo evanescente. Cada escena contemplada es motivo de celebración.
Un cuento sin palabras nos deja con la idea de que la pureza aún es posible en un mundo clueco y contaminado por la maldad. Se podría decir que ellos son “astronautas” que, en vez de descender en algún planeta, deambulan por los cielos y los suelos de la comunidad, desligados de todo plan: miran alrededor y encuentran la materia que alimenta sus sueños conscientes. Y saben que los verdaderos héroes de la patria son los que se animan a existir, con todo lo que conlleva ese verbo.
Signada por el amor, la complicidad entre padre e hija va más allá de las palabras. Cruzando puentes imaginarios, pasan a un lugar donde no existe el tiempo, y en esos huecos fantásticos vale la pena internarse. Cuando se ama todo es posible y la vida es siempre hermosa.
Un cuento sin palabras
Autor: Hernán Lucas
Género: poesía
Otras obras del autor: Aquilea. Crónicas
de una librería; Una película vuelve a casa;
Dos gardenias
Editorial: Caleta Olivia, $ 20.000
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